Tal vez no he tenido la vocación de dedicar mis estudios a la medicina y a estudiar íntegramente el cuerpo humano. Mucho menos, tuve la vocación de especializarme en un área concreta de esa rama, como lo es la oftalmología. A pesar de no ser médicos formados, hay ciertos síntomas tan concretos que es imposible que se nos escapen: la fiebre, un malestar estomacal, alguna afección muscular, etc. Y a la inversa es igual, por más que lo intentemos, hay enfermedades imposibles de disimular; tal vez por un día o dos, pero a fin de cuentas el diagnóstico sale a la luz.
En estos tiempos que corren, los políticos han demostrado ser aquellos que intentan esconder los síntomas que dejan expuestas sus incapacidades. Al parecer utilizan las promesas y las palabras vacías como una medicina para aliviar el dolor; en este caso, el "futuro mejor" es el remedio que los hará mantenerse un par de años más.
Hoy Argentina sufre, pues su clase dirigente no acepta que debe dejar de automedicarse y recurrir al especialista que lo diagnostique y le recete la cura para su enfermedad. Si nuestros representantes fueran a un oftalmólogo, este les diría que sufren de "miopía política", un peculiar defecto que no le permite al ojo ver de lejos, o en este caso, tampoco le permite a los políticos ni mirar ni pensar en el largo plazo.
La "miopía política" es un mal que aqueja a todos quienes llegan al poder. Es difícil pensar hoy cual fue el último proyecto político pensado a largo plazo que no dependiera del color del gobierno de turno.
Por primera vez en décadas, Argentina goza de 33 años consecutivos de democracia en donde el cambio de gobierno (mayormente) se debe a la elección y la voluntad del pueblo y no a un golpe militar. Treinta y tres años durante los cuales la palabra proyecto pocas veces entró: una hiperinflación que obliga a una salida pronta, la corrupción y la "bomba económica" que devinieron en cinco presidentes en una semana y recién en el 2003 comenzó una nueva etapa política estable en la Argentina.
Si bien la miopía es la principal afección, está muy bien acompañada por el egoísmo partidario propio de la política: "ninguno que no sea mi partido puede resolver los problemas de este país".
Esa afirmación que se deja entrever en el día a día de las sesiones de los distintos cuerpos legislativos termina generando las barreras que impiden que la democracia funcione como debiera; el diálogo ya no es una opción y el respeto por las minorías pierde lugar en cualquier debate.
Nos encontramos rodeados por el cerco del egoísmo que no permite ver más allá de nuestras narices y anula cualquier intento de generar políticas de Estado a partir del consenso entre las distintas partes que integran a la sociedad.
La "miopía política" no determina una incapacidad absoluta ni es irreversible.
Es nuestra responsabilidad civil mostrarles los "lentes" que necesitan para corregir su condición ocular, y como toda enfermedad, cuanto antes se la diagnostique y trate, más fácil será solucionarla.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia



Se está leyendo ahora