Historias de amor imprescindibles como la de Florentino Ariza y Fermina Daza, de "El amor en los tiempos del cólera", o la de Blanca Trueba y Pedro Tercero, de "La casa de los espíritus", también pueden acontecer en nuestro entorno. Aunque carente de los elementos inverosímiles de los que dotaron a sus relatos Gabriel García Márquez e Isabel Allende, la de Zunilda Virginia Fernández (84) y Reinaldo Pedro Comin (84) es también una ventura del destino, emocionante porque incluye a enamorados de estratos sociales polarizados, oposición familiar y un casamiento en solitario con el posterior destino incierto de la pareja.
Zuni y Pocho son de Añatuya (Santiago del Estero), ahora una ciudad de más de 20 mil habitantes, pero hace más de 60 años un pueblo donde los jóvenes se conocían de haberse visto en la plaza y de compartir bailes. Aclararon que el suyo no fue un amor a primera vista, sino un metejón de juventud que alarmó a los parientes. "Era una cuestión de familia. Ninguno quería que nos pusiéramos de novios porque antes mezquinaban mucho a los hijos", contó Reinaldo a El Tribuno. "El Pocho era de una familia de la sociedad de Añatuya. El abuelo había sido intendente y todos estaban bien económicamente. Mi papá era ferroviario y esa era la diferencia que ellos veían", acotó Zunilda.
Bajo el prisma de sus ojos enamorados, las diferencias de clase se desdibujaban y solo quedaba un sentimiento recíproco. "Solíamos frecuentar los bailes. Yo la veía bailar porque estaba en la orquesta y es como se dice acá... El Payo Solá decía que 'el que toca nunca baila' y es verdad. Yo la miraba desde el escenario. Son esas atracciones personales que suele haber", sintetizó él. De novios estuvieron solo tres meses.
"A esa oposición familiar nosotros la tomamos como una bendición, porque te imaginás que casi sin conocernos nos obligaban a casarnos. Al tratarnos tan mal las familias, habíamos decidido casarnos para afrontar lo que venga y que fuera lo que Dios quisiera", dijo Zunilda. Se casaron por civil y por iglesia el mismo día. Tenían 20 años. Con la mayoría de edad fijada en los 21 para que pudieran cumplir en el Registro Civil debió mediar el juez, porque los progenitores de ambos se resistían a firmar su consentimiento para el enlace. "¡Fue una ceremonia tan linda! Estábamos los dos solitos. El sacerdote era profesor de Inglés del colegio nuestro y los chicos de la banda de música se juntaron y cuando nos estaba casando el cura tocaron el 'Ave María', una cosa hermosa que no me voy a olvidar nunca", comentó Zuni con la voz clara como campanilla atravesada de pronto por el recuerdo.
El sacerdote, conmovido por la orfandad recién adquirida de la pareja, les regaló 50 pesos, dinero fuerte en aquel momento. A las dos de la tarde tomaron el tren que venía desde Santa Fe e iba hacia La Quiaca, donde vivía un tío de Zunilda, que una vez le había ofrecido ayuda por "si necesitaba algo".
Lo que cupo de ropa de ambos iba todo mezclado en una valija de cartón. Así empezaron. En La Quiaca no consiguieron trabajo ni hallaron al tío. Fueron a Oruro diez meses, donde los empleó un alemán que, satisfecho con el desempeño de los santiagueños, los quería llevar a Europa. "De las familias nadie sabía dónde estábamos. Nos habíamos jurado los dos que lo íbamos a afrontar solos sin la ayuda de ellos, aunque nos costara sangre", definió Reinaldo.
Él se había recibido en la escuela industrial de técnico mecánico y vio en un diario que había puestos disponibles en la fábrica militar de Zapla. Se decidió a postularse y a la par tramitó los pasaportes que les permitirían viajar a Alemania. "Veníamos a La Quiaca al consulado de Villazón para presentar los papeles y en una plazoleta nos encontramos al tío de ella y él fue el que no nos dejó viajar", siguió Reinaldo. Lo llamaron de Altos Hornos Zapla y en Palpalá estuvieron cinco meses.
"Cuando él empezó a trabajar en la fábrica militar alquilamos una piecita. Le escribí a mi papá contándole que él estaba trabajando y que vivíamos en una casa, pero le describía la casa que estaba en frente de la piecita, una casa muy linda de una gente de Buenos Aires que solo venía de vacaciones. Papá no me contestaba", relató Zunilda. El tío les había regalado una cama, sábanas, frazadas, dos tazas, dos platos, cubiertos.
Cuando Reinaldo cobró el primer sueldo compraron cajones de verdura y él construyó unos aparadores a los que Zunilda pintó. Sentada tomando mate cocido en una pieza de reducidas dimensiones la encontró un día el padre a Zunilda. Había viajado para darle una sorpresa, pero fue él quien casi se desmaya.
"Él me abrazaba, lloraba y vos ha visto lo que dicen los padres: 'Yo no te he criado para esto'", continuó Zuni. Al mes el hombre volvió con la notificación para que Pocho empezara a trabajar en el Ferrocarril de Añatuya.
"Cuando mi hijo mayor nació, vivíamos a seis cuadras de los padres de él. Mi papá lo agarró al bebé -que no tendría un mes- y se lo llevó a los abuelos. Ellos no se saludaban, pero llanto de por medio hicieron las paces y ya nos volvimos una sola familia", siguió Zuni. Reinaldo trabajaba en la revisión, reparación y refuerzos de los puentes metálicos de FFAA, lo que le supuso traslados constantes.
Vivieron en Santiago del Estero, Jujuy y Formosa. Hace 22 años, su primera nieta vino a Salta para estudiar en el Liceo Naval. "Vamos a pedir el pase y anclarnos allá para que la familia esté integrada", le propuso Pocho a Zuni, y ella ya había demostrado que podían erigir el hogar en cualquier sitio donde estuvieran juntos.

Una hermosa vida compartida

Zuni y Pocho tienen dos hijos, seis nietos y dos bisnietos. El interés de la prensa en su caso les asombra. Pero gustosos hablan el uno del otro. "Sigue siendo hermosa, solo que ahora tiene el pelo blanco y antes lo tenía castaño, en rulos brillantes, y se contoneaba cuando caminaba. Yo la miraba de atrás y quedaba relamiéndome como un león", dice él. Ella ríe con alborozo de muchacha y devuelve la gentileza: "De él me enamora todo". "Hemos pasado tantas cosas juntos que nos extrañamos. Cuando él sale al patio yo ya voy por detrás. No pensábamos que íbamos a tener tanto", concluye ella y en un sencillo contacto de sus miradas hacen caber ese amor tan inmenso.

Una prolífica descendencia

Los hijos: Zuni y Pocho tuvieron dos hijos muy seguidos entre sí: Reynaldo Humberto (61) y Cristina del Valle (60). Cada uno les dio tres nietos.
Los nietos son Verónica Sabrina (37), Rodrigo Sebastián (32) y Gonzalo Maciel (29) y Francisco (30), María Nahir (26) y María Belén Conim (23).
Los bisnietos son Agustina (11) y Sebastián (4). "A mi bisnieto yo le digo 'Te extrañaba mucho' y él me dice: 'Vine, porque sabía que me extrañabas'", contó Pocho.

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Sección Editorial

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Andrea Ivanna  Núñez
Andrea Ivanna Núñez · Hace 2 meses

Qué hermosa historia de amor. Muchas gracias por publicar una nota tan linda.

Álvaro Figueroa
Álvaro Figueroa · Hace 2 meses

Felicitaciones a todos. A Zuni y Pocho, por su hermosa historia de amor. A María de los Ángeles Rojas, por su cálida nota. A Juan Barthe, por su foto que "habla".


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