"¡Yo estoy saliendo de una gripe y vos me ponés el aire a 22 grados!". "¡Che! ¡Hace un calor de la gran p...! ¡Afuera hace 30 grados!". "Es que vos estás muy gordini... ¿Si probamos adelgazando?". "Y vos, muy despechugada... ¿Si probamos con un saquito?". En la oficina los malos humores van in crescendo y la receptora de las quejas por el ambiente "siberiano" en la oficina es el área de Recursos Humanos, que, a su vez, traslada la inquietud al área de Mantenimiento. Si el aire acondicionado es central hay dos caminos irreconciliables: o se corta el suministro o se sigue a toda máquina. Ya si la compañía está equipada con equipos individuales la guerra puede llevar a más de uno a esconder el control. Generalmente son las mujeres las detractoras del aire acondicionado y los hombres los partidarios. Esto se debe, según una investigación del Hospital Universitario de Maastricht (Holanda) a que el cuerpo masculino suele generar más calor que el femenino con un mismo nivel de actividad. El autor del trabajo es Boris Kingma, biofísico de la Universidad de Maastricht Medical Center, quien sostiene que los protocolos de climatización de edificios corporativos se basan en una normativa establecida hace medio siglo y que toma como referencia el metabolismo de un hombre de 40 años, con un peso de 70 kilos.
"En muchas edificaciones el consumo de energía es mucho mayor debido a que la norma está calibrada para la producción de calor del cuerpo de un varón", indica Kingma.
De acuerdo con este trabajo, que fue publicado en la revista Nature Climate Change, los valores de referencia que se manejan en la actualidad se establecieron en 1960, a partir de las investigaciones de Ole Fanger, de la Universidad Técnica de Dinamarca. Fanger (1934-2006) fue un estudioso en los campos del confort térmico y en la percepción de los entornos habitados y cerrados. A él se debe el índice de sensación térmica media estimada, una ecuación que considera la presión de vapor, el aislamiento de la ropa, la graduación y la velocidad del aire para fijar una medida de temperatura.
  • El estudio
Del ensayo del Hospital Universitario de Maastricht participaron 16 mujeres con una edad promedio de 20 años a las que se les pidió que realizaran un trabajo de oficina que requería escasa movilidad.
Para registrar las variaciones térmicas les colocaron sensores en 14 puntos de la piel y se calculó cuánto calor generaba su cuerpo. Para alcanzar la máxima precisión, se cotejó qué porcentaje de cada organismo estaba formado por grasa, una variable que afecta la producción y disipación del calor. Finalmente, se les solicitó que contestaran una breve encuesta en la que puntuaron su sensación subjetiva de frescura.
El sondeo concluyó que las mujeres no necesitan temperaturas tan bajas durante el verano para sentirse cómodas. Mientras que los hombres prefieren trabajar a unos 22°, ellas se sienten mejor con 3 o 4 grados más. De la muestra asimismo se deduce que la zona de máximo confort térmico es la misma para ambos sexos: cuando la superficie de la piel se encuentra a unos 33°. Los investigadores encontraron que la tasa metabólica media de las mujeres fue del 20 al 32% más baja que los registros estándar utilizados para ajustar la marca de los termostatos. Por ello, proponen volver a calibrar las medidas de la industria de la refrigeración, para incluir las tasas metabólicas reales tanto de mujeres como de hombres.

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