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La absolución de Carlos Carrascosa determina la impunidad en el asesinato de María Marta García Belsunce. Sin embargo, la declaración de inocencia por parte de la Cámara de Casación bonaerense deja una sensación profunda de indefensión de la ciudadanía. El beneficio de la duda sería una apreciación discutible, pero legítima y válida. Otorgar la inocencia sin dudas para este caso parece irresponsable.
Nadie puede confundir cinco balazos con un resbalón en la bañadera. Nadie que sospeche que su mujer fue asesinada puede apurar su sepelio, impedir la autopsia, frenar la intervención judicial y fraguar un certificado de defunción, salvo que tenga algo que ocultar. Ninguna familia cierra filas para dar un voto de confianza en el principal sospechoso del homicidio de uno de sus miembros ni encuentra con rapidez asombrosa a un vecino a quien acusar por conjeturas insustanciales. Un acusado que, hasta entonces, no les merecía sospechas.
A todos nos resulta atractivo jugar al detective, pero en este caso no vale el argumento judicial de que "hay que ver el expediente". A ese expediente lo vieron muchos magistrados y fiscales, pasaron por el juicio peritos y testigos, y el último fallo asegura que todo lo que hicieron los otros "fue un desastre".
El sentido común, muchas veces, es más importante que el saber jurídico. Si los jueces hubieran otorgado el beneficio de la duda sería una decisión discutible. La declaración de inocencia obliga a los jueces a brindar una explicación minuciosa, porque la Justicia es una institución creada para los ciudadanos sin distinción y no solo para una elite de abogados y jueces.
Carrascosa asegura que su mayor interés es esclarecer el asesinato. Hasta ahora, queda la sensación de que toda la familia guarda un secreto bajo siete llaves. O en una cloaca, como al "pituto".

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