Hay otra Catamarca, a contrapelo del estereotipo de esta provincia, el de los paisajes áridos y la clásica postal de la iglesia blanca con cerros mate detrás. Es una Catamarca de verdes, que comienza a unos 30 kilómetros de la capital, donde se despliegan, entre los valles centrales, las villas veraniegas.
El Rodeo es la villa veraniega por excelencia, entre algarrobos, talas y nogales, a 1260 metros sobre el nivel del mar y a 40 km de la capital. Un pequeño oasis, con un microclima muy agradable y 7 grados menos que en la capital.
Como todo pueblo, El Rodeo tiene su casa de hadas o, mejor dicho, la Casa de Chicha, que abrió en 1963 y es simpática por donde se la mire, rodeada de flores y cerros verdes, en lo alto del valle de Ambato. En su galería, con techo de cañas, se sirven empanadas de carne y vino tinto regional, y por un sendero se llega hasta el río Los Nogales, uno de los cuatro (todos de vertiente) del pueblo.
Los 17 kilómetros que separan El Rodeo de Las Juntas son un suspiro, por lo breve del trayecto y lo lindo del paisaje. Las Juntas está un poco más alto que su vecino: a 1550 metros, y se extiende junto al río homónimo, sobre el faldeo oriental de las sierras de Ambato. Basta poner un pie en tierra para entender que aquí las agujas del reloj se mueven a otro ritmo o, mejor dicho, no se mueven.
También se descubren sus verdes en Aconquija, en un serpenteante camino lleno de caseríos o bien en la zona de Concepción, en Capayán con un recorrido a pie por el Bosque de Arrayanes, únicos en su tipo por esta parte del país. Andalgalá, Belén y el este catamarqueño completan esta "oferta" llena de sensaciones, donde los ríos, las montañas y por sobre todo la buena atención de la gente lo esperan para disfrutar de los mejores momentos.

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