Este año, Australia superará el récord moderno de Holanda en cantidad de años consecutivos de expansión económica. La tasa de desempleo es del 5,7%, la inflación es baja y tiende a reducirse.
Un enorme territorio con vastos recursos naturales, apenas 24 millones de habitantes y un producto bruto de alrededor de un billón de dólares sustentan un ingreso por habitante de más de 46.000 dólares anuales, una cifra que triplica el promedio mundial y la ubica en el sexto puesto a nivel global. Con tales antecedentes, no puede extrañar que Australia, que ocupa el octavo lugar en la lista de países más ricos según el Fondo Monetario Internacional, haya sido catalogado como el segundo país más feliz del mundo, solo superado por Noruega, según un título otorgado por el Wall Street Journal, que lo fundamentó en el análisis de las once variables sobre bienestar utilizadas por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que ha creado el Better Life Index.
La estructura económica australiana presenta una particularidad que desafía las clásicas tesis industrialistas: junto a Noruega, es el único país desarrollado cuyas principales exportaciones son productos primarios. En materia agropecuaria, es el primer exportador mundial de carne vacuna y de garbanzos, el segundo de lentejas y el cuarto de azúcar. En el sector minero, es el mayor productor mundial de carbón, aluminio y zinc y el séptimo exportador de oro y plata. En una economía ampliamente dominada por el sector servicios, la producción agropecuaria y la minería aportan solo el 8% del producto bruto interno, pero concentran el 65% de las exportaciones.
El hecho de que Australia complete una generación sin conocer una verdadera crisis económica dispara el interés de los académicos, pero también de los inversionistas. Sus características estructurales presentan notorias similitudes con Estados Unidos, Canadá y también la Argentina: una gran superficie territorial, abundancia de recursos naturales y amplias corrientes migratorias que impulsaron un acelerado crecimiento demográfico.
La novedad de los últimos años fue China. La cercanía geográfica con el coloso asiático se ve ahora económicamente fortalecida por el tratado bilateral de libre comercio suscripto en 2015. Es el primer acuerdo de este tipo celebrado por China con una nación desarrollada. Saul Eslake, un destacado economista australiano, afirma que Australia es el país que "ha sacado mayor beneficio del crecimiento e industrialización de China". Esos beneficios no se vieron reducidos por la desaceleración de la economía china, porque ambas partes, así como fueron socios en las épocas del crecimiento veloz, supieron también sacar provecho de la nueva situación.
Los australianos capitalizaron las dos caras de la moneda china. Primero, aprovecharon la insaciable demanda de alimentos y minerales desatada a partir de la década del 80, que con los años aumentó los precios internacionales de las materias primas. Después, cuando la demanda de minerales experimenta una caída por la desaceleración económica, aprovechan el deseo de la nueva y próspera clase media china de comer alimentos de mejor calidad y de viajar y educar a sus hijos en el idioma inglés. Melbourne, Sydney y Perth están consideradas internacionalmente entre las diez mejores del mundo por su calidad de vida.
Pero en esta nueva fase de los vínculos bilaterales aparece una nueva dimensión. China empieza a competir con Estados Unidos como la primera fuente de inversión extranjera directa a nivel global y algunas empresas chinas colocan a Australia como una de sus prioridades estratégicas.

Un modelo singular

Ese interés de los empresarios chinos tiene un sustento sólido. El índice de libertad económica, publicado anualmente por la fundación Heritage y el Wall Street Journal, ubica a Australia entre las cinco economías más libres del mundo, solo por detrás de Hong Kong, Singapur, Nueva Zelanda y Suiza, un posicionamiento privilegiado para atraer a los inversores.
Australia, que estableció acuerdos de libre comercio con Estados Unidos y Chile, ocupa el decimonoveno lugar en el ranking de comercio mundial. Desde 2009, China es su principal comprador, dejando en segundo lugar a Japón. China es también la principal fuente de importaciones australianas, que incluye una amplia gama de productos que no se fabrican localmente, entre ellos indumentaria, aparatos electrónicos, muebles, juguetes y equipos de comunicaciones. Australia tiene también un intenso intercambio comercial con otros países asiáticos, en particular Singapur, Tailandia y Corea del Sur.
Sin embargo, el caso más emblemático de integración económica se da con Nueva Zelanda, el otro país de Oceanía. Ambas naciones suscribieron en 1983 el Acuerdo de Relaciones Comerciales Estrechas, que abarca casi todas las ramas de la economía, incluidos los productos agrícolas y los servicios. Durante su vigencia, el comercio bilateral creció a una tasa del 9% anual acumulativo. La Organización Mundial de Comercio (OMC) reconoció a este acuerdo bilateral como un "acuerdo modelo".
En última instancia, lo que sobresale de la experiencia australiana es una extraordinaria capacidad para adecuarse a los sucesivos cambios operados en el escenario global, que le permitió sortear los riesgos y aprovechar las oportunidades propias de cada época. Tras una relación de subordinación con Gran Bretaña que hizo que el país todavía forme parte del Commonwealth, realizó luego una aproximación a Estados Unidos durante la guerra fría y desde ya hace varias décadas apuesta a la carta asiática, cuyo eje es China. Pero ninguno de esos virajes anula los vínculos contraídos en la etapa anterior. Hoy, ante la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, los australianos vuelven a mirar con atención a Londres, con la certeza de que su antigua metrópoli puede volver a convertirse en un socio privilegiado y una fuente de nuevas oportunidades.

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