El último esfuerzo que llegamos. Falta poco y el 2016 será simplemente un recuerdo, aunque en este momento se deshojan casi con bronca las últimas hojas. Para colmo, la lluvia llegó como un azote y dejó al descubierto la peor cara de la ciudad; allí donde pozos y baches se alternan sorprendiendo al más avezado conductor.
Luego de sortear los más diversos obstáculos, llegar a la city es otra odisea. A un bocinazo responde un insulto y la escalada de violencia sube a su grado máximo. Las amenazas de peleas van y vienen, mientras el resto de la gente, sentada en alguna confitería, se convierte en un privilegiado espectador de la situación. Finalmente el fuerte cruce verbal se diluye como las cargadas nubes.
Los últimos días del año, felizmente los muchachos bancarios sacaron el pie del acelerador y las jornadas empezaron a recuperar el ritmo habitual, olvidados de paritarias y bonos. Reciben los mejores sueldos y reclaman por ganancias, no se preocupan por que los clientes tengan una atención acorde a los altos costos del sistema financiero; además el sector es uno de los más rentables.
Los cajeros empezaron a responder en sintonía. No se traban, hay reposición fluida de dinero y el gerente de un banco muy importante respira más tranquilo. El hecho ocurrido la semana pasada muestra que el mal humor de la gente es contagioso, especialmente después de soportar largas colas. Un grupo de personas -clientes y ocasionales asistentes- cansados de esperar se acercó al funcionario para exigirle respuesta sobre la falta de cajeros. El gerente, nervioso, intentó calmar los ánimos, pero se vio desbordado cuando sutilmente lo invitaron a que se haga cargo de la situación. Después, prácticamente le exigieron que cumpla las funciones y el hombre resignado se acomodó detrás de una caja.
Pero a no desesperar, ayer fue un día mucho más tranquilo y se espera que la impaciencia llegue a su fin.

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