El próximo 18 de agosto, hará 50 años que cerró sus puertas uno de los más tradicionales almacenes de la ciudad de Salta. Era Grandes Almacenes Vidal, negocio que permaneció abierto a lo largo de 69 años. Al principio estuvo en España y Mitre, pero a poco pasó a la otra esquina de la plaza: Zuviría y España.
En la ochava, la puerta principal, había una placa de mármol que aún muchos recuerdan: "José Vidal - Casa fundada en 1907".
Días antes del cierre definitivo, don José Vidal -de Forcarey, Pontevedra, Galicia- conversó con El Tribuno. Y lo hizo degustando un café en la recova del bar Roma, a metros de su negocio.
Allí, conversó largo y tendido con el cronista. Con sus joviales 87 años a cuesta, de a poco fue desgranando los avatares de su vida, la historia del almacén y buena parte de la Salta que había visto crecer. Estaba a apunto de cerrar su negocio después de casi 70 años de trabajo, pero conservaba la misma firmeza de cuando lo había abierto en 1907.
Y sorbiendo el café de un pocillo, recordó su llegada al país y a Salta, su primer trabajo, la inauguración del negocio bautizado "Grandes Almacenes de José Vidal". Describió el primitivo edificio de la esquina y recordó con estima a su antiguo dueño.
Y claro, contó cientos de anécdotas aunque muchas quedaron en el tintero. Él había conocido la ciudad sin automóviles, sin luz, sin teléfono, sin agua y sin pavimento. Mucha gente se trasladaba en carruajes o a caballo; las cargas se llevaban en carros, carretas o a lomo de mulas y burros.
Había conocido la ciudad cuando las velas se vendían por gruesas y las calles se iluminaban con aceites o grasa derretida. Y por su querida y famosa esquina había visto pasar los tranvías, los eléctricos y los de caballos. Y, por supuesto, también cuando en nombre de un falso progreso, los tranvías se fueron en 1936, para nunca más volver.

De España a Salta


A los 18 años, como tantos otros inmigrantes, dejó España y se largó para "la América". Llegó a Buenos Aires en 1897 y, a poco, consiguió trabajo como cadete en un negocio de Eugenio Cornillone, en Victoria al 700, hoy calle Hipólito Yrigoyen. Tenía casa, comida y ganaba cuarenta pesos, pero Buenos Aires no lo convencía.
Con el correr de lo días Pepe se relacionó con José Salgueiro, compatriota estafetero del ferrocarril. Y como el hombre viajaba mucho al interior del país, un día le hizo un encargo: "Si sabes algo por ahí, avísame...".
Poco después, otro amigo, Barreiro, le preguntó: "José, ¿te gustaría ir a Salta? Allí hay trabajo para ti...". Pepe ni titubeó, alzó sus bártulos, y en tren se largó para el norte. Llegó a Salta de noche, en marzo de 1898, y se hospedó en la casa de don Ángel López, en Mitre casi Ameghino, a una cuadra de la estación de trenes.
Al día siguiente, Vidal quedó deslumbrado al ver que Salta, como su tierra, estaba entre cerros. A la dueña de casa le preguntó por el cerro del frente y entonces supo que era el San Bernardo. "¿Se puede subir?", indagó. La señora le dijo que sí. Dos horas después, Vidal estaba en la cima del San Bernardo, contemplando la ciudad donde se quedaría para siempre.

"Quédate con el negocio y me lo pagas como puedas"

Ese fue el trato que Ulibarri le hizo a José Vidal cuando le ofreció el almacén. En 1904, José Vidal viajó a España para visitar a su madre y allí conoció a la joven Dolores Cabada. Se puso de novio y dos años después regresó a Salta con su flamante esposa. Fue entonces que Ulivarri le ofreció en venta el almacén. "Bueno entonces -le dijo- quédate con el negocio y me lo pagas como puedas...". Vidal aceptó el trato, tomó posición y lo bautizó "Grandes Almacenes de José Vidal", comercio que con el tiempo sería uno de los más grandes del norte argentino.
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Poco después, se mudó a la otra esquina de la plaza, a España y Alsina (hoy Zuviría). diciendo que allí sería más cómodo para los clientes que llegaban con sus tropas de burros cargueros.
"Y allí -cuenta El Tribuno- quedose a escribir su historia; a hacer su América con sus brazos incansables".
La casa colonial
Esa esquina que don José Vidal ocupó en 1907 era una típica casa colonial. Era idéntica a la casa del actual Museo Pajarito Velarde, en Pueyrredón y España. Era el prototipo de los edificios de la época: muros de adobe, techo de cañizo y teja; y un exterior decorado con altos portalones de madera y, justo en la esquina, un arcón sostenido por un recio quebracho.
"La Alsina (Zuviría) -cuenta Vidal- era como una calle honda, acanalada que arrojaba sus aguas en el Boulevard Belgrano que todavía conservaba las huellas del viejo tagarete de Tineo". Según don Pepe, Salta respiraba una dulce placidez. La plaza aún estaba con la cerca de madera y al frente del almacén estaba el Hotel de Terrés, centro de la actividad social de aquellos días.
Gobernaba la provincia don Luis Linares, y don Felix Usandivaras, presidente del Senado, era el dueño de la esquina donde se había instalado Vidal, inmueble que poco tiempo después adquirió. Al recordar a Usandivaras, don José exclamó: ¡Qué hombre de palabra!

Los tiempos del aguatero y el reparto a domicilio

Salta entonces no tenía agua corriente ni electricidad, y se iluminaba con velas. Después la charla volvió a "su" esquina, a la de Vidal, y entonces se acordó del empedrado alto de la calzada; del adoquinado de madera, y de la llegada del pavimento.
"De a poco, la esquina comenzó a convertirse en el centro de las preferencias de la familia salteña. Todo era muy lindo entonces, pero no había ni luz ni aguas corrientes. El agua se distribuía a domicilio con unos ruidosos aguateros, y nosotros la guardábamos en un gran recipiente, donde le poníamos unas barritas de azufre...", contó.
Sin duda, desde esa esquina, de España y Zuviría, don José observó el progreso de la ciudad. Por allí vio pasar manifestaciones de todo tipo: políticas, gremiales, procesiones, carrozas estudiantiles y de carnaval y hasta el ruido de una revolución.
El servicio de reparto
Y de a poco el negocio y la ciudad fueron cambiando. Una de las primeras innovaciones que introdujo Vidal a su almacén fue la incorporación de un servicio de reparto a domicilio: "Una jardinera y un caballito... Si habrá guapeado esa jardinera por las calles de entonces, sobre todo en los veranos, cuando la España se inundaba y las otras eran intransitables".
La mercadería
En las estanterías se guardaban mercaderías de lejanos orígenes: productos de ultramar como vinos de Ribeiro; del Valle del Rin, de España o de Italia; aceites de Bau. Luego muestra una lista de precios editada por los Grandes Almacenes José Vidal, donde consigna ofertas que hoy harían empalidecer al mismo Federico Vuksanovik: bacalao de Noruega a $1,60 el kilo; whisky Caballo Blanco de un litro a $10; chocolate Vidalita, 1.70 el kilo... Vidalita era la marca que registró don José cuando instaló una fábrica de dulces en el fondo de su casa, en España al 800.
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Don José Vidal


El final y el tranvía

Lo cierto es que después de casi 70 años de trabajo, la esquina de Vidal cerró en forma definitiva el 18 de agosto de 1966. Ese día, lo primero que hizo don José fue hacer retirar de su
querida esquina la placa de mármol que rezaba: "José Vidal - Casa fundada en 1907". Adentro, quedaban los sueños de un joven español que se habían hecho realidad después de siete largas décadas de trabajo. Ahí estaba la América de don José.
Seguramente que don Pepe se habrá acordado entonces de cuando vio el último tranvía, aquel que todas las noche pasaba cansado por la calle España para guardarse en los galpones de la Juramento.

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Martin Lagoria
Martin Lagoria · Hace 1 mes

Mis padres fueron empleados ahí, y siempre transmitieron excelentes recuerdos del negocio y del Señor José Vidal. Hermosa nota.

Marcelo Men70
Marcelo Men70 · Hace 1 mes

Hermosa nota, de esas que dan gusto leer. Gracias por el recuerdo de una etapa de Salta que no se conoce, ya olvidada en el tiempo. Solo un detalle, si el negocio se abrió eb 1907 y cerro en 1966 la cuenta da 59 años, así que serían "sus casi 60 años" y no "su casi 70 años". Abrazos!

Walter LUNA
Walter LUNA · Hace 1 mes

Siendo niño, la abuela nos mandaba a comprar la mercedería en el Almacén de Vidal. Lo hacíamos sin pagar, pues teníamos "la libreta" donde se anotaban los gastos que se saldaban a fin de mes. Luego, también lo hicimos en el Almacen de Cabada, que quedaba en la esquina sudoeste de Leguizamon y Balcarce, por supuesto, con "la libreta". Hermosos recuerdos de un muy buen artículo. Eran tiempos en que la palabra tenía la alta validez de un inclaudicable compromiso.

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