Habría que preguntarse si el Gobierno nacional no incurrió en un error de apreciación y en una suerte de pecado de optimismo al anunciar que en el segundo semestre del corriente año adquirirían visibilidad los beneficios de su gestión.
Analistas estiman que fue una torpeza de los operadores oficialistas poner fecha a un bienestar económico y social muy difícil de lograr, porque en la economía la magia no existe y, además, las percepciones de la sociedad acerca de esos hipotéticos beneficios son diversas.
El Gobierno nacional ha demostrado cierta torpeza a la hora de administrar lo que se denominan políticas comunicacionales, pero corresponde preguntarse si el anuncio acerca de las bondades que nos aguardarían en el segundo semestre fue un error o un eficaz recurso publicitario que le permitió salir del paso en un momento en que los tarifazos, la inflación y las señales de recesión económica parecían imponerse.
En países con cultura democrática estabilizada no es necesario ingresar al paraíso de la justicia social para garantizar la gestión, pero en la Argentina esta verdad merece ser relativizada, sobre todo cuando la que gobierna es una coalición que no dispone de mayorías parlamentarias ni ejerce un control territorial amplio, y, de paso, su identidad política no es peronista, grave falta en un país donde los peronistas han establecido el principio de que solo ellos pueden gobernar y que todo presidente que no pertenezca a su signo es algo así como un intruso que debe ser tratado como tal.
Sin embargo, a pesar de todos estos inconvenientes visibles, da la impresión de que la coalición liderada por Macri se las ha sabido ingeniar para superar las dificultades de un gobierno en minoría e intrigar con la habilidad necesaria para fracturar a un peronismo cuyos principales dirigentes realizan esfuerzos denodados para tomar distancia de la pasada gestión, esfuerzos que hasta el momento les permiten sobrevivir políticamente con cierta decorosa dignidad, pero no alcanzan para plantearse una estrategia que vaya más allá de los rigores de la actual coyuntura.
El PRO sigue siendo, de todos modos, una esperanza y una incógnita; la posibilidad del inicio de un nuevo ciclo histórico o la recaída en una nueva frustración nacional; el emergente legítimo de una transición escabrosa o el breve paréntesis de una Argentina con un inevitable destino de signo populista. Sus contradicciones, incertidumbres y vacilaciones pueden ser la clave de su fortaleza o el signo de su debilidad. Sus integrantes, conservadores por origen y progresistas por necesidad; porteños por nacimiento y práctica política, constituyen al mismo tiempo la administración que más concesiones ha hecho a los reclamos de las provincias; son partidarios de los hechos, pero aferrados a las necesidades de la retórica; indiferentes a temas como los derechos humanos, pero comprometidos a sostener una continuidad que probablemente muchos de sus dirigentes en su fuero íntimo rechazan; liberales o neoliberales por convicción y perfil de clase, pero desarrollistas y proteccionistas por conveniencia política; descreídos de la política tradicional pero involucrados de lleno en los avatares, enredos e intrigas de la política.
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