La búsqueda de oro puede resultar fascinante. Lavar en los arroyos de las altas montañas las arenas auríferas y descubrir en ellas las chispitas doradas es una emoción mayúscula. Sin embargo no siempre la suerte acompaña y a veces las peripecias exploradoras llevan a situaciones inesperadas. Como las que nos tocó vivir en 1994, en una cueva de la alta cordillera volcánica de la Puna jujeña, donde el único habitante del mundo era un pastor quechua y su perro Alco. Los bolivianos habían encontrado oro lavando la arena volcánica de los cursos secos en el cerro Panizos, límite de Argentina y Bolivia. De esas rocas provenían pequeñas "gotitas" de oro del tamaño de municiones y también zafiros y granates, como los que pueden lavarse a lo largo del río Orosmayo. Asimismo, el propio núcleo del viejo volcán, mostraba claras evidencias de oxidaciones de minerales de sulfuros que denunciaban la presencia de metales en profundidad. La idea era realizar un muestreo del lado argentino para ver si aparecía el mismo oro que habían detectado los bolivianos y también saber cuál era el verdadero grado de mineralización en el núcleo del volcán. Fuimos allí con el geólogo jujeño César González Barry para hacer el primer trabajo de reconocimiento y muestreo. Cargados de provisiones para una semana larga y todo el equipo de campaña, partimos el 9 de octubre de 1994 hasta la localidad de Cusi Cusi, a orillas del río Grande de San Juan de Oro. Nos alojamos y decidimos que al día siguiente íbamos a salir en dos equipos. González-Barry y yo iríamos adelante con un guía, mientras que las tropas de burros cargados con los víveres, carpas y bolsas de dormir lo harían por aparte y todos debíamos confluir en un punto determinado. Partimos temprano en la mañana, cruzamos el río helado, y trepamos a través de una huella de animales en zigzag, que sigue una fisura en el farallón vertical de la pared de ignimbrita, la que tiene un frente que alcanza a los 100 m de altura. Al mediodía habíamos llegado a la planicie superior que se extiende por largos kilómetros y que se conoce como el "Campo de Lipiyoc". Nuestro guía, un nativo del lugar, tenía una tos persistente que se iba complicando con el correr de las horas. Caminamos toda la tarde y cerca de la oración divisamos una vega con buen pasto, aguas cristalinas y llamas que estaban allí bebiendo y comiendo el verde. Nos acercamos y encontramos un hombre de baja estatura, nativo, vestido con ropas de lana de llama y ojotas, que hablaba quechua y que estaba pastoreando las llamas. No era el mítico Coquena, pero se le parecía bastante. Antes ya había vivido una experiencia similar en la década de 1970, en los altos cerros de Tacuil, donde en un viaje a lomo de mula nos cruzamos con pastores de altura. La única compañía del pastor era un pequeño perro caschi gris, con el pelo hirsuto crecido por el frío, al que llamaba Alco (allco significa perro en quechua). Cuando vimos su choza no podíamos creer que pudiera vivir en un alero de piedra, que había pircado a la vuelta, dejando una pequeña entrada que cerraba con unas maderas de cardones atadas con lienzos de cuero. Adentro el "mobiliario" consistía en un rectángulo de piedras volcánicas chatas elevado unos 30 cm del piso y que estaba cubierto por cueros de animales que hacían las veces de colchón y cobijas. En frente del camastro se amontonaban unas bolsas con grano de maíz y en el piso había una cabeza de llama sin la piel, descarnada, conservando los ojos muertos que nos miraban fijamente. También había algunas vasijas de barro cocido y recipientes a la manera de platos y tazas de rústica factura cerámica. Nada diferente a un hombre del neolítico. Pensamos en el destino cruel de este humilde pastor puneño y nos regocijábamos de poder contar para esa noche con carpas térmicas, bolsas de dormir y vestimenta adecuada. El sol comenzaba a ponerse por detrás de las montañas y oteábamos el horizonte, despreocupados y esperando la llegada de nuestros compañeros de equipo y su valiosa carga. Empezó a oscurecer y la temperatura a bajar aceleradamente y nada se vislumbraba a la distancia. Como nuestra misión era de avanzada, habíamos ido ligeros de equipaje, con una simple campera y una mochila con una botella grande de agua mineral y algunas manzanas. La noche se venía encima y nada. Ni una luz a lo lejos que indicara alguna presencia humana. Tampoco voces en medio del silencio absoluto de la Puna. Empezamos primero a preocuparnos y a desesperarnos después. El frío glacial en esas alturas cercanas a los 5.000 m sobre el nivel del mar mata sin piedad a cualquiera que quede a la intemperie. Y esa era nuestra situación. Mal vestidos, mal comidos, cansados de doce horas de caminata, y sin un lugar donde refugiarnos, las chances eran nulas. La noche negra se nos vino finalmente encima y el frío seco comenzó a calarnos los huesos. Descubrimos que estábamos librados a nuestra suerte y que las tropas ya no llegarían. Nuestro guía continuaba con su tos que parecía que iba a expulsar los pulmones. Teníamos la impresión que el hombre era tuberculoso y tal vez lo fuera. Por suerte lograba comunicarse bien con el pastor quechuista. Pegado a la cueva había un círculo de piedra, con brasas entre las cenizas. Avivamos el fuego y calentamos agua. El pastor nos convidó con chuquicaña, rica-rica y chachacoma, hierbas puneñas con las que preparamos una reparadora infusión. La idea de pasar toda la noche sin dormir, a orillas del fuego, no era muy alentadora. El pastor en su enorme humildad nos invitó a dormir en

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia



Se está leyendo ahora