El barrio estaba limitado, si es correcto decirlo, por dos tagaretes descubiertos: el de la Entre Ríos, al sur, y el de la Virrey Toledo, al este. Hacia el norte, después de las tormentas, solo el laberinto arremolinado de La Talita, allá, en las vecindades de Chachapoyas , y de los Tres Cerritos, le decía basta al paso. Y al oeste, la Loma de Medeiros, pregonaba, ­hasta aquí, no más!
Los tagaretes aludidos que, en los meses de sequía, eran solo un tajo callejero, cuando llegaban las lluvias asumían protagonismo. Solíamos verlos, entonces, colmados, de orilla a orilla, con sus aguas turbulentas pasar bramando como un desafío.
Los changos más osados, tentados de aceptar el reto, merodeaban por sus orillas, pero de ahí no pasaban. Solo cuando el caudal disminuía se atrevían a navegar, en bateas, tomando muchas precauciones, que no siempre eran efectivas. Más de un susto materno provocaban esas pillerías.
Cuando iban de bote a bote, sobre todo el de Virrey Toledo, los canales eran peligrosos. ­Pero quién los hace entender a ciertos "valientes".
Y el asunto fue que tanta temeridad tuvo su precio.
En la esquina de Pueyrredón y Necochea funcionaba un almacén con venta de copa al menudeo. Allí se juntaban los sedientos del barrio. En el patio trasero se acomodaba, escapando del intenso calor del mediodía, un grupo de picheros. De puro generoso, nomás, el almacenero, don Tolosa, solía convidarlos con una jarra de vino blanco, muy frío, "para que se refresquen", se justificaba.
Para varios de esos caballeros, un vaso de vino era suficiente para puntearlos, y más todavía. Es que tienen la "magre" adentro, diagnosticaban los vecinos.
Entre esos caballeros estaba Cocoliche, que era el más representativo, si cabe decirlo, del grupo. Cocoliche era, por las trazas, un hombre joven, pero que ocultaba su edad bajo una tupida barba rubia, y una exuberante cabellera que le llegaba hasta los hombros. Tenía ojos claros y una sonrisa compradora. Por lo demás, tenía buen porte y parecía un hombre educado. Era parco y sus "colegas" lo respetaban.
Aquel día había llovido con entusiasmo y los tagaretes estaban desbordados por una correntada mayor.
-­Linda lluvia!, había comentado doña Eduviges Elizabide. Sobra para las plantas y para que se remojen esos vagos. Por fuera, porque por dentro están chumucos, y no de agua, culminó haciéndose la graciosa.
Cuando el fuerte aguacero dejó paso a los rayos siesteros del sol, Cocoliche y su grupo se encaminaron hacia el tagarete de la Virrey Toledo.
Al ver y escuchar el torrentoso pasajero que llevaba, no faltó el que metiera su cuchara: -­Ni el mejor nadador del mundo sería capaz de nadar aquí! Vos, Cocoliche que, según dicen, te le atreviste al Bermejo crecido, ¿te le animarías a este charquito?
Y la vanidad, que es motor de la imprudencia, dijo presente.
-­Bah!, dijo Cocoliche, ¿por qué no? Pero no vale la pena...
-­Vamos! ­Mirá cómo va! ­A que no llegás nadando hasta el Arenales!
-­Fijate!, respondió el desafiado y, quitándose los zapatos y la camisa, se lanzó a las furiosas aguas del canal.
La última vez que lo vieron fue nadando, luchando a brazo redoblado, mejor, con su cara y cabeza hirsutas, casi boqueando, a lo lejos.
Y ya nadie pudo verlo.
Lo encontraron dos días después río abajo, enredado en unas ramas.
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Sección Editorial

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Vicente Leo
Vicente Leo · Hace 9 meses

Del tagarete de la Virrey Toledo a las lomas de Medeiros. Del tagarete de la Entre Ríos a Chachapoyas. ¿Grande el Barrio, no ?


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