Andanzas del Ratón Pérez

Rodolfo Ceballos

Andanzas del Ratón Pérez

Hay una historia viralizada de las andanzas argentinas del Ratón Pérez.
Una vicedirectora hizo una constancia para que el animalito tenga en cuenta a Nacho, que perdió su diente flojo en el patio de la escuela y, por su preocupación y dudas de que ahora no lo visite con el consabido dinero, sepa qué pasó. La docente escribió: "Aprovecho la ocasión para manifestar que Ignacio es un buen niño y nunca dice mentiras".
Hoy no la dejan de llamar "­Genia!,­Genia!", sabiendo que se viraliza.
El jesuita Luis Coloma no pensó nunca que en una escuela de Rosario, el personaje que creó en 1894 para la nobleza española, sería legitimado oficialmente 122 años después por la educación argentina.
El gesto de la docente dio en el clavo de la subjetividad del que aprende. Convirtió al rol de la escuela en una contribución a la formación del ideal del Yo que tienen los chicos que se escolarizan. Mostró a la escuela convertida en función ordenadora, normalizante e indispensable de ese ideal.
La anécdota aclaró la posición de un niño que contrasta con la crítica generalizada a la escuela. Algunas son cuestionadas por trasmitir un discurso del saber erigido en el del amo moderno, el que expropia algo a los alumnos y los ubica entre los desperdicios de la sociedad del conocimiento.
Pero esta vez, los lazos sociales con el mito del Ratón Pérez y, por el arte del birlibirloque de la docente, Nacho no quedó sin sus ilusiones.
El mensaje a la sociedad de la vicedirectora fue que la educación puede identificarse con el ideal de los niños.
La ignorancia de la escuela no es la falta de conocimiento de cómo es la subjetividad del chico, sino la incapacidad para reconocer lo que podría fabricar si trasmite el saber domesticador: el niño tonto o el fracasado.

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