Colombia se juega una carta brava. La ciudadanía vivirá horas cruciales decidiendo si acepta o no los acuerdos trabajosamente negociados durante cuatro años con las FARC-EP (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia Ejército del Pueblo, su nombre oficial) en La Habana, con asistencia de los gobiernos cubano y noruego, de Chile y Venezuela en un segundo plano, más el acompañamiento lateral norteamericano y la bendición de la Santa Sede.
Juan Manuel Santos habrá sido una contingencia histórica, pero con el mérito innegable de una correcta lectura de los tiempos para obrar en consecuencia. Había sido ministro de defensa (2006-2009) del duro gobierno uribista, que más daño militar causó a esa guerrilla. En la patriada tuvo en cuenta los procesos similares de Irlanda del Norte y Sudáfrica. Más de 200.000 muertes y centenares de miles de desplazados convencieron al presidente de convocar a la consulta para sumar legitimidad, pese a que no tenía ninguna obligación legal de hacerlo.
La insurgencia colombiana venía protagonizando la lucha revolucionaria más añeja del mundo, desde que cuarenta y ocho insurgentes enfrentaran al ejército regular en Marquetalia, a fines de mayo de 1964, dando inicio a cincuenta y dos años de violencia creciente. Sobrevivió a la caída del Muro y a la implosión de la Unión Soviética, pero no a sus irreversibles consecuencias mediatas.
No obstante las adecuaciones doctrinarias adoptadas por las FARC con el correr de los años, su lucha es un resabio de la Guerra Fría. El académico colombiano Luis Fernando Trejos Rosero destaca dos épocas: la orgánica -1966/1981- en que operó como brazo armado del Partido Comunista Colombiano, y la autonómica -1982/1993- cuando el grupo rompió con el PCC, derivando paulatinamente en la propuesta socialista bolivariana del siglo XXI.
Las FARC elaboraron en ese derrotero una estrategia de consolidación territorial conforme a un plan preestablecido, para sostener la acción militar y ejercer las competencias político-administrativas y económicas propias de una comunidad beligerante (cuyo status Hugo Chávez promoviera en 2008), sustrayéndole al gobierno legal casi un tercio del territorio nacional. A decir verdad, el estado formal estaba prácticamente ausente en aquellas remotas zonas de ocupación.
El régimen castrista, promotor referencial de experiencias revolucionarias en nuestro continente, es una rémora de aquella etapa bipolar de la política mundial. Su asfixia económica, acelerada cuando Rusia le retiró su asignación anual, promovió el deshielo cubano-norteamericano en curso de ejecución. Semejante novedad, no consultada a los dilectos socios continentales, dejó sin sustento político a sus herederos ideológicos colombianos y venezolanos. El repliegue populista en Brasil y Argentina y la debacle venezolana sumaron síntomas de un ocaso inexorable. ¿Cómo sostener, entonces, una guerra revolucionaria que podría durar cien años de soledad mas nunca ganarse?
Hay otros datos puntuales para computar como promotores de la bandera blanca: el involucramiento de la guerrilla con el narcotráfico so pretexto de financiar armamentos y logística (lo que la inhibió éticamente), luego de la muerte de Pablo Escobar (1993) y la desarticulación del cartel de Cali de los Rodríguez Orejuela (1995); los atentados selectivos; los secuestros extorsivos, cuyo agotamiento habilitó los rescates -en julio de 2008- de Clara Rojas e Ingrid Betancourt (secuestradas en 2002); el desplazamiento forzado de miles de campesinos; los acuerdos con los paramilitares de la tenebrosa Autodefensas Unidas de Colombia (enemiga íntima de las FARC) y otras similares finalmente devenidas en bandas criminales, en 2004/2005 bajo Uribe; el deceso del legendario Manuel Marulanda Tirofijo y el abatimiento de Raúl Reyes, ocurridos en marzo 2008, acelerando el recambio de la cúpula histórica de las FARC y una desgastante lucha interna por el poder.
Todos los mandatarios colombianos mantuvieron siempre en sus agendas -con mayor o menor énfasis- la aspiración de solucionar el conflicto, muchas veces frustrado por la obnubilación ideológica o apetencias personales. Belisario Betancur primero, los Diálogos del Caguán promovidos en 1997 por Andrés Pastrana (con FARC y ELN por separado) y el propio Álvaro Uribe (hoy enemigo declarado de Santos), hicieron esfuerzos pero sus iniciativas fracasaban por la mutua desconfianza y el contexto político de la posguerra fría.
Podrá consentirse o no el farragoso acuerdo de seis artículos con decenas de incisos, dieciocho protocolos, un anexo y un Acuerdo Especial que propone una Ley de Amnistía, Indulto y Tratamientos Penales Especiales, cuya aplicación estará a cargo de la controvertida Justicia Especial de Paz.
La mayoría de los colombianos quiere la paz por diferentes motivos. En este aspecto hay dos grandes grupos, de los cuales se derivan distintas variantes: por un lado, las víctimas y los resentidos de ambos bandos, los cuales han padecido de cerca el conflicto; y por otro los que condicionarán su decisión a cálculos políticos de corto y mediano plazos.
El voto afirmativo parece más asegurado en las regiones alejadas del conflicto, que son de mayor concentración poblacional. Con todo, si llegara a ganar el no, las partes estarán constreñidas a seguir negociando puntos oscuros o manifiestamente inaceptables. Es difícil volver a la selva habiendo ya salido de ella. Rodrigo Londoño (a) Timochenko bien lo sabe.
Si pasa la instancia del referéndum favorablemente, tarde o temprano entrará en negociaciones el aún activo Ejército de Liberación Nacional (surgido también en 1964, con el cura Camilo Torres como referente). Entonces quedará atrás un largo período de violencia política y desigualdades estructurales, para encontrar su rumbo y destino de grandeza. Tendrá dimensiones epopéyicas implementar lo acordado para reparar daños físicos y morales, reconciliar una sociedad dividida, habilitar canales de participación política (y que no se repita la dramática experiencia de la Alianza Democrática M 19 en los 90, cuya dirigencia fue masacrada), registrar y destruir armas.
El país no quedará solo en la nueva etapa, pues estará asistido por la ONU y por Fato Bensouda, fiscal de la Corte Penal Internacional para vigilar el juzgamiento de crímenes de guerra, de lesa humanidad y los "falsos positivos" del ejército regular.
Colombia es un maravilloso país bioceánico, con costas en el Caribe y el Pacífico, muy rico en recursos naturales. En estos años su población -mayoritariamente mestizada- llegará a los 50 millones de habitantes, distribuidos en una extensión de 1.141.748 km2. Linda con Panamá, Venezuela, Brasil, Perú y Ecuador y la Cordillera de los Andes le divide el territorio de norte a sur con tres grandes cordones. Estos datos destacan su importancia geopolítica en el concierto latinoamericano.
Es un muy buen augurio y signo de los nuevos tiempos del mundo multipolar que se está construyendo.
N.de la R. El autor escribió varias notas sobre el proceso colombiano para la revista Claves. Los interesados pueden acceder a ellas visitando el blog www.ge barba ran.blogspot.com.ar; la última de noviembre 2015- cuando parecía evidente que no habría marcha atrás y todo dependía de la habilidad de los negociadores y sus respectivos grupos de apoyo, de alto nivel técnico-político.


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