Valía la pena atender lo que doña Florencia Velarde le contaba a un grupo de sus vecinas. Doña Florencia, una de las damas principales del barrio y alrededores, recordaba cómo era el lugar cuando ella era una nena: "Eran pocas familias. La mía fue una de las primeras en radicarse. Mis padres se casaron y se mudaron aquí. En esta casa nacimos mis hermanos y yo. En esos años la ciudad terminaba en la estación de trenes. El barrio era la frontera, digamos, entre la civilización y la selva. A su alrededor todo era monte.
Mis hermanos y sus amigos solían ir a cazar donde ahora se está construyendo el barrio de Tres Cerritos. ­Había pumas ahí!
Si ahora nuestros hijos tienen El Ateneo, nosotros teníamos un pequeño lugar para reunirnos. Era en la casa de los Croces".
La Benjamina Iriarte, una chica muy ingeniosa, tuvo una tarde la idea de organizar algo así como un sitio especial para que los vecinos donaran algunas de sus pertenencias. No las de valor material, sino aquellas cosas que les significaran momentos inolvidables de su vida.
"¿Algo así como un museo de cosas espirituales?", preguntó doña Eduviges Elizabide, que escuchaba muy interesada.
"­Claro, claro!, doña Eduviges. Una especie de museo de recuerdos queridos. Además, ¿qué es, sino eso, un museo?, convino la Velarde. La idea de Benjamina -dijo- fue aprobada por unanimidad".
"Como el caserón de los Croces era enorme, estos no tuvieron inconveniente en cedernos, continuó, una galería que ellos no usaban. Allí instalamos el "museo", como dijo doña Eduviges.
­Lástima que no duró mucho tiempo! ¿Saben por qué? Pues, porque muchos vecinos no entendieron bien lo que se buscaba.
Las primeras donaciones nos dieron esperanzas; pero después todo se fue para la miesca, perdonen la grosería. Los Vilte aportaron una silla con un cartel explicatorio: "En esta silla se acomodaba don Ruverino Vilte para fumar su cachimba después de almorzar''.
Doña Casimira Hurtado llevó un par de zapatillas: "Con estas zapatillas mi esposo, Rómulo Hurtado, caminó hasta el baño antes de caer fulminado por un síncope''.
Los Vizcarra se hicieron presentes con un corset, en buen estado, cuya explicación rezaba: "Tía Rosalinda lo usó hasta el día antes de morir atropellada por un camión volquete''.
Así finalizó todo. El museo, o lo que haya querido ser, murió sin ser llorado.
La ingeniosa Benjamina se excusó diciendo: "Yo no sabía''".

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