Algo más que dinero

Lucas Potenze

Algo más que dinero

Se ha dicho hasta el hartazgo que el mejoramiento de la educación no se va a producir por tener mejores aulas o más tecnología, sino esencialmente por el aumento de la calidad docente.
Hoy está generalmente aceptado, poniendo como ejemplo a Finlandia o a otros países con buenos resultados en las pruebas de calidad, que la clave está en la formación docente, las condiciones materiales de trabajo, los buenos salarios y el prestigio social de aquellos sobre quienes recae directamente la responsabilidad de enseñar. Se añora -tal vez sin demasiado fundamento- a las viejas maestras de mediados del siglo pasado y se ponen como ejemplo de lo que querríamos para estos tiempos, y se coincide en que el cuestionamiento al principio de autoridad intergeneracional no le hace ningún bien a la formación de los niños. Se habla de la necesidad de una mejor y más prolongada formación docente, se señala que, por ejemplo, en Finlandia los maestros de educación inicial tienen formación a nivel de maestría y que esta profesión es deseada por los jóvenes por su reconocimiento en la sociedad, tanto desde el punto de vista intelectual como económico y que los concursos para entrar en la carrera docente son severos y rigurosos. Además, el nivel al que se le da mayor importancia es el inicial, considerando que los años primeros son fundamentalísimos para la formación de los niños.
Sin embargo, poco se ha hecho para lograr el modelo de maestro que decimos necesitar. Por más que las condiciones hayan mejorado levemente durante el gobierno anterior, el maestro continúa siendo un proletario de cuello blanco, muy reconocido en los discursos oficiales y las plataformas políticas, pero olvidado en cuanto a las verdaderas necesidades del oficio. Poca capacitación, nulo prestigio social, poco respeto de parte de las familias y un sueldo que muchas veces está por debajo del mínimo vital y móvil.
Para colmo, las idas y vueltas del gobierno al anunciar la semana pasada los índices de aumento que se proponían pero no se proponían para el sector y postergar luego la paritaria para la semana en que deberían comenzar las clases, tiene un cariz de improvisación y falta de seriedad que francamente asusta, porque si esa va a ser la política educativa de este gobierno, la calidad de la enseñanza, lejos de mejorar, va a acelerar su caída en picada.
Irrita especialmente que se hayan informado reajustes del 30% para el Presidente y sus ministros mientras se hacen estos vergonzosos malabares para los responsables de la educación. De esta manera, lo que se garantiza es que las clases, cuando comiencen, serán dictadas por personas desmotivadas, cansadas y decepcionadas por el maltrato recibido. Todos los manuales de gerenciamiento que seguramente han leído los miembros del gabinete de Macri (casi todos ellos CEOs de grandes empresas) les habrán dictado la norma de que no hay emprendimiento que funcione si el personal no está comprometido con la empresa; si no se siente a gusto, valorado y respetado por sus superiores; sin embargo, no solo en la oferta sino en el manejo contradictorio e irresponsable del anuncio, se ha demostrado la poca o nula consideración que el gobierno actual tiene por sus educadores.
El peor mal no está solo en la oferta económica; mucho peor es que el patético juego de ofertas y desmentidas sacó a la vista la indiferencia que el gobierno siente hacia los maestros. Un maltrato semejante habla por sí mismo porque es seguro que jamás tratarían así a otros sectores como los empresarios o los terratenientes; y al mostrar ese desprecio transmiten a la sociedad que sus maestros pueden ser humillados tranquilamente porque al final no habrá mayor costo para la economía. De esta manera jamás se va a lograr que las familias, incluidos los alumnos, sientan por ellos la consideración que merecen. Y como en nuestros tiempos el baremo con que se mide el valor de una persona es el dinero, difícilmente el maestro será visto como una persona importante para el crecimiento de los chicos. En el fondo, todo conspira para confirmar el concepto de que la escuela sirve para poco y el maestro para menos, porque de otra manera no sería tratado así.
Tal vez en el gobierno no reparen en estas cuestiones no materiales; demasiado ocupados están en tratar de recomponer la economía como para reparar en que, en el largo plazo, la verdadera palanca para el crecimiento, la justicia y la democracia es la educación.
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