El "ascenso pacífico" que el Partido Comunista Chino fijó como estrategia para la irrupción del coloso asiático en el escenario internacional acaba de experimentar un salto cualitativo con la decisión del Fondo Monetario Internacional de incorporar al yuan como la quinta moneda mundial de reserva, detrás del dólar estadounidense, el euro, el yen y la libra esterlina.
En términos geopolíticos, esta determinación del FMI, que entrará en vigencia el 1 de octubre de 2016, constituye la modificación más relevante en el sistema monetario internacional registrada desde los acuerdos de Bretton Woods, donde en 1944 se fijaron las reglas de juego que rigieron el funcionamiento de las finanzas globales en los últimos 70 años. Para China, este nuevo "status" de su moneda implica la oficialización de su ingreso a la comunidad financiera internacional. Es la culminación triunfal de una segunda "larga marcha", que evoca aquella que encabezó Mao Tse Tung desde 1934 hasta su ingreso victorioso en Beijing en 1949 y marcó el acceso de China al socialismo.
La paradoja es que ambas epopeyas tuvieron como protagonista a un mismo actor político: el Partido Comunista Chino, que ha convertido su capacidad para adecuarse a los cambios de las circunstancias históricas en el secreto de su supervivencia política.
Esta segunda "larga marcha", que llevó a China a erigirse en la segunda potencia económica mundial, con vistas a desplazar a la brevedad del primer puesto a EEUU, tuvo dos grandes hitos. El primero fue la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio, oficializada en noviembre de 2001, y el segundo fue la crisis financiera internacional de 2008.
La internacionalización del yuan es el reconocimiento de una realidad incontrastable: en 2013 China sustituyó a EEUU como primera potencia comercial mundial. La correlación entre lo comercial y lo monetario hizo que el uso del yuan en el comercio total de China creciera del 3% en 2010 al 18% en 2014 y se prevea que ese porcentaje llegue al 30% a fin de este año.
Mientras tanto, las inversiones chinas en el exterior aumentaron a un ritmo del 19% anual entre 2009 y 2014 y lo harán a un promedio del 20% anual en los próximos años. China es ya la segunda fuente de aprovisionamiento mundial de capitales y se apresta a convertirse en la primera, por encima de Estados Unidos. Esa doble fortaleza como primera potencia comercial y principal fuente de inversión extranjera directa tornan imposible ignorar al yuan como moneda global.
Sin embargo, el yuan tiene todavía una utilización relativamente baja en el comercio global y también como moneda de inversión Pero su uso se expande rápidamente, a medida que las autoridades de Beijing avanzan en la implementación de reformas estructurales orientadas a eliminar los obstáculos legales que obstruyen su libre circulación y a establecer su convertibilidad plena, en principio prevista para 2017.
En la actualidad, el yuan es la quinta moneda más utilizada en el mundo, con una cuota del 2,45% de las transacciones globales, según la Sociedad para las Telecomunicaciones Financieras Interbancarias Mundiales (SWIFT). Pero esa cifra, relativamente modesta, no refleja la velocidad de su expansión. En 2011, el yuan no revistaba entre las diez monedas más empleadas y su participación era del 0,8% de las transacciones mundiales.
El hermetismo tradicional del régimen político chino, así como su firme decisión de eliminar todo vestigio del "culto a la personalidad", opaca el rol protagónico del presidente del Banco Central chino, Zhou Xiaochuan, quien desde hace trece años permanece al frente de ese organismo clave, lo que lo convierte de lejos en el funcionario de alto rango más antiguo del gobierno de Beijing. Designado en 2002, en las postrimerías del mandato del presidente Jiang Zemin, permaneció durante los dos períodos de su sucesor, Hu Jintao, y fue confirmado por el actual mandatario, Xi Jinping. Es sugestivo que el Partido Comunista Chino, que prohíbe por completo la "re-
reelección" y es inflexible en el cumplimiento del principio de rotación en los altos cargos (ningún funcionario puede cumplir más de dos mandatos), haya hecho una excepción con el titular del Banco Central. Zhou Xiaochuan es uno de los artífices del proceso de liberalización y apertura económica. Es también el rostro visible de Beijing en el mundo financiero internacional. Este rol le valió el apodo del "Alan Greenspan chino". En 2010, la revista Foreign Policy lo incluyó entre los cinco primeros en su informe anual sobre los 100 pensadores más importantes a nivel global.
En 2009, en plena crisis financiera, Zhou Xiaochuan impulsó la idea de una reforma del sistema monetario global, a través de la creación de una moneda de reserva que no estuviera vinculada a ningún país en particular, de manera que ese régimen monetario pudiese reflejar mejor los cambios en la economía mundial, entre ellos el avance del yuan.
La política de Zhou Xiaochuan era resistida, a la vez, por el ala conservadora del régimen comunista, que lo acusaba de ser demasiado proclive a Estados Unidos, y por el ex titular de la Reserva Federal norteamericana, Ben Bernake, y otras personalidades relevantes de la comunidad financiera norteamericana, quienes recomendaban no apresurarse en la internacionalización del yuan y centrar sus esfuerzos en la mejora de la productividad de la economía china.
Pero Beijing usó la estrategia de la "aproximación indirecta" y consiguió su objetivo. Desde 2009, celebró acuerdos de intercambio de divisas (SWAP) con 39 países, incluyendo a la Argentina, que permitieron potenciar el yuan en las transacciones globales. En ese lapso, el mercado de bonos en yuanes duplicó su tamaño cada año. El número de entidades financieras que realizan operaciones en yuanes ascienden hoy a 10.000.
Lo que hizo el FMI al incorporar al yuan como moneda de reserva monetaria mundial no fue sino aplicar el célebre apotegma de que "la única verdad es la realidad".

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