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Benedicto XVI, el Papa que desnudó las debilidades de la Iglesia

En Gammarelli, una discreta sastrería de paneles de roble situada en el centro de Roma, sus trabajadores ya confeccionan las suntuosas vestimentas para el nuevo Papa en talles pequeño, mediano y grande. Una vez que el humo blanco salga de la Capilla Sixtina, las religiosas en el Vaticano ajustarán las túnicas para el nuevo pontífice que podría ser corpulento como Timothy Dolan, el arzobispo de Nueva York; o menudo, como el cardenal Luis Antonio Tagle de Filipinas. Todo esto viene a cuento de la tan repentina como absoluta renuncia de Benedicto XVI, quién anunció que dejará su Pontificado el próximo 28 de febrero.

La noticia impactó en un mundo acomodado a la imagen del carismático Juan Pablo II que murió en su función de Papa. Y además, la última vez que un Sumo Pontífice renunció a su cargo fue en 1415, por lo que nadie hoy tiene recuerdos de dimisiones papales.

“Para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado. Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio”, dijo en latín, tomando a todos por sorpresa, durante una ceremonia de canonización en la Santa Sede.

Entonces comenzaron a tejerse todo tipo de conjeturas acerca del alejamiento de este Papa que en ocho años de gestión puso a la Iglesia Católica en una encrucijada frente a su realidad y sus dogmas, dejándola ahora llena de contradicciones.

Con Benedicto XVI se endureció la postura católica con respecto al aborto, al uso de preservativos, al casamiento de personas divorciadas (y mucho más en relación a las uniones homosexuales). Este Papa recuperó la antigua misa en latín, de cara a Dios y de espaldas al público, entre otras prácticas originales que transportaron a la Iglesia al estado anterior al revolucionario y modernizador Concilio Vaticano II.

Paradójicamente, este Pontífice alemán volteó el velo de impunidad de la Iglesia en los casos de pedofilia y abusos sexuales; y en 2009, con un decreto de la Congregación para los Obispos, decidió revocar la excomunión que pesaba sobre cuatro obispos de la Fraternidad San Pío X, popularmente conocidos como lefebvristas. Acciones revolucionarias, si las hubo, en la historia de los papados.

Por eso nadie cree que sólo la edad avanzada de Benedicto XVI y su falta de fuerzas sean los detonantes de una decisión tan trascendental. Seguro influyeron poderosas razones que dejan escapar por el ojo de la cerradura, indicios de una feroz interna muy adentro del Vaticano.

Si bien durante el pontificado de Juan Pablo II, el cardenal Joseph Ratzinger fue uno de sus más cercanos colaboradores, tras ser elegido Papa dio un giro radical en el modo de abordar el problema de los abusos sexuales. Quitó la protección al mexicano Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, quién robaba y abusaba incluso de sus propios hijos. Públicamente lo llamó “falso profeta”. Subido a este tren justiciero, el año pasado, Benedicto XVI organizó en Roma un simposio para que 110 conferencias episcopales de todo el mundo miraran a la cara a las víctimas de abusos. El encuentro fue inaugurado por el testimonio de Marie Collins, una mujer irlandesa que siendo niña sufrió (sola y enferma en un hospital) los ataques sexuales de un sacerdote. A todos les pidió perdón en nombre de la Iglesia y conminó a “denunciar siempre” los abusos.

Tal vez la oposición frontal de algunos prelados al acto de pública contrición de la Iglesia debilitó al Papa y lo empujó a decidir su dimisión. Y como no podía ser sencilla la despedida, a días de abandonar el papado, otro escándalo rozó la santidad del pontífice. Las autoridades de la Iglesia anunciaron a grandes voces que Benedicto XVI había aprobado en uno de los últimos nombramientos de su papado, al ejecutivo Ernst von Freyberg, como presidente del banco del Vaticano, conocido oficialmente como el Instituto para las Obras de Religión. Lombardi, portavoz de la Santa Sede, se mostró sorprendido cuando un periodista le advirtió que la constructora alemana que preside Von Freyberg, Blohm Voss, tiene una sección militar, es decir que está ligada a la industria bélica.

Benedicto XVI, en sus ocho año de papado mostró clara inclinación por revivir indumentarias antiguas. El uso de sombreros extravagantes llevaron al Wall Street Journal a preguntarse: “¿El Papa viste de Prada?”; y la revista Esquire lo nombró el “rey de los accesorios”, tras elogiarlo por sus mocasines de cuero rojo. La extensa cobertura mediática finalmente llevó al diario del Vaticano a responder que esos reportes eran “frívolos” y que “el Papa no viste de Prada, sino de Cristo”.

Un realismo casi extremo caracterizó al papado de este hombre que fue injustamente rotulado de “Nazi” por haberse enrolado por orden de su país en las filas hitlerianas, como todos los jóvenes alemanes de aquella nefasta época. A propósito, siempre se mostró condolido con el holocausto judío.

En definitiva, Benedicto XVI conservará hasta el 28 de febrero este nombre que eligió a propósito de su empatía con el carácter rígido y puntual del primer Papa Benedicto. Luego se retirará como Joseph Ratzinger, habiendo perdonado al mayordomo que lo traicionó revelando sus documentos personales en lo que se conoció como el “Vatileaks”; y de elevar a la dignidad de obispo a su leal secretario, el sacerdote Georg G„nswein, popularmente llamado por la prensa italiana “il bello Georg”. Este famoso cura fue un escudo protector para Benedicto XVI frente a las inocultables luchas de poder de la Curia.

Supuestamente el Papa sufrió una herida en la cabeza en la madrugada del 25 de marzo en su habitación en el colegio Miraflores durante su visita a México, lo que precipitó su renuncia. Tal vez ese golpe sea la excusa que libere de tanta presión a este pastor, erudito escritor y eximio pianista que, habiendo hecho suficiente por el rebaño, con 87 años eligió retirarse de las lides eclesiáticas y permanecer, por fin, “oculto al mundo”.

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