Definir al populismo resulta una tarea ardua y compleja. Después de todo, al utilizar ese término nos estamos refiriendo al mismo tiempo a gobiernos y regímenes de lo más distintos entre sí, los cuales abrevan de ideologías muchas veces disímiles y que no se restringen tan solo a una región determinada del planeta. No resulta difícil que muchas de las pretendidas definiciones de populismo hayan sido abandonadas por su incapacidad de abarcar un fenómeno que se muestra a primera vista como imposible de categorizar, esto debido a los rasgos particulares y contradictorios que se dan en cada una de sus manifestaciones nacionales.
A causa de ello no pocos han caído en la tentación de referir el término populista tan solo a una determinada clase de gobiernos, en especial los surgidos en Latinoamérica durante la primera década del siglo XXI. Si bien esto no resulta erróneo, ya que los gobiernos de Argentina, Brasil, Venezuela y compañía mostraban sin lugar a dudas síntomas de populismo, esta clasificación no se aplica exclusivamente a ellos. ¿Acaso la Rusia de Putín no podría ser calificada también con el mote de populista? ¿Y que hay varias de las ex repúblicas soviéticas, muchas de ellas marcadas por la presencia de un líder fuerte que centraliza el poder en su figura?

El populismo criollo

Quien más se acercó a dar un panorama cabal de lo que es el populismo no es otro más que la persona a quien muchos atribuyen la creación de la base teórica para el desarrollo del kirchnerismo, el politólogo postmarxista Ernesto Laclau. Desde su estudio en Oxford, Laclau sentó las bases para explicar el populismo al cual definió no por su contenido sino por su forma.
En su libro La Razón Populista, él expone que el populismo no es más que una forma de estructurar el espacio político, un contenedor sin una matriz ideológica clara que le permite adaptarse tanto a gobiernos o movimientos provenientes de la izquierda o de la derecha del espectro ideológico.
Lo único que el estima que caracteriza al populismo es la presencia de un líder, único intérprete y articulador de la voluntad del pueblo y la división de la sociedad que el caudillo persigue a través de esta interpretación y de su discurso.
Aquí no es el pueblo quien elige el líder sino que el líder es quien crea al pueblo. Lo que el populista hace desde un principio es recibir las demandas provenientes de distintos sectores de la sociedad (mejor salud, educación, más libertad, más empleo, menos impuestos, más redistribución del ingreso) y las clasifica incluyendo algunas en su discurso mientras elimina las que no le son convenientes. De este modo en su retórica construye al pueblo a su medida, incluyendo en él las demandas que cree conveniente satisfacer mientras que excluye en la categoría de antipueblo a los sectores que promueven las demandas que él no tiene intenciones de procurar.
Así se genera una división irresoluble en el seno de la sociedad marcada por esta dicotomía entre el pueblo versus el anti pueblo o sus otras manifestaciones (oligarquía, empresarios o más recientemente migrantes y refugiados).
Durante la última década, en Latinoamérica nos hemos acostumbrado a una manifestación particular de populismo, con raíz ideológica en la llamada "nueva izquierda" o Socialismo del siglo XXI. Sin embargo, este esquema al menos desde el año pasado ha comenzado a quebrarse debido a sus debilidades intrínsecas. En Argentina ya no gobierna el kirchnerismo; en Bolivia, Evo perdió el referéndum por la reelección, Maduro perdió también las últimas elecciones legislativas y el gobierno del PT en Brasil se enfrenta a un juicio político, siendo su último bastión el Ecuador de Correa.

La vigencia en Europa

Es aquí donde se manifiesta la versatilidad ideológica del populismo, ya que mientras pierde terreno en Latinoamérica se reinventa en clave de derecha en otras latitudes. Así Marine Le Pen en Francia y personajes como el primer ministro Húngaro Viktor Orban viendo las ventajas eleccionarias de recurrir a un discurso y una lógica populista apelan también a la creación de una división en la sociedad entre el nosotros y el ellos representado por los innumerables migrantes y refugiados, en su gran mayoría musulmanes, que llegan a Europa dejando atrás las vivencias de la guerra. Como todo populista apelan al sentimiento antes que a la razón, al miedo antes que a la lógica y por lo visto en las últimas elecciones esta estrategia dio bastantes frutos.

La irrupción de Trump

Así llegamos a uno de los populistas más iracundos de este último tiempo, me refiero particularmente al caso de Donald Trump en EEUU. Trump, magnate devenido en presentador de TV y de ahí en político apela al uso de técnicas populistas todo el tiempo.
Como su par húngaro, Trump planea la creación de un muro que separe el nosotros, del ellos manifestado en los inmigrantes ilegales en su mayor parte latinos y también de los musulmanes. Sus políticas son irracionales hasta la médula pero, sin embargo, con una retórica y un discurso atrapante propio de un showman, logra captar la atención de la audiencia con lo cual pasó de ser una anécdota o un chiste al momento de lanzar su candidatura al único candidato para la presidencia todavía en carrera por el partido republicano.
Aunque resulte poco probable que Trump resulte victorioso en la elección general de este año, el peligro no reside en él como persona sino en los mecanismos que están por detrás suyo. Quizá en esta oportunidad él no resulte electo pero sin embargo marca un precedente importante para alguien que a futuro continúe por su camino en la senda populista cosechando cada vez más votos a su favor, así el caso de Le Pen: marginal en un principio pero cada vez más amenazante.
Esto resulta mucho más relevante en nuestra realidad latinoamericana. Como ya habíamos mencionado antes el populismo existente en nuestra región se resquebraja pero la pregunta ineludible es que vendrá después. Hay un gran sector de la sociedad que se identifica y respalda las formas propias del populismo de cómo hacer política y el peligro yace en que alguien, quizá bajo otro sesgo ideológico, tome el lugar del populista desplazado manejándose con la misma lógica intrínseca y apelando a la misma retórica divisionista.
He ahí el peligro mayor del populismo, sea tanto de izquierda o de derecha, ya que su lógica interna lleva necesariamente a un enfrentamiento dentro de la sociedad y eventualmente a la exclusión de los grupos sociales a cuyas demandas el gobierno hace oídos sordos, mientras el líder concentra cada vez más poder bajo su persona hasta la inevitable debacle social y económica del régimen causada por su política netamente irracional y personalista.

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