Mientras la Organización Mundial de Comercio (OMC) debate el reconocimiento de China como economía de mercado, una vez vencido el período de transición de quince años establecido en el protocolo de su admisión al organismo, que expira el próximo 11 de diciembre, el presidente Xi Jinping avanza en una estrategia de acumulación de poder orientada a enfrentar a los sectores del aparato del Partido Comunista más reacios a la profundización de las reformas estructurales.
La incorporación de China a la OMC, aprobada en diciembre de 2001, tuvo en la economía global un impacto equivalente al de la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989 en la geopolítica planetaria.
Como el escenario internacional estaba dominado entonces por la repercusión de los atentados terroristas contra las Torres Gemelas en Nueva York y el edificio del Pentágono en Washington, la intervención estadounidense en Afganistán y el lanzamiento de la guerra contra el terrorismo transnacional, pocos percibieron que, al mismo tiempo, se estaba asistiendo a un hecho históricamente más relevante: la reaparición de China como potencia mundial.
En los quince años transcurridos, China se convirtió en la segunda potencia económica global. En su avance, desplazó sucesivamente a Francia, Gran Bretaña, Alemania y Japón. Se transformó también en la primera potencia comercial mundial, tanto en volumen de exportaciones como de importaciones.
Desde la crisis internacional de septiembre de 2008, su crecimiento económico explica más de un tercio del aumento del producto bruto mundial.
Esa transformación tiene exteriorizaciones monumentales.
En los últimos cinco años, China consumió más cemento que Estados Unidos en el último siglo. La mitad de las grúas que operan en el mundo trabajan actualmente en China.
La producción de automóviles supera ya a la suma de las de Estados Unidos y la Unión Europea. Las reservas de su Banco Central son las mayores del mundo. Concentra en sus manos un tercio de los bonos emitidos por el Tesoro estadounidense.
También se apresta a desplazar a Estados Unidos como el primer inversor mundial de capitales: en los primeros ocho meses de este año invirtió 200.000 millones de dólares. Entre las quinientas grandes compañías transnacionales que integran el ranking de la revista Forbes, 110 son chinas.
Pero esa presencia internacional de China no se agota en términos de compra y venta productos ni de exportación e importación capitales. En 2015, 127 millones de chinos, ávidos de productos occidentales, salieron del país para constituirse en la demanda más relevante del turismo internacional. Ese fenómeno no es solo cuantitativo, sino cualitativo: 500.000 jóvenes chinos estudian en las universidades estadounidenses y 150.000 en las de la Unión Europea. En la prestigiosa universidad de Berkeley, en California, las autoridades impusieron un tope del 33% de su matrícula para la inscripción de estudiantes chinos.

Economía y política

El debate sobre el reconocimiento de China como economía de mercado tiene singular importancia. De admitirse esa condición, cambiarían las reglas para el tratamiento en la OMC de las controversias por prácticas comerciales desleales. Hasta ahora, ante una demanda, China tiene que demostrar su inocencia. Como economía de mercado, los demandantes tendrían que probar la culpabilidad china.
Es más que obvio que la economía china conserva un altísimo grado de intervencionismo estatal, pero el 60% de su producto bruto interno y el 80% del empleo corresponden al sector privado y ese porcentaje no para de crecer. El actual viraje de Beijing en su estrategia de desarrollo profundiza esa tendencia.
Lo cierto es que el modelo tradicional, basado en la exportación de manufacturas beneficiadas por el bajo costo de la mano de obra, que hizo de China una "gran fábrica global", no puede sobrevivir a la paulatina elevación del salario de los trabajadores y al colosal daño ambiental, que atenta contra la salud de la población y es causa de creciente preocupación de la opinión pública, exteriorizada periódicamente con ruidosas expresiones de protesta.
La consecuencia es que el gobierno promueve un drástico giro, destinado a transformar al país en un gigantesco centro de innovación y conocimiento. Ese cambio, que supone pasar de la cantidad a la calidad, a través de un permanente incentivo a las empresas de alta tecnología, es una apuesta a la creatividad que solo es viable mediante un incremento de la actividad privada, en sustitución de un sector público ineficiente y obsoleto.
Este viraje de China coincide también con una tendencia de la economía mundial.
El Organismo de las Naciones Unidas para el Comercio y Desarrollo (UNCTAD) consignó que en 2014 la suma de turismo, entretenimiento y servicios empresarios fue responsable del 62% del intercambio internacional, contra un 38% de los productos industriales.

El liderazgo en el PC

El problema es que la profundización de las reformas estructurales tropieza con la sorda resistencia de un sector importante del aparato del Partido Comunista, enquistado en las compañías estatales, que experimenta una paulatina traslación de poder económico hacia los capitalistas privados. Frente a esa oposición larvada, Xi Jinping respondió con una intensificación de la campaña contra la corrupción estatal, que llevó a la destitución, el encarcelamiento y hasta al fusilamiento de centenares de funcionarios
En el Sexto Plenario del Comité Central del Partido Comunista, Xi Jinping denunció la existencia de "facciones" integradas por "codiciosos" que solo persiguen "sus intereses egoístas". En esa misma reunión, Xi Jinping fue proclamado "líder central", una jerarquía que antes solamente había sido otorgada a Mao Tse Tung y Deng Xiaoping y eliminada después para enfatizar la instauración de la "dirección colegiada" y la supresión del "culto a la personalidad". Con esa designación, Xi Jinping fue ungido en un lugar superior al ocupado por sus predecesores.
Esta puja en la cima del poder se dirimirá en 2017, cuando el Congreso del Partido Comunista proceda a reelegir como presidente a Xi Jinping por otro período de cinco años, tal como ocurrió con sus dos antecesores, y promueva una amplia renovación en la cúpula partidaria.
En el Politburó es probable que se jubile casi la mitad de sus veinticinco miembros y en el Comité Permanente deberán renunciar cinco de sus siete integrantes, que habrán superado la edad tope de 68 años.
Todo indica que la reelección de Xi Jinping, unida a estos relevos de figuras de la "vieja guardia" partidaria, permitirá acelerar el proceso de reformas.

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