En una extraña vuelta de tuerca de la historia, cuando el triunfo de Donald Trump en las elecciones estadounidenses fortalece también los reclamos proteccionistas en los países de Europa Occidental, China intenta aparecer como la abanderada mundial del libre comercio. Ese giro de Beijing coincide con el debate en la Organización Mundial de Comercio (OMC) sobre el reconocimiento de China como "economía de mercado" y limita el margen de maniobra de la nueva administración norteamericana.
La reunión de los veintiún países que integran el Foro de Cooperación Asia Pacífico celebrada en Lima, precedida por el impacto de las declaraciones de Trump de que su gobierno propiciará dejar sin efecto el Tratado Transpacífico, para sustituirlo por negociaciones bilaterales caso por caso, sirvió como plataforma para que el presidente chino Xi Jinping recogiera el guante y afirmara que "construir un área de libre comercio del Asia Pacífico es una iniciativa estratégica para la prosperidad de largo plazo".
La paradoja reside en que el Acuerdo Transpacífico, que incluye a economías tales como Japón, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Malasia, Singapur y Vietnam y los cinco socios de la Alianza del Pacífico (México, Colombia, Perú, Chile y Costa Rica) había sido concebido por la administración de Barack Obama precisamente como parte de una estrategia de contención ante el avance internacional de Beijing. El retiro estadounidense deja entonces la mesa servida a China.
Beijing venía impulsando la creación de una Asociación Económica Integral Regional, que abarcaría a los miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Brunei, Camboya, Indonesia, Laos, Malasia, Birmania, Filipinas, Singapur y Vietnam) y sus socios regionales (Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda e India), además de la propia China, sin la participación de Estados Unidos. El "efecto dominó" de esa jugada estadounidense afecta también a América Latina. Tras su presencia en el cónclave de la APEC en Lima, donde dialogó con el nuevo mandatario peruano Pedro Kuczynski, Xi Jinping viajó a Quito para entrevistarse con Rafael Correa, y culminó su periplo sudamericano en Chile, para dialogar con Michele Bachelet.
Chile y Perú tienen suscriptos sendos tratados bilaterales de libre comercio con China. El coloso asiático es ya el principal socio comercial de Chile. Ecuador, durante el mandato de Correa, estableció sólidos vínculos con Beijing. La novedad es que la "carta china", que a partir del boom de los comodities de la década pasada pasó a integrar el cuadro de opciones en América del Sur, cotiza mejor que nunca. No es de extrañar que la cuestión se haya introducido en la agenda de discusión del Mercosur.

Americanismo vs. interdependencia

A estos inconvenientes en el escenario global, el "americanismo" blandido por Trump como slogan de campaña se agrega un factor estructural de orden interno: la interdependencia entre las economías de Estados Unidos y China tiene una dimensión sistémica. Lo peor que le puede suceder a China es una crisis económica en Estados Unidos, lo peor que podría ocurrir en Estados Unidos sería una debacle en China. Más de la mitad de las exportaciones chinas son producidas por empresas trasnacionales occidentales, la mayoría estadounidenses. De allí que "The Global Times", un diario editado en Beijing en idioma inglés y controlado por el Partido Comunista, pueda alertar que "si Trump destruye el comercio chino-estadounidense, algunas industrias de su país se verán afectadas. Si finalmente decide hacer algo así, será condenado por su imprudencia, ignorancia e incompetencia y tendría que soportar todas las consecuencias". Un estudio de Asia Society y la consultora internacional Rosen Consulting Group revela que en los últimos cinco años los chinos han invertido cerca de 110.0000 millones de dólares en el sector inmobiliario de Estados Unidos, una cifra superior a la de cualquier otro país del mundo, salvo Canadá. Esas inversiones han tenido singular relevancia en la recuperación del mercado inmobiliario norteamericano tras la dramática caída que experimentó con la crisis de las hipotecas de 2008. El analista ruso Dmitri Kosyrev hace hincapié en un aspecto menos conocido de la interpenetración entre ambos países: China lidera la posesión de bonos hipotecarios estadounidenses, en particular los emitidos por las dos grandes compañías que hoy son semi-públicas: Fannie Mae y Freddie Mac. Ambas firmas deben 208.000 millones de dólares y esas obligaciones están garantizadas por propiedades, por lo que si hubiera imposibilidad de pago los asiáticos cobrarían con bienes raíces. El historiador económico Niall Ferguson bautizó "Chimerica" a la interdependencia económica entre Estados Unidos y China. Sostiene que "en gran parte de los últimos quince años, el orden económico mundial se ha basado en la "simbiosis" entre la China manufacturera, exportadora y ahorradora con una Norteamérica consumista, que acumula déficits y no para de endeudarse. China financia el consumo norteamericano comprando bonos del Tesoro y además acumula sin descanso enormes reservas de divisas". Resulta entonces más factible que, ante semejante acumulación de obstáculos externos e internos, en vez de retroceder a la era del proteccionismo, Trump opte por elevar el nivel de competitividad de la economía estadounidense, a través de una drástica reducción del impuesto a las ganancias empresarias, para impulsar una repatriación de las inversiones de las grandes corporaciones trasnacionales norteamericanas, y de un ambicioso plan de infraestructura, que reduzca los costos de la industria estadounidense. El único libro escrito por Trump se llama "El arte de negociar". Todo indica que el futuro mandatario estadounidense se prepara para una negociación cara a cara con Xi Jinping para forjar entre Washington y Beijing un "G-2" capaz de redefinir las reglas del juego del poder mundial.

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