Batalla de Tucumán

Batalla de Tucumán

Luego del exitoso Éxodo Jujeño, y tras el triunfo de Las Piedras, el Gral. Manuel Belgrano estableció su cuartel general en Tucumán, estimando que retroceder hasta Córdoba (como le había ordenado el gobierno porteño) significaba entregar todo el Norte a Pío Tristán. En realidad el Triunvirato temía que combatir con tan escasos recursos era exponerse a una derrota segura. Sin embargo, el creador de nuestra Bandera mantuvo con firmeza su posición con el apoyo fervoroso del heroico pueblo tucumano y preparó las defensas de la ciudad. En carta del mismo día de la contienda, le escribió al gobierno: "El último medio que me queda es hacer el último esfuerzo presentando batalla fuera del pueblo y, en caso contrario, encerrarme en la plaza para concluir con honor. Algo es preciso aventurar, y esta es la ocasión de hacerlo..." Belgrano encontró a los valerosos tucumanos dispuestos a luchar hasta el fin antes de abandonar su territorio. Balcarce había reunido una nueva fuerza, la "caballería gaucha" de alrededor de 400 hombres además del grueso de las fuerzas del prócer, que vigilaba siempre de a caballo sin descanso alguno la situación, dirigiendo la organización de la tropa. Así, el espíritu belgraniano se manifestó esperando a los enemigos de la libertad, fortificando la plaza y dejando una pequeña guarnición y seis piezas de artillería. Al resto del ejército lo situó a las espaldas de la ciudad, una legua al sur, intentando sorprender a los realistas que esperaban que los patriotas queden encerrados en una actitud defensiva.
La batalla tuvo lugar el día 24 de septiembre de 1.812. Como los atacantes no conocían el terreno, avanzaron con las armas sobre sus mulas y se encontraron sorpresivamente con los patriotas. Reinó gran confusión durante toda la lucha, a la que contribuyó una nube de langostas y una gran polvareda. El jefe de la vanguardia de Tristán, el coronel Huisi había sido tomado prisionero antes del desenlace, cuando imprudentemente entró al pueblo de Trancas acompañado por dos oficiales. Una vez terminada la feroz contienda no pudo determinarse claramente a quién favoreció la victoria. Al día siguiente, convencido Belgrano del triunfo, colocó sus tropas cortando la retirada de los realistas, quienes se replegaron a Salta derrotados, sin poder cumplir el objetivo de atacar la supuesta retirada que efectuaría Belgrano hacia el sur.
Como la victoria se obtuvo el día de la Virgen de la Merced, Belgrano la nombró Generala del Ejército, colocando su bastón de mando en los brazos de la imagen, que aún se conserva en la Iglesia de la Merced, en la ciudad de Tucumán.
Es digna de destacar la estrategia del jefe patriota, que demostró que retroceder a Córdoba hubiese significado dejar a Tucumán en manos enemigas y retrasar los objetivos de la Revolución. Gracias a Belgrano y a quienes pelearon a su lado, el Norte quedó asegurado y fijado el límite septentrional mínimo de las Provincias del Río de la Plata. En el parte de batalla, el prócer escribió: "La Patria puede gloriarse del triunfo logrado por sus hijos en Tucumán". Poco después vendría como consecuencia de ello otro gran triunfo: el que nos enorgullece a todos los argentinos, pero a los salteños en particular, el glorioso 20 de Febrero de 1813, en que la sublime enseña de la Patria flameó en batalla por primera vez y unió los corazones y los espíritus libertarios para siempre.

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