La Argentina cumple dos siglos de convulsión, con épocas de apogeo y otras de abrupta caída, apalancada en las continuas interrupciones dictatoriales de la centuria pasada, y aún sin despegar en el período más largo en democracia, de casi 33 años.
"La Argentina es un país condenado al éxito", definió alguna vez Eduardo Duhalde paradójicamente durante la peor crisis económica de la historia nacional, antes de un amague de crecimiento sostenido en la década kirchnerista que concluyó hace ya cinco años junto con el boom de las materias primas.
En fin, después de haber sido la quinta economía mundial y de tutearse con Estados Unidos hace un siglo -en un país profundamente desigual- nuestra Argentina llega al Bicentenario con más de doce millones de pobres, desigual y dividida.
La convulsión política es un sello también contemporáneo, aun cuando no puede compararse a los años trágicos en dictadura, especialmente la última, ni con los periodos de mayor violencia política, ni con las crisis devastadoras como la de 2001.
Un repaso de la última semana sirve de muestreo. La expresidenta Cristina Kirchner sigue rindiendo cuentas en tribunales por los desmanejos de la última década y Mauricio Macri paga quizá su principal error en seis meses de Gobierno, un tarifazo que no midió su real dimensión.
Esa suba de las tarifas de servicios públicos acaba de ser frenada por una Cámara Federal en el caso del gas y el Gobierno ahora espera que la Corte Suprema la restituya, para amortiguar un traspié político que no aliviará el golpe económico para miles de hogares y pequeñas industrias.
Para Macri la reducción de los subsidios a las tarifas es un pilar de su plan de racionalidad económica, mientras espera que otros factores como la obra pública, la restitución de fondos a jubilados y la inversión extranjera permitan mostrar signos de reactivación antes de fin de año.
Ahora quedamos a la espera de buenos aires en la parte económica para bien de todos los argentinos que venimos pateando la pelota desinflada.

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Sección Editorial

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