Unos, como Tomás Moro la ubicaron en territorios inexistentes. A partir del siglo XVIII -recordaba Bronislaw Baczko, ese prominente pensador polaco que acaba de morir- la "sociedad ideal" fue ubicada en el futuro. El "imaginario social" transformó la utopía en esperanza. Quiso creer que era alcanzable. Lo hicieron los franceses en 1798.
Y, desde el siglo XIX, los seguidores de Karl Marx, de quien recibieron una promesa: el mundo ideal llegaría cuando se suprimiera la propiedad privada, con la cual se hacen ricos los menos, explotando a los más. Durante décadas, discípulos rusos procuraron (o fingieron procurar) que el sueño de la sociedad sin clases se hiciera realidad. Todo terminó en decepción. "Cuando el Estado conjuga monopolio del poder, violencia física y adoctrinamiento", lo que hace es "suprimir todo imaginario social que no sea aquel que garantiza su supervivencia".
Baczko no se sorprendió al ver cómo aquello se hacía añicos: pensaba que, tarde o temprano, la realidad siempre vence a la imaginación, y su escepticismo le hacía creer que lo mismo pasaría con los "mitos contemporáneos", como el del Estado-Nación y el progreso.
Quizás fuera una exageración. En todo caso, el fracaso de los ideales no era, para él, razón para no tenerlos. Sabía que eran necesarios: "Para que una sociedad exista y se sostenga, asegurándose un mínimo de cohesión, y hasta consensos, es imprescindible que esa sociedad crea en la superioridad de lo social sobre lo individual", que no otra cosa es una utopía. La felicidad colectiva.
Es esa creencia la que se ha debilitado tras la defraudación comunista, los fracasos del populismo y la anemia de la socialdemocracia.
La idea de justicia social ha sido desplazada por el culto del medio ambiente o la lucha contra el calentamiento global.
El ecosistema social está más contaminado que el natural. Pero hay una religión verde, que esparce sus dogmas conservacionistas, impone su propio decálogo de prohibiciones y -queriéndolo o no- en muchos casos obstruye el desarrollo material, reduciendo así la calidad de vida que pretende proteger.
Al mismo tiempo, en el ideario filosófico y político, el individualismo gana terreno. No es vernáculo, pero en la Argentina se da con una fuerza inusitada.
La falta de un ideal colectivo está presente en todo. En los discursos políticos. En la literatura. En el periodismo. En las discusiones mundanas. En cambio, se propagan las diferencias, cada vez más vaporosas, entre "derecha" e "izquierda". No se advierte que hay derechas progresistas e izquierdas reaccionarias.
Los gobiernos son etiquetados y no se los mide por lo que hacen.
El oscurecimiento de los ideales se manifiesta en una hipertrofia de la noción de derecho. Cada uno defiende ardorosamente los derechos que tiene o cree tener, pero sin aceptar muchas de las obligaciones que los mismos derechos crean.
Hay un escritor inglés, David Selbourne, autor de un libro titulado El principio del deber, que se alzó contra la idea de derecho sin contrapartida. El diario The Independent, de Londres, criticó su obra, exhibiéndola como prueba de que Selbourne era "de derecha": calificación que él consideró un insulto. Selbourne demandó entonces al diario (por injurias) y la justicia obligó a The Independent a indemnizarlo por la ofensa.
En su estilo provocador, Selbourne escribió en ese libro: "El proletariado de los viejos tiempos -orgulloso, amante de la educación y predispuesto al deber hacia otros- ha sido reemplazado por una variada manada de plebeyos desmoralizados y resentidos, consumidos por una cultura de derechos sin deberes". La "plebe", en su acepción, comprendía a la burguesía sin ideales. Pero ni el escepticismo ni la crítica ayudan a recrear los útiles sueños de perfección social: una meta que, como el horizonte, se aleja a medida que uno avanza. La imposibilidad de alcanzarlo puede agotar, pero es lo que impide empantanarnos.
Hay ideas que pueden alimentar nuevos ideales, o reinventar los que caducaron. Alienta oír la expresión "inclusión social", aunque por ahora no sea más que propósito difuso. Es importante que se reconozca la exclusión. Que se advierta la existencia de millones de personas sin acceso a una vida digna. Y que se sienta vergüenza por eso.
Ahora hay que recordar lo que decía Albert Einstein: no se puede hacer lo mismo, una y otra vez, y esperar resultados diferentes.
Es necesario redistribuir ingreso sin afectar el crecimiento. No hacer lo que viven repitiendo los gobiernos aquejados de "la enfermedad infantil del izquierdismo", según el anatema de Lenin.
Distribución sin inversión es pan para hoy, hambre para mañana. En vez de menguar el ejército de excluidos, esa política termina agrandándolo.
Hubo ensayos promisorios de conciliar desarrollo con justicia social. Se dieron, a partir de la posguerra, en los países escandinavos. Que aún conservan un envidiable equilibrio entre la pujanza y la equidad.
Pero hoy, en la era posindustrial, con la competencia global atizada, hay pocas posibilidades de financiar "el Estado de bienestar". Incluir a los marginados es incorporarlos a la producción; no distribuir dinero.
No hay nada más inclusivo que el empleo socialmente útil. Y no hay forma de crear empleo sin crecimiento. La redistribución del ingreso debe hacerla el sistema tributario. Una sociedad desarrollada y sin excluidos. Ése debe ser el ideal contemporáneo. Es módico, comparado con las utopías; es por eso que tiene más chances de imponerse.

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