Años atrás, saliéndose del protocolo diplomático, Henry Kissinger afirmó que "adónde se incline Brasil, se inclinará América del Sur". Lo ocurrido en Brasil con la suspensión de Dilma Rousseff y su reemplazo por el vicepresidente Michel Temer parece confirmar aquella presunción. Nada será igual en el escenario sudamericano y la primera víctima de ese viraje será el gobierno venezolano de Nicolás Maduro.
El flamante canciller brasileño, José Serra, quien estrenó sus funciones con una visita a Buenos Aires, en un gesto de acercamiento hacia el gobierno de Mauricio Macri, señaló que le parecía "absurda" la reticencia de Rousseff, y antes de su antecesor Lula, en condenar las violaciones a los derechos humanos en Venezuela.
El viraje del Palacio de Itamaraty coincide con la iniciativa de la oposición venezolana de solicitar ante la Organización de Estados Americanos (OEA) la aplicación de sanciones al régimen "chavista" por sus incumplimientos de la Carta Democrática Interamericana, aprobada en 2001, que estableció normas de conducta obligatorias para los estados signatarios, vinculadas con la vigencia del Estado de Derecho.
La petición de la Mesa de Unidad Democrática (MUD) venezolana encontró eco en el secretario general de la OEA, el ex canciller uruguayo Luis Almagro, un dirigente del Partido Socialista que integró el gabinete de José Mujica. El titular de la OEA analiza colocar el tema a consideración de la reunión del Comité Permanente de la organización que tendrá lugar en junio.
La posición de Almagro marcó una diferencia de criterio con la adoptada con su antecesor al frente de la OEA, el ex canciller chileno Luis María Insulza, quien había recibido críticas de la oposición venezolana, que lo acusaba de ser demasiado contemporizador con Maduro.
Según Insulza, la Carta Democrática tenía que interpretarse restrictivamente, para evitar que pudiera ser empleada como un pretexto para una intromisión en los asuntos internos de los estados miembros. Almagro enfatiza la necesidad de combatir los avances del Poder Ejecutivo sobre los otros poderes del Estado, en el caso venezolano contra la Asamblea Legislativa que aprobó el referéndum revocatorio del mandato de Maduro.
En sugestivo paralelismo, Rousseff había respaldado la postura de Insulza y, en cambio, el gobierno de Temer adhiere a la posición de Almagro. En realidad, Rousseff no hizo sino continuar la estrategia diseñada por Lula de que Brasilia tenía que erigirse en un factor de "contención" del régimen de Hugo Chávez, que apuntara a la moderación de sus excesos. Contrariamente, Temer y su canciller Serra pretenden sumarse a un creciente consenso regional orientado a la búsqueda de una transición política en Venezuela.
“En un escenario mundial cada vez más signado por el avance de la globalización, el Mercosur permaneció aislado en materia de acuerdos comerciales”.
Este cambio de Brasil en relación a Maduro se corresponde también con el hecho de que Venezuela encabeza el grupo de seis países latinoamericanos que denunció como un golpe de estado la suspensión de Rousseff y no reconoce al gobierno de Temer. La lista se completa con Bolivia, Ecuador, Cuba, Nicaragua y El Salvador, miembros del "arco bolivariano" que impulsaron Chávez hasta su muerte y Fidel Castro hasta la recomposición de relaciones entre La Habana y Washington.
Desde la asunción de Lula en 2002, la política exterior brasileña buscó posicionarse en un punto intermedio entre el "eje bolivariano", liderado por Chávez, y el resto de los países sudamericanos. De ese modo, la diplomacia de Brasilia podía aparecer ante Washington como un "regulador" de la política regional. El nacimiento de la Unasur constituyó la institucionalización de esa estrategia.
¿Tarjeta roja en el Mercosur?
Ese juego político de Lula incluyó la incorporación de Bolivia y Venezuela al Mercosur. Pero dicha ampliación del bloque regional no redundó en su fortalecimiento. En un escenario mundial cada vez más signado por el avance de la globalización, el Mercosur permaneció aislado en materia de acuerdos comerciales, mientras en América Latina despuntó como contrapartida la Alianza del Pacífico, formada por México, Colombia, Chile y Perú, con economías más abiertas y mayor capacidad de captar la inversión de las corporaciones transnacionales.
Desde 2003, con la asunción de Néstor Kirchner, la Argentina había buscado ubicarse cerca de Venezuela. Este posicionamiento, debilitado a partir de la muerte de Chávez en marzo de 2013, fue abandonado por Macri, cuyas primeras declaraciones en materia de política exterior consistieron precisamente en una ácida crítica a Maduro, que originó una enérgica réplica de la Cancillería venezolana.
El hecho de que Brasil con Temer acompañe el cambio protagonizado en la Argentina por Macri abre un nuevo escenario. El canciller paraguayo, Eladio Loizaga, siguiendo instrucciones de su presidente Horacio Cartés, promueve un encuentro de cancilleres del Mercosur para examinar la situación venezolana a la luz de la "cláusula democrática" del organismo regional.
Paradójicamente, la aplicación de esa cláusula en 2012 determinó la suspensión de la participación de Paraguay en el Mercosur, a raíz de la destitución por el Parlamento del presidente Fernando Lugo. Durante ese período de ausencia paraguaya, fue admitida la incorporación de Venezuela al Mercosur, patrocinada por los gobierno de Rousseff y Cristina Kirchner y resistida por Asunción.
En esa discusión en el Mercosur, recobra importancia la posición de Uruguay. El presidente Tabaré Vázquez respaldó la posición de su compatriota Almagro en la OEA, lo que generó una controversia en el izquierdista Frente Amplio. Pero su antecesor, Mujica, quien durante su gestión presidencial había acompañado las tesis de contemporización con el "chavismo" defendidas por Brasilia y Buenos Aires, clausuró ese debate al declarar que, más allá de su simpatía personal por Maduro, el mandatario venezolano "está más loco que una cabra".
Paralelamente, avanzan las conversaciones en busca de un acercamiento entre el Mercosur y la Alianza del Pacífico. Macri, Vázquez y Carlés ya habían expresado la necesidad de la convergencia entre ambos bloques regionales. Ahora, con Temer en el gobierno, también lo hace Brasil. La unidad latinoamericana, un objetivo que el "eje bolivariano" había agitado como consigna, encuentra un nuevo horizonte de realización, no en la perspectiva de aislamiento y confrontación que preconizaba Chávez, sino en una visión estratégica orientada a la integración de la región a la economía mundial.
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