Quienes reclaman que China instaure un sistema democrático similar al de Occidente tienen motivo para preocuparse. El debate político en el gigante asiático sigue otros parámetros que tienen que ver con su propia historia y hasta podría convertirse en un disparador interesante para una discusión semejante sobre la evolución de la democracia en Occidente.
Aprovechando la alarma generada en EEUU por el arrollador avance de Donald Trump en las elecciones del Partido Republicano, el "Global Times", un periódico editado en Beijing con respaldo del Partido Comunista, publicó un editorial que sostiene que ese hecho es un ejemplo de por qué la democracia occidental es "peligrosa". Días antes, un editorial de "El Diario del Pueblo", órgano oficial del PC, había afirmado que "de Oriente Medio al norte de África, de Ucrania a Tailandia, todos, sin excepción, intentaron conseguir una democracia al estilo occidental y en todos los casos la política de la calle se ha convertido en mitines, después en manifestaciones, hasta el conflicto armado".
La mayoría de la población china tiene una opinión favorable sobre su sistema político. Una encuesta realizada por Barómetro de Asia, un instituto de estudios de la Universidad de Taiwán, señaló que más del 90% de la opinión pública consideraba que su sistema de gobierno era el mejor de todos y que cerca del 70% de los entrevistados decía confiar en sus instituciones.
Esta percepción de la opinión pública tiene una explicación. Los chinos identifican a la democracia con el respeto a las leyes, la responsabilidad de los gobernantes ante los ciudadanos y el freno a los abusos de poder, las arbitrariedades y la corrupción. En su cultura política, la idea de democracia está más asociada con la noción de "Estado de Derecho" que con la elección popular de los gobernantes, practicada regularmente en los niveles locales.
Las miles de manifestaciones de protesta que se registran anualmente en las aldeas rurales tienen que ver con la reacción de sus poblaciones contra los actos de corrupción y los abusos de poder de los funcionarios locales, que a menudo terminan removidos de sus cargos. Lo mismo ocurre con la mayoría de los millones de quejas que los ciudadanos chinos de las ciudades expresan a través de las redes sociales.
Zhang Mingshu, una prominente personalidad de la Academia de Ciencias Sociales de China, que realizó un trabajo de investigación sobre "Qué tipo de democracia prefieren los chinos", concluyó que "la mayoría de los chinos prefiere un gobierno virtuoso y moral y le dan más importancia al contenido de la democracia que a las formas y rituales".
Para entender China hay que comprender la singularidad de su Partido Comunista. Al PC chino se ingresa por una simple expresión de voluntad. Es una organización meritocrática. La solicitud de afiliación es el primer paso de un trámite para acreditar los méritos del postulante. Sus 75 millones de afiliados constituyen la ilustrada clase dirigente. Uno de los órganos más importantes del partido es el Departamento de Personal del Comité Central, que tiene como misión seleccionar a los funcionarios del Estado, tras un examen de su capacidad. Más que una fuerza inspirada en las enseñanzas de Carlos Marx, el comunismo chino es una síntesis entre la filosofía de Confucio y la receta organizativa de Lenin. Lucien Pye, un autor que estudió el "confucio-leninismo", señala que "la versión del leninismo que triunfó en China, lleva el sello de la gran civilización del este de Asia".
La concepción de Confucio es centralizada y jerárquica. Postula una meritocracia gobernante basada en la capacidad de los funcionarios y en el cuidado de los gobernados por los gobernantes. El rol supremo del Emperador y la institución del mandarinato fueron los dos resortes de ese sistema milenario, que se mantuvo inalterable hasta la caída de la monarquía en 1921, cuando se inauguró un período de guerra civil que terminó con el triunfo de Mao en 1949.
Esa tradición confuciana, hondamente arraigada en la sociedad, empalmó con la concepción leninista del "partido de vanguardia", entendido como una férrea organización de revolucionarios profesionales capaz de guiar a los sectores populares, encarar la toma del poder y, como hacían los mandarines en la era imperial, asumir la dirección del Estado.
En el "Cambridge History of China" se explica que "situados en una larga trayectoria histórica los comunistas chinos pueden ser vistos como otra "dinastía unificadora", equipada con un presidente "imperial", una burocracia y una ideología. Los historiadores británicos agregan que "si la unidad era el legitimador de las dinastías", entonces el éxito del Partido Comunista Chino, al unificar China continental, confirió al partido el tradicional mandato del Cielo".
A esa "legitimidad de origen", los comunistas chinos agregaron la "legitimidad de ejercicio": el salto histórico que en las últimas tres décadas multiplicó por ocho su producto bruto interno, sextuplicó el ingreso por habitante, sacó de la pobreza a centenares de millones de personas y devolvió al país el lugar central que había ocupado durante siglos en el escenario mundial y que perdió con la irrupción de la Revolución Industrial.
El politólogo canadiense Daniel A. Bell tiene un libro sobre "El modelo chino: la democracia y los límites de la democracia". Sus colegas estadounidenses Nicolás Berggruen y Nathan Gardels publicaron otro, prologado por Felipe González, titulado "Gobernanza inteligente para el siglo XXI: una vía intermedia entre Oriente y Occidente". En estos trabajos se resalta la dificultad estructural de las democracias occidentales para superar los límites del cortoplacismo electoral que obstaculiza la implementación de políticas de largo plazo en cuestiones tan importantes como la educación y la preservación del medioambiente.
Con tales antecedentes, no es extraño que, antes de comprar a libro cerrado las recetas políticas de Occidente, los chinos prefieran primero cotejar sus principios teóricos con sus resultados prácticos.

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