Al mediodía en la esquina de la 10 de Octubre y San Martín al 1500, bajo un gazebo azul y en torno de un fuego, varios obreros almuerzan empanadas siguiendo con la vista el hábil repulgue que obran unas manos delgadas. Andrés Díaz (30) es un joven de conversación interesante y ojos de sabio. A su lado, carga cada tapa la "abuela", Ubenza Martínez (90), y saca del fuego la comida su yerno, Roberto Tognini (57). Dicen que son una familia del "corazón" y el intento por entender los parentescos se me convierte en una arruga en la frente debido a la incomprensión.
"Ella me conoce desde los 12 años. Yo iba a la técnica 3. Entraba a las 7.30 y salía a las 12, y por la tarde iba al taller de computación de 14 a 19, y ahí lo conocí a mi mejor amigo, que es el nieto de ella (por Ubenza). Estudiábamos juntos. Él me dijo una vez: "¿No querés ir a comer a mi casa?''. Y desde entonces me pasaba todo el tiempo en la casa de ellos. Salíamos de estudiar, íbamos a los videojuegos e iba a la casa de ella y dormía ahí y los ayudaba los sábados. Ellos me vieron crecer", relata Andrés.
Las vocaciones a veces fructifican sustanciadas por la densa hojarasca de otros oficios que nos van allanando dignamente el camino. Lo mío es hoy una transición de empanadero a licenciado, la historia de Andrés, el mayor de 9 hermanos que a los 26 decidió inscribirse en la licenciatura en Energía Renovable en la UNSa y que ahora debe rendir su tesis para alcanzar el objetivo final. Andrés es de esos jóvenes que al finalizar el secundario optó por trabajar para ayudar en el hogar, pero que en algún punto una curva lo recolocó justo al umbral de un destino brillante.
"La abuela me enseñó a hacer empanadas, pero no me salen igual. Ella tiene sus secretos y, además de los ingredientes, están la mano y la energía que le pone la abuelita...", aventura Andrés. "A la comida hay que entenderla", sonríe, dulcísima, Ubenza.
El trío todos los días vende empanadas de carne, queso y mondongo, de 11 a 15.
Mientras atiende a los clientes y cobra, Andrés cuenta que trabajó de varias cosas, hasta que en 2005 formó parte de una cooperativa de trabajo, Evita-B, que se dedicaba a la obra pública. En 2011 ingresó en la licenciatura en Energías Renovables, del Departamento de Física en la Universidad Nacional de Salta.

Tocando vidas

"Nosotros en el taller de la UNSa fabricamos cocinas a leña de alto rendimiento, es decir, que se necesita un cuarto de leña del que generalmente se emplea y ahí también fritamos las empanadas", relata Andrés con un guiño hacia los obreros, la periodista y los clientes que ahora escuchan atentos. En la voz de Andrés continúan apareciendo esos proyectos que se caracterizan por concatenar valores como la solidaridad, la reciprocidad, la confianza mutua y el sentimiento de pertenencia.
"A mí me gusta lo que estudio. Me interesa el acondicionamiento bioclimático, desarrollar viviendas o edificios con tecnologías biorrenovables. Por ejemplo, diseñar muros que son acumuladores de calor, y con eso ya te evitás en invierno de poner un calefactor. En síntesis, es el estudio del uso racional de la energía para la vivienda. También vemos la generación de electricidad con energías renovables", desgrana. Añade que con un equipo de alumnos y profesores de la UNSa aplicaron sus conocimientosy beneficiaron a las poblaciones de Cachi e Isonza. En un taller completamente equipado también construyen cocinas con capacidad para ollas de cincuenta litros y que las donan a comedores.
Le preguntamos qué se siente aquello de restablecer dignidad. "Es muy lindo porque también llevamos estas cosas a Aguas Blancas, porque los aborígenes tuvieron que salir a trabajar de albañiles porque ellos trabajaban de la fruta, hacían unas naranjitas chicas y ricas, pero perdían ventas con las tratadas con químicos que son enormes. Entonces un profesor metió un proyecto y les compramos cocinas solares, fabricamos cocinas a leña y hornos también, se los entregaron a ellos y se coparon. También les pusimos una bomba solar de agua", comenta, tan orgulloso de este trabajo en equipo que contagia buena energía.

Desconocimiento

Mañana Andrés rendirá su última materia. Expondrá ante el tribunal de cátedra un proyecto de una vivienda social del tipo que fabrica el Instituto Provincial de la Vivienda, pero dotada con paneles solares. "La idea sería que ellos se la vendan a Edesa por medio de la ley de balance neto, con eso vos vas a invertir 100 mil pesos, pero en 10 años lo recuperás, porque te olvidás de pagar la luz por lo menos 25 años, que eso es lo que dura. Ahí recién baja el rendimiento", detalla.
Al escucharlo, aunque de nuestros apuntes se escapan las precisiones cabe preguntarse por qué estas tecnologías están veladas para la gente.
"Esta tecnología está desarrollada hace casi 30 años. Los intereses económicos impiden que esto se conozca y hay que concientizar a la gente para que lo sepa", señala.
Agrega que también está trabajando en su tesis, en la que desarrolla un ventilador de agua, y que planea presentarla en febrero próximo.
Ubenza lo escucha y en su mirada se adivina que lo empequeñece, que lo ve niño de nuevo y sonríe, consciente de que ese nieto postizo va a llevar el primer título universitario a esa familia de nueve hijos y madre esforzada.
De sacrificio ella sabe mucho. No lo dice, pero huelga que lo haga. "Este trabajo es bien esclavo y cansador. Imaginate hacer recado todos los días, el día que no he venido dicen por qué no he venido los clientes", comenta la "abuela". "Este trabajo a mí me vino de diez, abuela, para terminar la carrera porque hacía materias a la mañana y a la tarde, y acá a veces venía. Gracias a este trabajo me puedo recibir", destaca él para aplacarla. Al contrario de otros estudiantes, Andrés recién el año pasado pidió una beca. "Prefería ganármelo solo", define. "Prefería dejarles el lugar de la beca para otros chicos, pero con la beca me pude comprar los lentes", cierra.
Todos volvemos al aquí y al ahora, pero de pronto Ubenza y Andrés han adquirido otra estatura para los obreros, los clientes y para esta cronista.

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