Arabia Saudita, una revolución desde arriba

Pascual Albanese

Arabia Saudita, una revolución desde arriba

Mientras el atentado de Orlando conmovía a Estados Unidos y el asesinato de dos policías en París realimentaba el pánico al terrorismo en la Unión Europea, donde la resistencia a la inmigración de origen islámico contribuye a colocar a Gran Bretaña al borde de abandonar la organización continental, un sutil pero importante reacomodamiento se insinúa en Medio Oriente: la monarquía saudita, un factor clave del Islam sunita, guardiana de la Meca y los santos lugares, sospechada por los servicios de inteligencia occidentales de hacer la "vista gorda" ante el ISIS, impulsa un giro reformista que modificará el mapa regional y puede desencadenar un conflicto con la jerarquía religiosa local.
El príncipe heredero saudita Mohamed bin Salman, puesto por su padre, el octogenario rey Salman bin Abdelaziz, a cargo del gobierno, alienta un terremoto silencioso que hace temblar los cimientos de la monarquía petrolera. Las ondas sísmicas se extienden sobre la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) e impactan sobre el tablero de Medio Oriente, donde el conflicto árabe-israelí pasó a un segundo plano a partir de la irrupción del ISIS.
La ambiciosa "Visión 30", sintetizada en un documento de 82 páginas que presentó el príncipe heredero, constituye un programa de modernización, orientado a combatir la "adicción al petróleo", e incluye una agenda de reformas que conducen a una colisión con la alianza entre la familia real y los clérigos musulmanes.
Este giro se asienta en la imperiosa necesidad de huir hacia adelante. El descenso del precio del petróleo cuestiona la base del sistema rentístico que caracterizó a la economía saudita. El déficit fiscal alcanzó en 2015 el 15% del producto bruto interno. La crisis obligó al gobierno a tomar medidas impopulares como el recorte de los subsidios a los combustibles, que elevó un 50% el precio de la gasolina, el establecimiento de impuestos para la compra de bienes de consumo y el anuncio de la necesidad de eliminar los subsidios al consumo de agua y electricidad.
Planes parciales
El plan incluye la privatización parcial de Aramco, con la incorporación de capitales extranjeros en la empresa petrolera estatal, que constituye la columna vertebral de la economía saudita. Esa capitalización puede llevar a Aramco a superar el valor accionario de Apple y constituirla, por su cotización bursátil, en la empresa más grande del mundo.
Otro eje del programa de reformas es la creación del mayor fondo soberano del mundo, que con la inclusión de los activos de la petrolera alcanzaría la cifra de dos billones de dólares. Las inversiones de ese fondo servirían para financiar los objetivos planteados en el documento gubernamental: reconvertir la estructura productiva, reducir la dependencia del petróleo, colocar a Arabia Saudita entre las primeras quince economías del mundo (actualmente ocupa el puesto 19), situar a tres de sus ciudades entre las cien principales del planeta, elevar la esperanza de vida de la población de 74 a 80 años y multiplicar el gasto de sus habitantes en cultura y esparcimiento.
Adiós a la santa alianza
En una sociedad en que las férreas regulaciones legales, producto de la presión de la jerarquía religiosa que legitima a la monarquía, obligan a cerrar los negocios cinco veces por día para el rezo islámico, el programa choca con una cultura fuertemente arraigada y un hermético tramado de intereses que entrelaza a la familia real, los grandes empresarios y el clero.
"La intención oficial de limitar las atribuciones de la policía religiosa, a cargo de la vigilancia de la costumbres, generó una gran polémica!".
Aquella alianza, sellada en el siglo XVIII con la protección británica, entre los antepasados de Abdelaziz y el clérigo islámico ultraortodoxo Muhammad ibn Abd al-Wahhab, quien dio el nombre de "wahabitas" a una corriente de estricta interpretación rigorista del Corán, permitió a Abdelaziz bin Saud fundar el reino en 1932. Los Al Sheij, descendientes de Wahhab, todavía controlan las instituciones religiosas.
Hasta ahora, el pacto implícito entre la monarquía y los súbditos del reino era que la familia real se ocupaba de las necesidades materiales de la población a cambio de mantener su poder absoluto.
En la medida que los decrecientes ingresos petroleros no puedan sufragar esas demandas, el cambio resulta inevitable. La mayoría de los saudíes nativos están empleados en un Estado ineficiente y financieramente insostenible. El empleo en el sector privado recae casi íntegramente en los diez millones de trabajadores extranjeros.
Pero la modernización y la apertura no pueden ser sólo económicas. La necesidad de una mayor transparencia en la gestión y la sanción de leyes que otorguen seguridad jurídica a los potenciales inversores chocan con el sistema de poder vigente. Arabia Saudita es el país musulmán más estricto en la aplicación de la ley islámica. Su rigorismo es mayor al de su irreconciliable rival regional: el Irán chiíta.
El problema es que la ejecución de esas reformas demanda modificar la estructura social de un régimen conservador, donde las mujeres tienen prohibido conducir automóviles. Hasta propuestas oficiales aparentemente anodinas, como la de construir "el mayor museo islámico del mundo" o promover el deporte, encuentran resistencia entre los sectores fundamentalistas, que se oponen a la exhibición de objetos, que equiparan con la idolatría, y a que las mujeres se ejerciten físicamente en público.
La intención oficial de limitar las atribuciones de la policía religiosa, encargada de la vigilancia de la costumbres, generó una polémica no resuelta.
Otro punto álgido de controversia es la reforma educativa. El príncipe heredero fue explícito al señalar la importancia de "un sistema educativo alineado con las necesidades del mercado". Esto implica modificar un régimen de enseñanza que privilegia el estudio del Corán. La mitad de la población saudita tiene menos de 25 años. Dos millones de jóvenes necesitarán un empleo en la próxima década y la formación que actualmente reciben no los habilita para cumplir ese objetivo.
Con sus 81 años, el rey Abdelaziz es el último de los hijos vivos de Ibn Saud. Su desaparición implicará un salto generacional en la monarquía. Bin Salman será el primer rey de una nueva generación que tendrá que lidiar con el atraso legado por sus predecesores. Lo hará en un escenario en que la monarquía está literalmente entre dos fuegos.
Por un lado, la histórica alianza estratégica entre Washington y Ryad comenzó a resquebrajarse desde que Estados Unidos acordó con Irán una acción común contra el ISIS. Por el otro, la oposición del clero local a la política reformista puede provocar lo que siempre fue la peor de las pesadillas de la realeza saudí: la aparición del terrorismo islámico en su propio territorio.


¿Qué te pareció esta noticia?

Compartí

0

Te puede Interesar

Comentá esta Noticia