Muchos analistas equivocaron los resultados electorales finales en los EEUU porque no conocían a Donald Trump en el historial político del país. El empresario nunca mostró lo que puede hacer en algún puesto del Estado. Los encuestados votarían así a Hillary Clinton, sobre todo por género. Trump les resultó narcisista y perverso, un símbolo del "hace falta más ley", mientras que Hillary sonaba a libertad y experiencia. Las palabras y promesas de Trump fueron una producción fenomenal de sentido a temas sin realizarse en la agenda demócrata. El país está lleno de electores desencantados con la globalización estilo Obama que, según ellos, trajo desempleo y desigualdad para conseguir el "sueño americano" (The American Dream), necesaria quimera inventada en 1931 por el historiador James Truslow Adams para poder portar el estandarte de nación superior, plena de "homus economicus" (seres racionales que logran mucho con menor esfuerzo). El presidente electo, temido y votado, con una campaña electoral extravagante y rayana en la falta de ética y previsibilidad, resucitó la esperanza del "sueño americano", ese ciclo económico con igualdad de oportunidades y libertad, para así con el esfuerzo propio conocer la satisfacción nacional. Hizo imaginar la grandeza solo con palabras, más sobreinterpretadas por escandalizados periodistas que por la ciudadanía. Trump alentó la ilusión de simetría entre el individuo y la nación descartando, si es presidente, un Estado voraz. Hizo de su subjetividad y de su "homus economicus", una lógica electoralista y criticó siempre la globalización de Obama. Dijo que la va a derribar en el espacio y tiempo, donde excluyó al tercer término porque en su agenda solo figura él como "constructor" de nación junto a la erradicación de los males (desempleo y desigualdad) de su país mal globalizado. Cada vez cuesta más sostener comunidades porque la globalización las borra para sustituirlas por centros comerciales. Esta operación que Trump practica como hombre de negocios es de alcance mundial. En ese contexto, el nuevo presidente ofrece sus servicios patrióticos e induce a pensar -para el rol mundial de EEUU- la "destrucción creativa", idea de los 40 del sociólogo alemán Werner Sombart basada en la innovación y resignificada por el economista Joseph Schumpeter. La "destrucción creativa" es el ciclo económico capitalista tardío que destruye al mismo sistema para dar lugar a otro avanzado y capitalista, como pasa con el cuerpo cuando tiene agresores que lesionan a sus órganos porque padece de una enfermedad autoinmune. Trump es esa metáfora del agresor en el sistema inmunitario político estadounidense, se propone atacar las células del propio establishment trayendo una nueva política nacional y otra visión de los negocios. El líder del semblante de la "destrucción creativa". Trump practica la concepción subjetivista de la política cuando declina la representación ciudadana y el liderazgo en los EEUU, dos aspiraciones de los estadounidenses de la globalización. Se sabe, ésta cambió la ética y la relación entre los sujetos y ¿por qué no iba a modificar el paradigma del gobierno después de dos períodos demócratas? Hillary está convencida de que es una mujer superdotada como estadista de voluntad política además, el semblante mesiánico de género no le sirvió esta vez. Los semblantes chocaron estrepitosamente, los demócratas ven en Trump al lobo del hombre, como si Hobbes, el de "El Leviatán", anunciara un nuevo amo.

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