Coincidentemente con la cumbre empresaria más importante del año -el Coloquio de Idea-, la sensación de optimismo que muestran públicamente los funcionarios, y que en Mar del Plata fue acompañada por buena parte de los hombres de empresa que allí asistieron, no se condice con las afirmaciones de "agotamiento" económico, o la imposibilidad de hacer frente al bono de fin de año que piden los dirigentes sindicales. Mucho menos con las noticias cotidianas sobre despidos, suspensiones, vacaciones adelantadas, etc. que alcanzan, incluso, a varias de las industrias a las que pertenecían los allí presentes.
Fuera de las "grandes", mucho más conocida es la situación de las pymes cuyos cierres se comprueban cotidianamente con la desaparición de locales comerciales, o restaurants, entre otros.
¿Hay doble discurso?
Seguramente, el temor reverencial a que el pasado más reciente pueda volver impulsa "silencios" forzados.
Las diferencias se comienzan a sentir internamente entre los propios miembros del Ejecutivo y la tensión ya no se va a poder ocultar cuando no quede más remedio que enfrentar el dilema entre resignar impuestos o seguir sacrificando inversiones productivas.
El punto es simple: la presión impositiva del 45% y en el sector agroindustrial es superior aún; así, es impensable que puedan venir capitales productivos desde el exterior y corre riesgo de que siga el drenaje de los propios capitales internos, algo que caracterizó al menos al último quinquenio, y que tampoco se detuvo desde que asumió la nueva administración. Para bajar los impuestos es imprescindible bajar drásticamente el gasto público y esa tarea se está atrasando, al punto que hasta la promesa oficial de recortar 5 puntos anuales las retenciones de la soja, ya tuvo que ser incumplida. Peor aún, el gasto se amplió dramáticamente por mala asignación e ineficiencia en la aplicación de los recursos, algo impensable si efectivamente el actual gobierno fuera de "CEOs", como dicen peyorativamente algunos. Si hay algo que conoce el sector privado es la asignación efectiva de los recursos ya que caso contrario se funde. Todo esto es lo que justifica que, hasta ahora, los pocos capitales que ingresaron desde el exterior, más allá de las propias exportaciones, fueran solo comerciales o financieros. A esta altura ya no quedan demasiadas dudas que la posición que primó en el seno del equipo del Ejecutivo, al menos erró fuertemente en el "timing" en el que se produciría la reactivación económica, ingresarían fuertes capitales externos, y se "domaría" definitivamente la inflación. Todo está resultando más lento que lo que esperaban/deseaban. Todo se fue postergando. Y, como "la sábana es corta", y la decisión oficial se centra en el objetivo político de ganar las elecciones del año próximo, entonces queda claro que las necesidades de la producción quedarán nuevamente postergadas para el 2018.
La intriga real es si la apuesta a la reactivación económica apoyada básicamente en la obra pública alcanzará para compensar en los próximos meses la no reactivación del resto de los sectores, y todo sin bajar el altísimo nivel del gasto.
Por eso, ante cierto voluntarismo malhumorado, que no acepta escuchar objeciones y alertas, es necesario anteponer la racionalidad que no alimente expectativas que luego no se van a cumplir por factores internos, y limitantes externas que acotan las posibilidades argentinas.
Es que con Brasil, el principal cliente, recién comenzando a reaccionar, y el comercio mundial sin mayores expectativas de retomar el crecimiento vigoroso que llegó a tener años atrás, está claro que por el frente externo las únicas posibilidades vienen de la mano de los productos más competitivos que tiene por ahora el país, o sea, la agroindustria.

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