Hace casi setenta años, el gobierno peronista inició un proceso que llevó a la fundación de Aerolíneas Argentinas como empresa del Estado, con el objeto de defender los intereses aerocomerciales del país.
En ese momento era una idea moderna, y casi todos los países del mundo estaban haciendo cosas parecidas. Se suponía que cada nación tenía un mercado propio y subyacía la idea de que los Estados Unidos, con su enorme potencial, eran las aves carroñeras que querían hacerse de ese mercado individual. Para evitarlo, la consigna fue cerrar los cielos y regular todos los servicios.
Hubo algunas alternativas, pero la empresa estatal subsidiada fue la preferida en ese momento, seguida en algunos casos por empresas de capital privado nacional, también subsidiadas (Varig, REAL Aerovías Brasil).
El sistema se completaba con un régimen estricto de tarifas establecido por la IATA y, en esos años, el concepto tuvo sentido pero, justo es reconocerlo, los cielos del mundo, incluidos los latinoamericanos, nunca estuvieron totalmente cerrados. La llegada de los jets, a fines de los años cincuenta, abarató los costos de operación y puso a los viajes aéreos al alcance de un público masivo, que cada vez miró menos la bandera de los aviones y más el precio de los pasajes.
El fenómeno se hizo muy importante en el Atlántico Norte y fue el paso necesario para que, en 1978, los Estados Unidos desregularan sus servicios aéreos y salieran al mundo a promocionar la idea en un ambiente que todavía era mayoritariamente proteccionista.
Las ventajas de la desregulación se vieron pronto: los precios de los pasajes cayeron notablemente, los servicios aumentaron y hubo más ciudades servidas, dando lugar a que hubiera más empresas, más pasajeros y más personal aeronáutico. Pero también hubo algunos problemas, fundamentalmente para los empresarios que no supieron adaptarse a la nueva realidad, y así fue que hubo algunas quiebras resonantes, como Braniff y Pan American. Además, los salarios del sector cayeron.
Algún comentarista sagaz definió la desregulación aerocomercial como un proceso de transferencia de fondos de los trabajadores, que sin ganar mal ganan menos que antes, a los pasajeros, que pagan pasajes más baratos. Los accionistas de las empresas no modificaron mucho su posición, aunque los nombres de muchas de éstas hayan cambiado.
Adaptarse a los cielos desregulados fue una tarea compleja, que llevó tiempo. En Europa tardaron más de veinte años en encontrarle la vuelta, algo parecido ocurrió en la región de Asia-Pacífico, y en América Latina fue un proceso más lento.
La realidad latinoamericana dijo, alrededor de 1990, que el esquema de las empresas estatales subsidiadas de bandera estaba agotado, lo que dio lugar a una fiebre de privatizaciones que, en prácticamente todos los casos, fracasaron porque los nuevos dueños de las compañías resultaron ser aventureros sin escrúpulos.
Perdida esta primera oportunidad para la aviación latinoamericana, el ideal, para muchos volvió a ser la empresa estatal defensora de los intereses nacionales, igual que medio siglo atrás. Fue el caso de Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela. Pero el resto de la región, entretanto, había mirado hacia el mundo y comprendido que las cosas habían cambiado y que el transporte aéreo se había convertido en un negocio global y competitivo. Fue difícil adaptar esa realidad a las tradiciones locales, pero de algún modo empezaron a aparecer las liberaciones, los cielos abiertos y la apertura a los capitales extranjeros, en cada caso con legislaciones que fue muy difícil alumbrar. El pionero fue Chile.
El fruto de estos cambios fue la aparición de grandes transportadores multinacionales que, con dificultades, aciertos y errores, hoy dominan la escena.
Es el caso de Latam, que hoy tiene un pie en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador y Perú y Avianca Holdings, con presencia en Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala y Honduras. A éstos hay que sumarles Copa, de Panamá, que tiene una filial en Colombia y capitales norteamericanos, y un panorama, distinto pero bastante internacional, en México.
Además, aprovechando los vientos liberalizadores, existen otras empresas de relativa importancia en mercados particulares.
Es el caso de algunas low cost como Azul, Gol, Interjet, Sky, VivaColombia y otras que, en general, no reniegan del capital internacional.
Hoy la mayoría de las empresas del continente no puede definir con claridad cuál es su nacionalidad, pero opera de modo creciente en cielos bastante abiertos, con tendencia a abrirse más.
En esta realidad, la vieja tradición argentina encarnada por Aerolíneas Argentinas pretende evolucionar, crecer, duplicar su producción y hasta dar beneficios, sin abjurar del estatismo y los cielos cerrados.
Imposible.
La mejor gestión, actuando en el ambiente más armónico y con todo el capital necesario, no puede luchar contra la realidad, y la realidad es que aquella edad dorada ya pasó.

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