A Dios rogando y con el mazo dando

Pascual Albanese

A Dios rogando y con el mazo dando

El encuentro entre el papa Francisco y el patriarca Kirill, jefe de la Iglesia Ortodoxa Rusa, es un acontecimiento de vastas implicancias religiosas y también políticas, que incluyen un salto cualitativo en la relación entre el Vaticano y la Rusia de Vladimir Putin.
Francisco, quien el 31 de octubre viajará a Suecia para participar en una ceremonia conjunta con la Federación Luterana Mundial para rendir homenaje a Martín Lutero al cumplirse el 500 aniversario de la Reforma Protestante, avanza así en su política de acercamiento entre las distintas ramas del cristianismo, cuando en Medio Oriente, región en la que Moscú ha cobrado un activo protagonismo, los cristianos padecen la ola de persecución más dramática de los últimos siglos.
Cerrando grietas
Es la primera vez que se encuentran un papa y un patriarca de Moscú. Desde el "Gran Cisma" de 1054, cuando el patriarca de Constantinopla rompió lanzas con la Santa Sede y ambas partes se propinaron sendas excomuniones recíprocas, los ortodoxos realizaron un camino independiente. En 1453, la caída de Constantinopla en manos de los otomanos musulmanes hizo que la sede principal de la Iglesia Ortodoxa se mudara a Rusia, por lo que Moscú empezó a llamarse "la tercera Roma".
A diferencia de lo sucedido con la Reforma Protestante, cuando el conflicto originario entre las monarquías europeas con el poder del Papado, que fue el trasfondo de la rebelión de Lutero, derivó en un cuestionamiento doctrinario que otorgó a esa disputa un fuerte contenido dogmático, el cisma ortodoxo fue eminentemente político y reflejó dentro de la Iglesia la rivalidad entre el Imperio Romano de Oriente, nacido en el año 395 tras la división del Imperio Romano, con sede en Bizancio (después Constantinopla y hoy Estambul), y el Sacro Imperio Romano Germánico, fundado por Carlomagno en el año 800.
De hecho, a lo largo de casi mil años, no aparecieron divergencias dogmáticas insalvables entre católicos y ortodoxos. Tanto es así que ciertos sectores conservadores de la Iglesia Católica, recelosos de los cambios introducidos hace medio siglo por el Concilio Vaticano II, se sienten hoy cercanos a las posturas tradicionalistas de los ortodoxos. Esta compatibilidad doctrinaria facilitó el diálogo inaugurado a partir del Concilio y profundizado durante el pontificado de Benedicto XVI.
Antes y ahora, el eje de la disputa pasa por la autoridad del Papa. Los ortodoxos reconocen el "primado de honor" del Patriarca de Roma, pero ese carácter de "primus inter pares" no supone el reconocimiento del Papado como una institución de superior jerarquía. Para arrimar posiciones, con su fino instinto jesuita, desde su primer discurso pronunciado el día de su consagración en la Plaza de San Pedro, Francisco reivindica su condición de "obispo de Roma".
Paradójicamente, la Iglesia Católica, que siempre reprochó a los ortodoxos su "césaropapismo" entendido como una subordinación al poder político dominante, está interesada hoy en que esa relación privilegiada entre el Patriarca de Moscú y el gobierno de Putin ayude a forjar una coalición internacional en defensa de los cristianos perseguidos en Medio Oriente.
Cristianos a los leones
Esa persecución contra los cristianos, desatada por el EI, alcanza dimensiones pocas veces vistas. En vísperas de un encuentro entre los máximos dignatarios de ambas iglesias, Ioan Guaita, un párroco de Moscú que actuó como vocero oficioso de la jerarquía ortodoxa, señaló que aquel hecho es "una señal de que la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa de Moscú deben estar más unidas. Se necesita esta unidad para responder al fundamentalismo religioso y para denunciar a la persecución de los cristianos":
Coincidentemente, el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos denunció la existencia de un documento del EI, que lleva la firma de Abu Bark al-Baghdadi, con "once mandamientos" que deberá cumplir la comunidad cristiana de la ciudad siria de Al-
Qaryatayn, situada en las cercanías de Damasco, cuyo contenido es similar a otros ya en aplicación en otras regiones del Califato.
Con el encabezamiento de "es obligación de los cristianos", el texto prohíbe construir iglesias, monasterios o cualquier tipo de edificios religiosos, mostrar cruces o libros católicos en la esfera pública, utilizar altavoces para orar, tañir campanas fuera de las iglesias, ocultar información sobre cualquier persona buscada por las autoridades, poseer armas de cualquier tipo, vender carne de cerdo o vino a musulmanes y exhibir cualquier elemento de culto.
Entre los once "mandamientos", figura también la obligación de presentarse espontáneamente para abonar puntualmente la "jizya", o sea el impuesto religioso al que están sujetos los no musulmanes.
Un punto particularmente ofensivo ordena a los cristianos "vestir modestamente", una prescripción humillante que obviamente no rige para los musulmanes.
Rusia en Siria
Es obvio que la Santa Sede no podía permanecer indiferente ante el agravamiento de la situación de los cristianos en la región. En septiembre de 2013, Francisco ya se había opuesto categóricamente a una intervención militar internacional a favor de los rebeldes que pretenden derrocar al régimen de Bashar al Assad y planteó la necesidad de una solución negociada para la crisis siria. El Vaticano, cuya percepción de los fenómenos culturales excede de lejos a la de los gobiernos occidentales, divisó que detrás del levantamiento contra el régimen de Damasco avanzaba lo que después de conoció como el EI.
En esas circunstancias, el Vaticano coincidió con Moscú, un aliado histórico de Al Assad, y con el régimen chiita de Irán cuyo presidente, Hassan Rouhani, acaba de protagonizar en Roma otra entrevista histórica con Francisco.
Porque, con independencia de la naturaleza dictatorial del régimen de Damasco, Roma percibió que la minoría cristiana de Siria se sentía más segura con Al Assad que ante las imprevisibles consecuencias de una descomposición del poder que pudiera abrir el camino al fundamentalismo islámico.
Ahora, la enérgica intervención militar rusa en defensa de Al Assad cambió las condiciones en el terreno. La "oposición democrática", apadrinada por Occidente, está obligada a aceptar una tregua que supone la subsistencia del régimen. El Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, anunció la inminencia de un cese de hostilidades entre ambos bandos, que permitiría focalizar la atención en la lucha contra el EI.
Putin, un exoficial de la KGB soviética que es cultor de un realismo a toda prueba, y la Iglesia Ortodoxa rusa, sensible a las insinuaciones del poder, tienen una alianza estratégica. En Rusia, el colapso del comunismo implicó un renacimiento religioso. La Iglesia Ortodoxa volvió a ocupar un lugar central en el sistema de poder, tal cual sucedía en la época de los zares. En su afán de erigirse en líder nacionalista, Putin asumió como propia esa realidad y visualiza entonces en la reunión entre el Papa y el patriarca Kirill, la oportunidad de imprimir un sello espiritual a su presencia militar en Medio Oriente, convertido en el escenario principal de esa "tercera guerra mundial en cuotas" a la que suele referirse Francisco.

¿Qué te pareció esta noticia?

Compartí

0

Te puede Interesar

Comentá esta Noticia