El encuentro de Juan Carlos Romero con Juan Manuel Urtubey, el viernes, se produce en circunstancias muy especiales.
El primer verano del poskirchnerismo precede al comienzo de la era del macrismo, que no es ni puede ser lo mismo.
Para muchos salteños, el encuentro entre las dos figuras preponderantes de las últimas décadas genera expectativas, no porque piensen en una alianza, que saben utópica, sino porque supone la aparición de un punto de coincidencia en el apuntalamiento de la gobernabilidad en un momento de incertidumbre y sensaciones mezcladas.
El presidente del Foro de Intendentes, Mario Cuenca, no ocultó su "alegría y profunda satisfacción" en lo que consideró un "gesto de madurez política". El intendente de Metán, Fernando Romeri, consideró que es muy auspicioso que "acuerden propuestas concretas para el bien de Salta".
Los intendentes de Salta reflejan la opinión de mucha gente. Todos ellos ven con expectativa los resultados de la reunión del jueves pasado de los gobernadores con el ministro Rogelio Frigerio, cuando se acordó la devolución del 15% del impuesto a la ganancias, cedido por las provincias cuando se privatizaron las jubilaciones, y no reintegrado por el kirchnerismo después de que Cristina las volviera a estatizar.
Los montos coparticipados que llegan a Salta están cayendo debido a la caída de la actividad económica, la modificación en el tope no imponible del impuesto a las ganancias y a la reducción de las retenciones a las exportaciones de soja, que para peor hoy cotiza a un tercio de lo que se pagaba en la "década ganada".
Por eso, todo indica que el Congreso deberá facilitar el acuerdo con los holdouts.
Nada de todo esto es ideológico. Es práctico, y hasta que los resultados no se vean, nadie piensa descorchar champagne.
“La inversión demorará lo que demore, pero serán necesarias señales políticas”.
Las encuestas nacionales coinciden con la sensación de la dirigencia salteña. El presidente Mauricio Macri goza de la aprobación del grueso de la ciudadanía, que considera muy positiva su propuesta de combatir la corrupción. Incluso, la mayoría de las personas encuestadas opina que los desaguisados actuales son pura herencia de Axel Kicillof, quien imprudentemente sigue hablando.
Pero es cierto también que la inflación, la inseguridad económica y el aumento de las tarifas generan enorme preocupación. Sin el apoyo de un partido propio, como lo fueron el PJ para Carlos Menem y el kirchnerismo, y la UCR para Raúl Alfonsín, Macri deberá asumir el acuerdo con los buitres como el punto de partida del "macrismo"; es decir, de su gestión.
Si no hay señales inmediatas de que se va a obligar a los empresarios a comenzar a actuar de otra manera, sin admitir especulaciones, el crédito va a durar poco. Macri conoce los códigos empresarios, y va a tener que obligarlos a colaborar en la emergencia. Porque las encuestas también dicen que la ciudadanía ve que todas las medidas tomadas hasta ahora benefician a ese sector.
En este contexto, el encuentro de Romero con Urtubey aparece como un aporte salteño a la gobernabilidad nacional. Ese aporte deberá traducirse en beneficios para Salta.
Los beneficios, habitualmente, se interpretan como mayor coparticipación. En este caso, se vislumbra que Salta necesita eso, con urgencia, y también algo más sólido.
El abastecimiento de agua potable para consumo humano, el servicio cloacal y de tratamiento de efluentes, así como el procesamiento de la basura son preocupaciones crecientes en todos los pueblos. Hay un atraso grande en ese rubro.
Por otra parte, el deterioro del empleo en los últimos seis años derivó en que el Estado provincial incrementara en un 60% el número de sus empleados. La única solución posible frente a esta realidad social que se cobra su precio en las administraciones públicas es un decidido cambio de rumbo en la actividad productiva.
La apertura al financiamiento externo y las señales favorables al campo y a la minería podrían alentar esa transformación de la economía local. Pero eso sería a mediano y largo plazo. John Maynard Keynes sentenciaba en 1923: "El largo plazo es una guía confusa para la coyuntura. En el largo plazo estamos todos muertos. Los economistas se plantean una tarea demasiado fácil, y demasiado inútil, si en cada tormenta lo único que nos dicen es que cuando pasa el temporal el océano está otra vez tranquilo".
Ni la inflación ni la crisis de los municipios dejan lugar para buscar solo las grandes metas sin reparar en las demandas inmediatas. Alfonsín demoró 18 meses hasta lanzar el Plan Austral; Menem, 21 meses para instrumentar la convertibilidad; Eduardo Duhalde salió del "uno a uno" en una semana pero demoró más de un año para dar señales claras de reactivación, y luego ceder el espacio a Néstor Kirchner.
Macri apuesta a la inversión productiva, pero necesita un año para que esta se concrete. Será imprescindible que recuerde a Keynes: la inversión demorará lo que demore, pero serán imprescindibles señales políticas y mensajes contundentes.

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Sección Editorial

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Erik Larsen
Erik Larsen · Hace 8 meses

Menos Keynes, más Hayek. El mundo y Argentina vienen en decadencia por seguir los espejitos de colores de Keynes, que no son otra cosa que los espejitos de colores de la inflación. La política keynesiana sólo sirve para patear el problema para más adelante, dejándonos eternamente en el mismo lodo. Hay que tomar el toro por las astas, y acabar de una vez con los vicios estatales que llevaron al mundo y a la Argentina a esta decadencia. Hay que volver a los ideales libertarios de Alberdi, que fueron los que hicieron grande y próspero a este país y a tantos otros hace un siglo y medio.


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