Todos somos diferentes y, en consecuencia, desiguales. Sin ir más lejos, yo tengo más fuerza que un niño de 5 años y menos que un levantador de pesas.
Así como las comparaciones son inevitables, también lo son las diferencias no sólo entre las personas, sino entre todos los seres vivos que habitamos este planeta.
Pero hay diferencias que provienen de la constitución biológica propia de la especie y otras, de la dotación genética que heredamos de nuestros padres.
Hay diferencias inevitables, heredadas, y que conforman la base de una desigualdad natural y pocas veces cuestionada.
La sociedad se adaptó hace siglos a esas diferencias (aunque no a todas) y aprendió a convivir con ellas.
Entonces, ¿por qué sostienen algunos (entre los que me encuentro) que la desigualdad es mala y que es mejor convivir sin ella que con ella? Porque pensamos en otra desigualdad que no proviene de nuestra estructura genética, ni de una característica natural y biológica, sino de la estructura social. Una de esas desigualdades (son muchas) es la económica, la que se puede medir en dinero.
No es difícil encontrar conjuntos sociales en que pocas personas perciben ingresos muy elevados y que muchos, la gran mayoría, ingresos más bajos (o mucho más bajos) que los primeros.
Claro está que esa desigualdad no es necesariamente mala si está basada en el esfuerzo o en el talento personal. Resulta lógico entonces que quien más trabaja y se esfuerza gane más que aquél que no lo hace; y que quien tenga un talento y sepa explotarlo gane más que otra u otro que no lo tenga o que, teniéndolo, no lo explote.
Hasta aquí todo lo dicho alude a la desigualdad "tolerable". ¿Cuál es la desigualdad mala entonces? Ciertamente, la que excede ciertos umbrales de magnitud y pone en riesgo el crecimiento económico y la cohesión social.
Lo que preocupa hoy al mundo es la magnitud de la desigualdad, más que la desigualdad en sí misma. Una desigualdad positiva pero baja es más bien buena para el crecimiento económico general y personal.
Yo me voy a esforzar si veo que en la sociedad en la que vivo se premia el esfuerzo, si no ¿para qué hacerlo?
Lo que indigna ocurre cuando las brechas se amplían de tal manera que resulta difícil explicarlas por el esfuerzo y/o el talento de cada uno.

Lo que no se quiere ver

Hoy se sabe que la desigualdad mundial no se ha reducido en los últimos 40 años y que en algunos lugares ha aumentado.
Tal es el caso de EEUU, donde los ingresos más altos de la escala se han disparado a partir de 1970 y se han alejado de la media, poniendo en peligro la existencia de la memorable clase media americana (la del american dream) de los 60, sustentada en el esfuerzo y en el trabajo productivo.
Otro caso de aumento ostensible es el registrado en Europa del Este, que dio un salto pronunciado de los niveles de desigualdad después de la década de 1980 y más precisamente luego de la caída del Muro de Berlín.
Se sabe también que la desigualdad de ingresos frena los logros en la lucha contra la pobreza.
Las economías más desiguales necesitan más crecimiento que las más igualitarias para alcanzar idénticas metas de reducción de la pobreza. Este mayor crecimiento implica esfuerzo mayor de la población en términos de ahorro y aplazamiento del consumo.
El estrecho vínculo entre la desigualdad económica y descontento social está ampliamente documentado. Por un lado, el aumento de la desigualdad económica viene de la mano con una mayor incidencia de delitos en la sociedad.
Por otro, las sociedades más desiguales tienen un nivel de insatisfacción más elevado que aquellas más igualitarias. Ante preguntas realizadas en encuestas específicas que miden bienestar o felicidad de la población, la gente contesta sistemáticamente que prefiere menos desigualdad a más. Todo lo anterior conduce a un solo punto: reducir la desigualdad imperante puede ser un gran negocio para los gobiernos. La gente valora los esfuerzos hechos en este sentido, y no por una idea abstracta, sino por hechos claros y contundentes: les gusta la seguridad, detestan la pobreza y se sienten socialmente más integradas cuando interactúan con personas más cercanas a él o ella en términos económicos.
Pero la pregunta del millón consiste en cómo hacerlo. Los mecanismos con que cuentan los estados son muchos y muy diversos: la política fiscal (a través del gasto público y de los impuestos) y la provisión de servicios públicos de manera directa, son algunos de los más usados. Un tema central aquí, es qué desigualdad combatir: ¿la que arrastramos de antaño, la actual o la futura? Robin Hood actuaba redistribuyendo de manera directa en el plazo inmediato la desigualdad del momento.
Es una alternativa. Los programas de transferencias condicionadas (al estilo Asignación Universal por Hijo en la Argentina) también pretenden redistribuir ingresos, pero en el largo plazo moviendo las oportunidades de la población.
Es otra alternativa. ¿Qué atacar, resultados u oportunidades?

Cifras que asombran

Algunos ejemplos de las desigualdades actuales permiten formar una idea aproximada de la magnitud del problema que enfrenta la sociedad en este tema. Comencemos por las diferencias entre individuos que en la Argentina actual perciben algún ingreso sea de la fuente que sea (de su trabajo, de alquileres, negocios, etc.).
En nuestro país el 1% más rico de la población recibe un ingreso casi 60 veces más elevado que el 1% más pobre. Esta relación es siempre más alta entre los hombres, comparados con las mujeres.
Por otro lado están las disparidades regionales. En la región Patagónica la diferencia entre los más ricos y los más pobres asciende a 80 veces y un individuo rico en Ushuaia, por ejemplo, gana 4 veces más que un individuo rico en Resistencia.
Estas brechas hoy son un tanto menores que las registradas hace 10 años.
Más precisamente, en 2005 la disparidad entre los más ricos y los más pobres era de 88 veces, frente a las 60 veces de hoy día.
Otro ejemplo de desigualdades se observa con superestrellas como Messi.
Este jugador gana por día el equivalente a 52.000 líneas de pobreza. En este cómputo se incluye sólo el salario en el Barcelona, es decir, no se cuenta el dinero que le ingresa por publicidad ni otras fuentes secundarias.
Así, un salario del futbolista argentino Lionel Messi, alcanzaría para alimentar a 52 mil personas por día y se estima que en el mundo hay alrededor de 1.000 millones de personas que perciben ingresos inferiores a 1,9 dólares por día.
En América Latina en general, y en la Argentina en particular, la desigualdad se ha reducido durante la primera década del siglo.
No obstante no contamos con información pertinente para realizar una medición completa de la desigualdad económica.
Disponemos de datos de encuestas, pero no de las oficinas de impuesto de los países, lugares en los que se registran los ingresos más altos entre los altos; los ingresos y ganancias de los gigantes económicos, los que al menos por ahora siguen siendo puros molinos de viento.

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Sección Editorial

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Erik Larsen
Erik Larsen · Hace 6 meses

Estimado profesor, no ha mencionado Ud la causa principal por la cual algunas personas tienen ganancias siderales: la inversión. Ud sólo se acuerda del talento y el esfuerzo, pero en realidad es la inversión la que hace la diferencia. Si Bill Gates se hubiera patinado en joda o lujos sus primeras ganancias, en lugar de invertirlas, hoy sería solamente un buen empleado que con mucho talento y mucho esfuerzo ganaría alrededor de la media. Pero el caso es que decidió invertir, y reinvertir, y seguir invirtiendo. La riqueza bien invertida crece en progresión geométrica, esto Ud lo sabe bien. Y es la inversión la que genera ganancias, no solo para su dueño, sino para toda la sociedad, creando empleo y mejorando la calidad y el precio de los productos. Es francamente lamentable que tantos economistas y tanta gente en general ponga el foco en la desigualdad, cuando lo que en realidad importa es la JUSTICIA. Un empresario multimillonario que hizo su fortuna trabajando, invirtiendo y produciendo es un ejemplo para todos los demás, nada hay de malo en su desigualdad, porque su desigualdad es JUSTA, es decir, merecida y otorgada voluntariamente por sus clientes. El caso contrario es el de una persona enriquecida por favores de la política, sea que se disfrace de funcionario, de empleado, de empresario o de mendigo. Cualquier riqueza, por pequeña que sea, lograda mediante el robo al pueblo, es tremendamente injusta, dañina y maligna, en primera instancia porque se trata de dinero robado a gente que ha trabajado para producirlo, en segunda instancia, porque se baja un mensaje a la población: la manera de lograr riqueza es robando y no produciendo. La solución está lejos de pasar por la política fiscal, como ud menciona. La política fiscal lo único que hace es robar al que trabaja, invierte y produce, para darle al que no trabaja, no invierte, y no produce. El estado ES el problema. Nunca es la solución. La decadencia de nuestro país y del mundo comienza en el instante en que unos vivos declararon honorable el robo a unos, para darles a otros. Hacer caridad con el dinero ajeno es el gran mal de los últimos 100 años. Asimismo, la prestación de servicios en manos del estado a los únicos que ha beneficiado es a los arrimados al poder, sea que hagan de usuarios o de proveedores o de empleados públicos. En contadísimos casos el gobierno ha invertido bien, por esta cuestión tan básica de que una cosa es gastar el dinero propio, y otra gastar el dinero ajeno. Le mando un saludo y una invitación a sumarse a las filas de los austríacos.


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