El nihislimo contemporáneo es también uno de los medios y de las tantas formas que usaron los ideales para caer y terminar en el museo de las esencias. Así es que se instaló la idea de que nada tiene valor. Esta operación se la ve reflejada hoy en la sospecha de que la infancia se contamina en potenciales vicios o atajos del delito, de las adicciones, de la pereza, de la violencia, en fin, de los ideales caídos.
La infancia no es una edad fatídica ni tampoco un dulce paraíso, es una categoría histórica y cambia.
Los que trabajan en esa categoría redoblan la misión de persuadir a la sociedad de que los niños pueden tener actitudes creativas, sea en el ámbito filosófico, científico, artístico o literario, etc.
Hoy no toda infancia está cooptada por el discurso nihilista, sea por historia familiar o por determinadas errancias subjetivas que la averió.
La escuela, a pesar de estar en malestar, sigue siendo para la sociedad el buen bastión que puede generar la confianza de que el niño hará en su ser una invención singular.
En los talleres dictados en las aulas, cunden emprendimientos escolares para ser replicados; en la prensa se lee que aún existe la novedad de que se intenta -en pleno auge del nihilismo- que el niño surja como oportunidad inédita.
El escritor Graham Greene pensó en la demanda de los chicos:"Todo niño viene al mundo con cierto sentido del amor, pero depende de los padres, de los amigos, que este amor salve o condene".
No hay un solo sentido de crianza para todos los niños, tampoco el buen sentido, sino lo múltiple que deberá demostrar su utilidad social, su capacidad de organizar la subjetividad y el lazo social.
No se debe temer a la infancia, no todos los niños en la trama de la historia serán el Lazarillo de Tormes, el personaje bribón en la vida de un ciego.

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Sección Editorial

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