"Evelia se interpuso entre el agresor y la víctima... al recibir el disparo mortal, solo alcanzó a decir 'Ay, Dios'' y cayó mortalmente herida", describió detalladamente el fiscal Pablo Alejandro Cabot en la causa por la que, días atrás, se condenó al puestero José Tomás "Maco" Cortez a reclusión perpetua. La pena es por el asesinato de la maestra rural Evelia Murillo, en el paraje El Bobadal, departamento San Martín.
Tras conocerse la condena por el femicidio que conmovió a la provincia, El Tribuno viajó a la zona, prácticamente impenetrable, a 70 kilómetros de Tartagal. El camino se hace cada vez más angosto, un monte alto lo va achicando y la senda arenosa se adivina imposible con unas gotas de agua. Las huellas profundas y socavones de arcilla así lo atestiguan. Solo se cruzan motos y tractores sacando grandes cantidades de madera en lo que parece una arteria liberada, arriba de la ruta nacional 86, que tiene tantos pozos como promesas de asfalto que nunca llegaron.
El camino parece no llegar a ninguna parte, hasta que aparecen los primeros signos de humanidad. En El Bobadal hay un puesto, una escuelita con techo de chapa y un rancho de madera del maestro bilinge que tiene a su cargo a ocho chicos wichis. El asesino de Evelia vivía en el puesto pegado a la escuela y las crónicas cuentan que la maestra salió a defender a una alumna cuando el criollo pretendió abusar de ella. En ese lugar, que quedó marcado a sangre y fuego, se levanta hoy una pequeña cripta de ladrillos. Es el recuerdo vivo de la valiente maestra.

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<div>Dos alumnas y un alumno, tras finalizar la jornada escolar, caminarán una hora para llegar a sus casas. Javier Corbalán</div>
Dos alumnas y un alumno, tras finalizar la jornada escolar, caminarán una hora para llegar a sus casas. Javier Corbalán
A unos metros de ahí, tres changuitos que apenas superan el metro, salían para sus casas arrastrando unas enormes y coloridas mochilas. Pasando el cerco perimetral parcialmente derrumbado por el que todas las mañanas se meten las chivas a ututear en la cocina, las figuras se pierden bajo la sombra de tres impresionantes algarrobos. "Se van a su puesto. Ellos dicen que es cerquita, pero su casa está a más de una hora caminando. No nos deja de conmover verlos solitos por el monte", cuenta el personal. En la escuela albergue 4161 el mástil está sin bandera. A unos 50 metros, el río Itiyuro, que ahora está seco, se acerca cada año más a la estructura escolar. Para ir a estudiar en tiempos de lluvia, 8 chicos tienen que cruzar las aguas turbias sobre una mula carguera. "Cuando llueve mucho, no pasa nadie", dicen.

Promesas incumplidas

Días después del femicidio que terminó con la vida de Evelia, en octubre de 2014, el Gobierno provincial anunció obras que nunca llegaron. Luego de dialogar con los maestros e inspeccionar las instalaciones, indicaron que la Secretaría de Obras haría el proyecto para la escuela, mencionó entonces la página oficial. "Estuvimos hablando con gente de Obras Públicas para trasladarla a un lugar más poblado", había aportado el intendente de Tartagal, Sergio Leavy. Pero la escuela, en la que hoy cursan 27 chicos, no se trasladó y la única obra nueva es el oratorio que recuerda a Evelia.

La incomunicación

En ese entonces causó alarma en la comunidad escolar la falta de comunicación que evidenció el asesinato a sangre fría de la maestra. El Gobierno dejó entonces un teléfono satelital que, según testigos, dejó de funcionar en noviembre de ese año. "La radio se rompió. Se la llevaron hace meses para arreglarla y nunca la devolvieron. Era muy útil", contaron.
Aunque hay antena, no hay señal de televisión desde 2012. "Es complicado pasar el tiempo incomunicados y aislados", dicen. La luz se provee con paneles solares, pero cuando se nubla o llueve se quedan sin luz a la noche y hay que escatimar la energía hasta el punto de no permitir que se carguen los celulares de los alumnos.

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