En una de las entrevistas realizadas al "Cuchi" Leguizamón, talentoso músico salteño, aquel que siempre la dejaba picando para que otro haga el gol; además de ser un disparador de frases pícaras e ingeniosas era un hombre honesto.
Una vez hablando sobre el cambio y al preguntarle su opinión dijo: "Ojo nadie cambia para mal, en todo caso hay alguien que desacredita el cambio". Categórico y contundente.
Hoy, frente al cambio de ideas, de manera rápida y sin vergenza, ya nada sorprende. Al contrario es tan común hacerlo que nadie se pone colorado. Cuando uno elige un legislador nacional lo hace para que defienda los intereses de la gente y, con idéntico énfasis también de la provincia, frente al avasallamiento permanente de un gobierno que se dice federalista y termina siendo centralista. Resulta que ahora nos enteramos que algunos legisladores no están de acuerdo con determinado proyecto en debate en el Congreso, es más comparten la opinión del gobernador (lo contrario), pero por una cuestión de disciplina partidaria votan lo que dice la mayoría del bloque. Así nos va. La coparticipación no se modifica desde hace tantos años a pesar de las promesas.
Desde el reinicio de la democracia hubo alrededor de 20 modificaciones al régimen, entre pactos federales y leyes nacionales. La falta de una ley acorde con las exigencias de la Constitución Nacional determinó que el sistema sea inestable y sujeto a permanentes negociaciones. Este caso es solo un ejemplo, porque ante legisladores subordinados, la Nación siempre se lleva la mejor parte.
Si los votos no alcanzan, la política ofrece otras formas de prosperar. Aunque para ello hay que renunciar a ciertas nimiedades como la ética, la lealtad y las propias convicciones.
Y como decía otro gran pensador popular: Groucho Marx "estos son mis principios, si no les gustan tengo otros".

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