Cerros y minerales oxidados

Ricardo Alonso

Cerros y minerales oxidados

Los ceros y minerales oxidados fueron el leitmotiv de los españoles durante la conquista y la colonia. Y lo siguieron siendo para los buscadores de minas en tiempos republicanos e incluso modernos. Cerros herrumbrados y rocas oxidadas daban la impresión de un enorme trozo de hierro que hubiese quedado a la intemperie por siglos.
Cuando los españoles llegaron al Alto Perú se cruzaron con un grupo exótico para ellos, de pequeños camellos a los que llamaron carneros de la tierra. Estos eran los guanacos y vicuñas, llamas y alpacas, los camélidos sudamericanos cuya piel en general tiene un tono rubio o marrón.
Pacco es rubio o castaño en quechua. Parece ser que de allí deriva el uso de paco, por analogía, dado a las rocas oxidadas que encontraban en los depósitos minerales.
También el llamarlos pacos a los policías haría referencia al color marrón de sus uniformes.
Desde la más remota antigedad el hombre prestó atención a cualquier elemento, signo o señal que le anunciara una posible riqueza oculta.
En los viejos tiempos, zahoríes de ojo desnudo o rabdomantes muñidos de sus varitas adivinatorias, decían ver o sentir las corrientes subterráneas que les anunciaban las vetas metálicas.
El rol de cateador o prospector lanzó a miles detrás de El Dorado y otras fantasías.
El descubrimiento de Potosí fue un tremendo disparador para los prácticos en la búsqueda de los metales.
Se dice que Potosí fue encontrado de casualidad por un pastor de llamas que hizo fuego sobre rocas mineralizadas y a la mañana vio hilos de plata. El azar y la casualidad fueron incentivos que convencieron a muchos de que los hallazgos dependían de su buena estrella.
Sin embargo se da el caso curioso de Fred "Mala Suerte" Struben, un rengo y enfermo de los pulmones que se ganaba la vida como lava copas de un bar de mineros de Sudáfrica y quién atraído por las historias que escuchaba se dedicó a explorar en sus ratos libres.
El hallazgo
Luego de muchos fracasos, de allí lo de mala suerte, y también muchas insistencias, dio con una roca aurífera que se convertiría en el mayor yacimiento de oro del mundo: Witwatersrand.
Su suerte y fortuna cambiaron para siempre al convertirse en híper millonario.
En la América española y más tarde republicana florecieron los buscadores de minas. De forma empírica, se siguieron algunas guías básicas.
La forma de teta de mujer del Cerro Rico de Potosí, inspiró la frase de "cerro con forma de teta, ahí está la veta". A ello se sumaba la aparición de los pacos, colorados y quemazones. En todos los casos se trataba de rocas podridas, careadas, agujereadas, herrumbradas, donde predominaban colores negruzcos (quemazones), marrones (pacos) y rojizos (colorados). Colores que en general correspondían a óxidos e hidróxidos de hierro. ¿Cuál era la razón de estas coloraciones? Simplemente vetas o cuerpos metálicos formados en profundidad, a otras temperaturas y presiones, los que al quedar expuestos a la atmósfera sufrían los fenómenos de intemperismo y se oxidaban dando nuevos minerales. La gran costra de herrumbre superficial son los llamados sombreros de hierro.
Si las vetas oxidadas eran polimetálicas, o sea contenían sulfuros de cobre, hierro, plomo, zinc u otros, se formaban numerosos minerales nuevos, especialmente óxidos, hidróxidos, sulfatos, carbonatos, fosfatos, silicatos, etcétera, que podían dar una idea más o menos certera de lo que se encontraba en profundidad.
El oro, cobre y plata nativa podían conservarse en esos pacos y solo había que molerlos y lavarlos para sacarlos de allí. La presencia superficial de minerales de cobre, azules y verdes, podían indicar la presencia en profundidad de los sulfuros de cobre.
La Cordillera de los Andes tiene extensas regiones volcánicas en tres segmentos mayores, al norte, centro y sur.
Los volcanes son los altos hornos donde se fraguan los metales. Estos pueden quedar formando sus raíces, en el interior o bien en vetas cercanas a la superficie. Los fluidos líquidos y gaseosos se mueven transportando los minerales y depositándolos en grietas y fisuras. Otros surgen en los gases de las fumarolas o en las aguas termales de sus alrededores.
Como sea, un volcán es un gran motor térmico que moviliza fluidos calientes y los deposita en su interior o cercanías, aunque a veces a decenas de kilómetros de la cámara magmática. Cuando el volcán se apaga o extingue comienza un proceso de erosión que va exponiendo su anatomía interior y quedan al descubierto los ricos filones mineralizados. Las vetas de plata en el volcán Quevar son un ejemplo de ello. Cuando todo el edificio ha sido desmantelado quedan expuestas sus raíces fuertemente mineralizadas. Para el cateador sagaz todo ayuda en la búsqueda. Sabe oler las tierras que tienen oro, vislumbra minerales ocultos en los llamados panizos, sabe observar donde afloran las vetas y donde desaparecen al estar cubiertas por diferentes materiales, se percata cuando la vegetación cambia de color, o desaparece o aparece donde no debiera, se fija en aquellos lugares donde la nieve no se conserva luego de una nevada, averigua si en un cerro determinado caen más rayos que en lugares vecinos, sopesa los rodados de los ríos en busca de aquellos cuyo peso escapa de lo normal, observa los hormigueros y cuevas de roedores para ver que materiales sacan a la superficie, toma nota de los topónimos regionales que puedan estar relacionados con minerales (ej., cori = oro; colque = plata; anta = cobre, etc.), en fin atesora una larga lista de elementos que pueden alertarle de algo rico y oculto.
En el Arte de los Metales (1640), el padre Alvaro Alonso Barba compiló muchas de estas guías de búsqueda. En Chile fue famoso don Diego de Almeyda, un personaje casi novelesco por sus historias en el desierto de Atacama al que conocía como la palma de su mano. Fue compañero de viajes del sabio Rodulfo A. Philippi, hizo descubrimientos importantes y dejó para la posteridad una larga lista de derroteros, o sea datos de sitios minerales que nunca fueron encontrados y que aún se siguen buscando. El chileno Benjamín Vicuña Mackena y nuestro Domingo F. Sarmiento escribieron bastante sobre los cateadores y los derroteros. En la Puna jujeña conocí y trabajé en la década de 1980 con un viejo amauta y zahorí indígena, don José Raymundo Guzmán, a quién le dediqué la foto de tapa de un diccionario minero que publiqué en Madrid en 1995.
Sus talentos naturales le llevaban a descubrir minerales utilizando su profunda intuición y algún don especial aprendido o heredado de sus antepasados. Él me enseñó lecciones mineras más ricas que muchos de los libros de la facultad.

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