Duele mucho haber llegado a este día insigne en la situación en que estamos: fragmentados, confundidos, deslegitimados, siempre al margen de la ley y, por eso, devastados por una corrupción sistémica que explicita la peor anomia argentina. Todo eso indispone para un cambio cualitativo de conductas, tanto institucional como personal.
Las que siguen son reflexiones desgranadas en notas, conversaciones o debates desde 2009. El sexenio 2010-2016 pensé -ingenuamente- sería una ocasión ideal para reencontrarnos como nación con dos siglos de peregrinaje independiente. ¿Perdimos ya la posibilidad -mirándonos a los ojos- de revisar las etapas históricas que nos hicieron como somos?
Nos faltan virtudes y esperanzas nos sobran.
Aquel "Comité Permanente del Bicentenario", instituido hace seis años para movilizar a los argentinos, terminó diluido en un relato cuyo derrumbe nos pasma cada día. "¿Cómo caracterizarías a los argentinos hoy?", "¿Qué pensarían los gestores de la Independencia si pudieran ver el país hoy?". Con preguntas de ese tipo y mediante acciones en foros temáticos tendríamos la ocasión de mirar más alto y más lejos.
Nada caló hondo en una sociedad indiferente.
En 33 cortos años de democracia recuperada cometimos el mayor pecado al haber acomodado el interés personal y de grupos por sobre el bien común, vaciando de contenido la política y sus instrumentos básicos, partidos políticos y regímenes electorales.
Suelo recurrir a T. Halperín Donghi, en cuyo Proyecto y construcción de una Nación - 1846 -1880 (Emecé, Buenos Aires, 2007), referido a la preocupación de José M. Estrada respecto de los "problemas argentinos" a 70 años de la Independencia, poniendo al tope la esterilidad de la vida política, consecuencia del divorcio entre política y sociedad. Seguimos igual, pero seamos justos y ampliemos las responsabilidades a toda dirigencia, no solo política, aunque a esta última le quepa poner el rostro por las funciones de gobierno que le delegamos a través del voto popular.
Una tradición nacional se alimenta continuamente de fortalezas y debilidades, de oportunidades y amenazas. Eso sucede en todos los países del mundo con vocación protagonista. De allí la importancia de redefinir -o definir, si fuese el caso- cuanto ataña a nuestra memoria, identidad y futuro. Probablemente la baja autoestima que portamos nos impide dar el gran salto.
El imaginario colectivo centrado en los beneficios de ganados y mieses de la pampa húmeda y construido hasta la primera centuria, tenía como eje respondernos "¿quiénes somos?". A partir del voto universal y obligatorio, la preocupación se centró en un pragmático "¿qué queremos?", dando por contestada -aunque de manera parcial- la anterior.
La ruptura institucional de 1930 abrió la caja de Pandora liberando nuestros peores demonios. Entonces empezó la debacle.
Si el interrogante del Bicentenario es ahora "¿a dónde vamos?" sin revisar dónde estamos parados, será difícil responder tales interrogantes porque no hicimos lo debido.
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Familia Rural en 1886.
Familia Rural en 1886.
La identidad nacional debe encastrar con solidez en un proyecto común superador e impostergable, pues no aparece de la nada sino que se construye de sumas y restas, multiplicaciones y divisiones. Requiere raíces reconocibles y profundas; no hay otra manera de corregir errores y fijar prioridades para los destinatarios que somos todos, pero en especial los abandonados y excluidos (los únicos que tienen un triste amor por la honestidad, diría Roa Bastos).
Ninguna sociedad progresa sobre premisas como "a los enemigos ni justicia", "cinco por uno", "ni olvido ni perdón", y otras por el estilo, entronizadas en el último medio siglo. Nuestros jóvenes necesitan respuestas prácticas y distintas, nada de relatos ni modelos sino un proyecto superador e imaginativo, algo que sus abuelos tenían bastante más claro.
Estos 100 años transcurridos han sido apasionantes y apasionados. En ellos se conformó una clase media equilibrista y a la vez equilibradora, mientras la clase trabajadora entraba a pura lucha en el reparto de la riqueza y del poder político; pero nunca logramos articular los intereses del conjunto social en torno de una sólida estructura industrial. Si esto se hubiera entendido, nos habríamos ahorrado la brutalidad militar. Lo trabajosamente obtenido se derrumbó al sostenerse una economía especuladora y rapaz. Hemos bordeado varias veces la guerra civil e incluso enfrentado a una ex potencia imperial. ¡Qué más debemos experimentar!
Hacia 1910, el proyecto de la Generación del 80 nos ubicó entre las diez primeras economías del mundo, pese a sus limitaciones y contradicciones. En este tiempo no queremos ser ya granero del mundo, pero los interesados miopes de siempre pretenden transformarnos en un “supermercado”, lo cual no es sino otra vuelta de tuerca en la relación dialéctica centro - periferia. En suma, hay que rescatar al menos cinco líneas fundamentales: a) población: Argentina es un país peligrosamente vacío;
b) integración nacional, horizontal y vertical;
c) republicanismo y justicia social;
d) industrialización basada en tecnología de punta;
e) replanteo de la cuestión federal. El conjunto permitirá elaborar la síntesis histórica que nos falta.
Concluyo con esta frase de Arturo Frondizi, extraída de su libro Cultura Nacional (Ed. Crisol, Buenos Aires, 1976): “Siempre hemos sostenido que, por encima de discrepancias y matices ideológicos, hay una inteligencia argentina que reproduce la vocación popular hacia la unidad y la personalidad irrenunciable de la nación”. Para ello urge contar con mentes lúcidas y limpias, que apunten al largo plazo y destierren para siempre la maldita idiosincrasia de incumplidores de las reglas de juego, a más de chapuceros cortoplacistas.

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