China y Taiwán, más cerca que nunca

Pascual Albanese

China y Taiwán, más cerca que nunca

Por primera vez en la historia, un presidente chino se entrevistará con su par de Taiwán. En Singapur, Xi Jinping se reunirá con su colega taiwanés Ma Ying-jeou. Para ambas partes el encuentro tiene un enorme valor simbólico y augura una nueva etapa en la evolución de las relaciones bilaterales que, más tarde o más temprano, culminará con la reunificación nacional.
En este lento y trabajoso acercamiento, la economía precedió a la política. Las empresas taiwanesas están interesadas en profundizar su inserción en el mercado chino. Curiosa paradoja: el islote capitalista, que sobrevivió y prosperó durante las décadas de Mao Tse Tung en China hasta convertirse, junto a Singapur, Hong Kong y Corea del Sur (los "pequeños tigres"), en una de las únicas cuatro economías que en el siglo XX lograron superar el subdesarrollo y acceder a la condición de países desarrollados, necesita adecuarse al hecho de que el producto bruto interno chino ya es el segundo a nivel mundial y se aproxima a desplazar del primer puesto a Estados Unidos.
Pero como todo lo que tiene que ver con Oriente, la economía está asociada a la cultura y a la historia. Ma Ying-jeou es el actual jefe del Kuomintang, el partido que fuera liderado por Chiang Kai-shek y derrotado por Mao en la guerra civil finalizada en 1949. Dos millones de partidarios de Chiang Kai-shek se atrincheraron en la isla de Taiwán, desconocieron al régimen de Beijing e impulsaron un fenomenal proceso de apertura y modernización económica.
La performance económica de Taiwán prefiguró el "milagro chino". La isla dejó de ser una sociedad agrícola para convertirse, primero, en una potencia industrial y ahora en una expresión paradigmática de la nueva economía del conocimiento, con un ingreso por habitante que es equivalente al de España y una de las tasas de desempleo más bajas del mundo.
Taiwán es el segundo productor mundial de artículos de tecnología informática.
En 2010 desplazó a Japón como primer productor mundial de semiconductores. Muchas empresas estadounidenses de alta tecnología, incluso varias originadas en Silicon Valley, invierten en Taiwán, que está entre los diez primeros países en el ranking de competitividad y entre los cinco primeros con mejor clima de negocios.
Es sugestivo que este encuentro entre Xi Jinping y Ma Ying-jeou se realice en Singapur. Deng- Xiaoping, el artífice de la modernización de China, dijo alguna vez que sus iniciativas se habían inspirado en las enseñanzas de Lee Kuan Yew, el líder de Singapur, fallecido en marzo pasado, quien convirtió a su pequeña isla, en realidad una "ciudad-Estado", en uno de los máximos ejemplos de éxito económico de las últimas décadas.
Si se tiene en cuenta que Singapur es una isla de población mayoritariamente de origen chino y que Hong Kong constituía un enclave británico en China continental, cabe subrayar que tres de esos legendarios "cuatro tigres" son étnica y culturalmente chinos y dos formaron históricamente parte de China.
Las primeras inversiones extranjeras en las "zonas económicas especiales" abiertas por Deng, en la primera fase de la apertura económica, no provinieron de Occidente, sino de las prósperas colectividades chinas de Taiwán, Singapur y Hong Kong.
Seguramente por razones políticas, Deng omitió decir que, además de Singapur, su estrategia también había tenido en cuenta lo que sucedía en Taiwán, gobernada por sus odiados rivales del Kuomintang, cuyo crecimiento acelerado contrastaba con el atraso de la economía china.
Todavía existe en Taiwán una fuerte corriente de opinión pública que, si bien reconoce las ventajas de la cooperación económica con sus vecinos del continente, se opone a la reunificación del país. Las encuestas indican que el Partido Democrático Progresista (PDP), expresión de esa postura, tiene serias posibilidades de ganar las elecciones presidenciales de enero de 2016.
El PDP reivindica una "identidad nacional taiwanesa", que también tiene sus raíces históricas. En los hechos, Taiwán no depende de Beijing desde 1895, cuando fue ocupada por Japón. En 1945, con la derrota japonesa y China sumida en la guerra civil, pasó a ser "tierra de nadie". Cuando en 1949 los restos del ejército del Kuomintang llegaron a la isla, tropezaron con el rechazo de sus pobladores, quienes los consideraban parte de un "partido extranjero".
Chiang Kai-shek impulsó un régimen autoritario. Recién tras su desaparición en 1975, durante el gobierno de su hijo Chiang- Ching-kuo, el Kuomintang impulsó una gradual apertura democrática, aunque salvo en el período 2000-2008, durante los dos mandatos presidenciales de Chen Shui-bian, del PDP, el poder estuvo siempre en sus manos.
El gobierno chino conoce las prevenciones taiwanesas. En los diálogos reservados, no a nivel gubernamental sino de "partido a partido", que los comunistas chinos mantienen con el Kuomintang desde 2005, se avanzó en materia de concesiones más que en las tratativas con Gran Bretaña que precedieron a la devolución de Hong Kong en 1998.
Beijing está listo a reconocer a la "provincia rebelde" inéditos márgenes de autonomía, que incluyen el respeto a su gobierno local, su régimen jurídico y hasta el mantenimiento de sus propias Fuerzas Armadas. Lo curioso es que en la cuestión de los sistemas económicos, que fue el origen de la larga disputa, casi no hay nada que negociar. China avanza hacia erigirse en una economía de mercado con fuerte presencia estatal. Taiwán fue siempre así.
Por su parte, el Kuomintang jamás tuvo un planteo separatista. Para los herederos de Chiang Kai-shek, la isla es parte de China. Lo que aún se niegan a reconocer es la legitimidad del gobierno de Beijing. Pero esa postura es un arcaísmo que sólo se mantiene como pieza de una negociación política que está en marcha.
Los comunistas proponen integrar al Kuomintang en el sistema político chino, a través de su reconocimiento legal como uno de los ocho partidos minoritarios que admiten la hegemonía del Partido Comunista y están representados en la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, un órgano de asesoramiento reconocido constitucionalmente.
Perseguido con paciencia oriental, el antiguo anhelo de la reunificación de la "Gran China" empieza a divisarse en el horizonte. Xi Jinping podría pasar a la historia como prota gonista de la hazaña.

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