En escasos días, el presidente interino Michel Temer emitió un conjunto de señales inequívocas sobre su voluntad de completar el mandato de Dilma Rousseff y avanzar hacia un drástico ajuste fiscal cuya consecuencia inevitable será un incremento de la conflictividad social, alentada por la confesa determinación del Partido de los Trabajadores (PT) de profundizar la crisis política y obligar a un inmediato llamado a elecciones.
El gabinete de Temer no está pensado para un interinato. Su integración armoniza dos criterios. Por un lado, revela la intención de forjar una amplia coalición de centro-derecha, capaz de enfrentar la ofensiva del PT. Por el otro, refleja su interés en contar con la colaboración de dos personalidades emblemáticas que simbolizan la decisión de impulsar un cambio de fondo en la política brasileña: el ministro de Economía, Henrique Meirelles, y el canciller José Serra.
Meirelles es un ícono del "establishment" financiero. Fue el presidente del Banco Central designado por Lula en su primera presidencia para otorgarle confiabilidad a su gobierno. Prepara un plan de reformas estructurales para reducir el tamaño del Estado, fortalecer el sector privado, atraer inversiones extranjeras y devolver competitividad a la economía brasileña. Su horizonte temporal son los treinta meses que median hasta diciembre de 2018, plazo de expiración del mandato de Rousseff.
Serra es uno de los máximos dirigentes del Partido Social Democrático Brasileño (PSDB), erigido en el principal socio del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) que lidera Temer. Fue gobernador del estado de San Pablo y dos veces candidato presidencial.
En ambas ocasiones fue derrotado, primero por Lula y luego por Rousseff, pero todavía acaricia la ilusión de postularse para las elecciones de 2018. Nadie imagina que su gestión al frente del Palacio de Itamaraty pueda pasar desapercibida.

Echar leña al fuego

Como una necesidad surgida de su política de alianzas, el elenco de Temer es el más volcado a la derecha desde la restauración de la democracia en 1985. En el equipo económico, Meirelles no es un lobo solitario. El ministro de Agricultura es Blairo Maggi, exgobernador de Matto Grosso, conocido como el "el rey de la soja". El presidente del Banco Central es Ilan Goldfajn, economista jefe del Banco Itaú, un ciudadano israelí de origen brasileño que fue asesor del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional.
De entrada, el nuevo gobierno manifestó su intención de impulsar una reforma del sistema jubilatorio, que implicaría una elevación de la edad mínima para los retiros. También trascendió la idea de implementar un programa de privatizaciones, que incluye, entre otras empresas, el Correo, la Casa de la Moneda, el Instituto de Reaseguros y la venta de acciones de 230 compañías estatales del sector eléctrico.
Pero el área económica no es el único flanco polémico del gabinete de Temer. El ministro de Salud Pública, Ricardo Barros, dirigente del Partido Progresista (una formación de centro derecha que en el pasado acompañó a Rousseff), señaló que "en algún momento el país no conseguirá más solventar los derechos que garantiza la constitución como el acceso universal a la salud y será preciso repensar el sistema". Agregó que"vamos a tener que replantear las obligaciones del Estado", ya que "no hay capacidad financiera suficiente que permita cumplir con todas las garantías constitucionales".
La corriente conservadora evangélica ganó también una fuerte representación en el gabinete. El ministro de Educación, José Mendonca Filho, es dirigente del Partido Demócrata y batalló judicialmente por lograr la eliminación del cupo para afrodescendientes en las universidades públicas y privadas. Silas Malafaia, un pastor evangélico famoso por su presencia en le televisión y autor del libro "Como vencer las estrategias de Satán", señaló que Mendonca "será capaz de borrar del mapa la ideología de los izquierdistas patológicos".
En su afán de congraciarse con el influyente movimiento evangélico brasileño, Temer llegó a ofrecer el Ministerio de Ciencia a Marcos Antonio Pereira, un pastor evangélico que no cree en la teoría de la evolución. Pereira no aceptó el cargo y fue nombrado ministro de Comercio. Para escándalo de la comunidad científica, la cartera de Ciencia fue fusionada con la de Comunicaciones.
Otro punto conflictivo fue la designación como ministro de Justicia de Alexandre de Moraes, quien como Secretario de Seguridad de San Pablo fue criticado por su dureza represiva ante las protestas sociales, a las que llegó a calificar de "guerrilla". Moraes, bautizado periodísticamente como "el Pitbull de Temer", tiene bajo su mando a la Policía Federal, encargada de la investigación de los sobornos de Petrobrás.

Viraje internacional

En sus primeras declaraciones, Serra ratificó que está dispuesto a convertirse en el protagonista de un viraje fundamental en la política exterior brasileña. Con una frase lapidaria, liquidó la política desarrollada por el PT en los últimos catorce años: "la diplomacia volverá a reflejar de modo transparente e intransigente los legítimos valores de la sociedad brasileña y los intereses de su economía, al servicio de Brasil como un todo y no más de las conveniencias y preferencias ideológicas de un partido político y de sus aliados en el exterior".
En franca réplica a Venezuela, Bolivia, Cuba, Ecuador, Nicaragua y El Salvador, cuyos gobiernos calificaron la suspensión de Rousseff como un "golpe parlamentario", puntualizó que "estaremos atentos a la defensa de la democracia, de las libertades y de los derechos humanos en cualquier país, en cualquier régimen político, en consonancia con las obligaciones asumidas en tratados internacionales".
Tras resaltar las afinidades de la nueva administración de Brasilia con el gobierno de Mauricio Macri, reveló que la intención de alejarse del "eje bolivariano" está acompañada por la decisión de avanzar en la convergencia entre el Mercosur y la Alianza del Pacífico.
En ese camino, que también pretenden recorrer Argentina, Uruguay y Paraguay, queda definitivamente marginada Venezuela, cuyo régimen se bambolea cada vez más al borde del abismo.
Este cambio está en línea con el programa económico de apertura internacional orientado a sustituir el clásico modelo autárquico y proteccionista que, con gobiernos civiles y militares, guió la política brasileña desde 1930. Queda por verse si un gobierno que aspira a gobernar 30 meses está en condiciones de enterrar un modelo de 85 años de antigüedad.

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