Emergemos, lentamente, del reinado del "ordeno y mando". Un ciclo en donde la regla mayoritaria se usó para fundar un régimen hegemónico.
Este régimen, siguiendo las exigencias del guión populista (J. L. Villacañas 2015), procuró sepultar los principios republicanos y pretendió que su circunstancial mayoría era suficiente para derogar la Constitución y concentrar todos los poderes en la persona de la presidenta.
En un país así dividido entre amigos "progresistas" y enemigos excluidos y estigmatizados, fue desapareciendo la idea del diálogo y la negociación. Al menos, se archivó aquella idea que hace de la negociación un proceso entre iguales o entre actores paritarios que exhiben distintas legitimidades, cuentan con armas y potestades relativamente equivalentes, y dialogan procurando alcanzar acuerdos más o menos estables.
"En un país dividido entre amigos y 'progresistas estigmatizados, fue desapareciendo la idea del diálogo"
El caducado cesarismo
Durante la larga década anterior, lo normal fueron la imposición y la búsqueda del sometimiento de ciudadanos, magistrados, sindicatos, empresarios, artistas, científicos, colegios profesionales, agricultores, vecinos y organizaciones no gubernamentales. Bien es verdad que esa búsqueda incesante de vasallaje tropezó muchas veces con el valor cívico y la decisión de resistir de muchos argentinos dispuestos a defender las libertades.
Es bueno no olvidar que el régimen cesado dispuso de amplias mayorías en el Congreso de la Nación, sembró de militantes el Poder Judicial y el servicio exterior, sometió al Ministerio Público Fiscal, y logró domesticar a un buen número de actores sociales representativos que, aun a regañadientes, acompañaron sus designios.
El desprecio del régimen por los valores republicanos le permitió, además, desplegar incesantes maniobras para controlar la opinión pública. Su particular idea de la política social abrió espacios a maniobras para convertir a pobres e indigentes en clientes condenados a depender del favor de los intermediarios de las ayudas públicas.
Hacia una república solidaria
Todas esas prácticas y discursos fueron derrotados en las pasadas elecciones generales. La mayoría de los argentinos se pronunció por un cambio que nos retorne a la república, a la cordialidad, al Estado social y democrático de derecho.
Estamos, a partir de aquellos resultados, constreñidos a avanzar hacia nuevas formas de convivencia centradas en el diálogo respetuoso de las discrepancias. Un dialogo que no podrá ser sino la antesala de generalizados procesos de negociación de conflictos y discrepancias, en donde los actores procuren encontrar zonas de consenso o acuerden medidas para compensar eventuales asimetrías.
Macri, en el Congreso
Si bien contamos con un equipo de Gobierno que, a juzgar por trayectorias y declaraciones enfáticas, reúne las condiciones necesarias para reconstruir la república, su aparato productivo y su Estado de Bienestar, hay que tener en cuenta que la mayoría que eligió a Mauricio Macri como presidente de la República no está reflejada en las bancas del Congreso de la Nación, ni en otros ámbitos institucionales.
A esto se añade otro dato negativo: la presencia de una oposición parlamentaria desarticulada y que tiene pendiente de resolver -entre otros asuntos- cuáles han de ser las relaciones y liderazgos futuros entre las diversas familias que integran el peronismo tradicional y el kirchnerismo. Cabría esperar un reacomodamiento que ponga de un lado a los liderazgos y fuerzas proclives a negociar y acordar con Macri, y de otro a los sectores que no parecen dispuestos a digerir la derrota y prometen hacer todo lo necesario para que fracase el Gobierno salido de las urnas del 22 de noviembre.
Mientras este intríngulis no se resuelva, el presidente Macri tropezará con severas dificultades para sacar adelante sus iniciativas legislativas. Es de esperar que -llegado el caso- los nuevos gobernantes tengan el valor y la capacidad necesarios para explicar públicamente tales trabas e identificar a sus responsables. El obstruccionismo y los reclamos espurios deben ser puestos a la luz, sacándolos de las cuevas en donde suelen moverse.
El Presidente, motor de reformas
Sin embargo y por encima de este problema, el nuevo Gobierno cuenta con amplios márgenes para avanzar autónomamente en la restauración republicana (independencia de los jueces, democracia constitucional, federalismo, transparencia, seguridad jurídica e imperio de la ley).
Dispone también de márgenes razonables para regresar a la sensatez en las relaciones exteriores, en el manejo de la economía, y en la depuración de las responsabilidades por los crímenes de los años 70.
En varios de estos aspectos centrales, el presidente Macri podrá poner en práctica sus ideas y sus compromisos electorales sin encontrar el escollo de una eventual parálisis provocada por la oposición política.
Es bueno apuntar aquí que, a diferencia de otras experiencias nacionales finalmente traumáticas, el equipo de Macri, en los escasos 10 días que lleva en funciones, ha mostrado contundencia, prudencia política y excelencia técnica en la formulación de las medidas.
Queda por ver cómo resolverá el Gobierno el desafío que seguramen­te habrán de plantearle los sindicatos oficialistas (coaligados coyuntu­ralmente con el sindicalismo de ba­se) y las organizaciones patronales, interesados ambos en salir bien pa­rados de la "puja distributiva". La inercia inflacionaria, el sincera miento cambiario, el retorno a un comercio exterior acorde con los Tratados, así como la evolución de los Términos Internacionales de In­tercambio, reclaman diálogo, pru­dencia y políticas salariales y de pre­cios "socialmente responsables".
"El equipo del presidente Macri, ha mostrado contundencia y prudencia política en las medidas".
Sobre todo si se tiene en cuenta que los acuerdos paritarios que final­mente y en libertad celebren los sin­dicatos oficiales con las cámaras re­presentativas, dejan fuera a millones de trabajadores en negro y a otros tantos compatriotas que dependen de ayudas públicas para atender a sus necesidades elementales. En es­te sentido, si los sindicatos reinciden en una senda que mira solo a sus afi­liados (actitud propia del sindicalis­mo corporativo que contrasta con la del sindicalismo de clase) habrá que esperar una ola de conflictividad so­cial no laboral.
En donde el nuevo Gobierno tiene mucho por reformar es en el ámbito de la política social no contributiva. No basta con acabar con el cliente­lismo y los intermediarios. Hace fal­ta crear servicios de apoyo a la inte­gración en el mundo del trabajo y de las relaciones sociales pacíficas; con especial atención a las víctimas de adicciones y a los comportamientos violentos y antisociales. Una campa­ña de formación y concientización en favor de la cultura del trabajo, pa­rece imprescindible luego de años sin incentivos al mérito, al cumpli­miento de los deberes, y a la produc­tividad.
El cambio en Salta
Cuando el panorama se analiza desde una óptica regionalista, sur­gen dos elementos centrales: la evo­lución del Plan Belgrano y el papel que en su ejecución tendrán los sal­teños con independencia de sus
pre­ferencias partidistas. Y la recupera­ción de las instituciones de la repú­blica que el Gobierno local desprecia. En este último aspecto cabe destacar que el propio Plan Bel­grano contiene un compromiso de "hacer todo lo necesario para que se terminen los feudos, los reinados y las dinastías políticas en el norte ar­gentino y en todo el país". De esto también se trata.

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