En las últimas semanas, el déficit de la calidad educativa en las escuelas argentinas volvió a ser motivo de debate a partir del proyecto nacional para establecer un régimen de evaluación del rendimiento de los alumnos, y del desempeño de cada establecimiento y de los maestros y profesores.
Los gremios docentes de todo el país manifestaron su oposición a la iniciativa, una reacción que contradice un principio elemental: sin evaluación no hay educación de calidad posible. Los argumentos que esgrimieron son estrictamente sectoriales, no tienen fundamentación pedagógica y no necesariamente reflejan el pensamiento de la mayoría de los educadores.
Evaluar a todo el sistema educativo es una necesidad perentoria para un país donde el nivel de conocimientos de sus jóvenes viene perdiendo terreno.
La educación pública es el instrumento indispensable para garantizar la plena inclusión de todos los ciudadanos a la actividad productiva, brindar expectativas de futuro a los jóvenes y cimentar la calidad de vida de las generaciones futuras.
Para lograrlo es necesario evaluar resultados y revisar procedimientos en cada uno de sus pasos.
Los alumnos argentinos tienen hoy 720 horas anuales de clase, muy por debajo del mínimo estimado por Unesco, de 830 a 1.000 horas. Esa carencia se debe a la gran cantidad de días sin actividad por feriados, paros y jornadas de capacitación dentro del horario escolar, lo que se añade a la demora para instrumentar la jornada extendida.
En muchos casos, como solución de emergencia, los gobiernos prescinden de la evaluación y decretan la promoción automática de los alumnos que no alcanzaron los objetivos, quienes pasan al curso siguiente con un déficit de conocimientos.
Aunque la evaluación genere resistencia gremial, los padres la ponen en práctica de hecho. Los que pueden inscriben a sus hijos en escuelas privadas, porque creen que son mejores y porque, efectivamente, tienen más días de clases. Entre 2003 y 2014, la matrícula escolar privada creció 28,73 % contra 1,62 % en las escuelas del Estado.
La educación, de gestión pública o privada, debe ofrecer la misma calidad. Hoy, las evaluaciones de Unesco revelan una grieta entre los egresados de escuelas privadas, con mayor nivel de rendimiento que sus pares de las públicas.
La Ley Nacional de Educación, sancionada en 2006, contempla un severo régimen de evaluación individual y colectiva del nivel educativo y del trabajo de los docentes. Además, pone el acento en la formación de los educadores. Por ahora, parece letra muerta. Los países con mejores rendimientos escolares del mundo valoran la educación como un capital colectivo prioritario.
En Corea del Sur y en Finlandia, la profesión docente está reservada a quienes egresan con mayores calificaciones en la educación media y se accede a ella luego de cuatro o cinco años de carrera universitaria. Son respetados, perciben salarios equivalentes a los de un magistrado o funcionario, concentran su actividad en un solo establecimiento y son evaluados periódicamente.
El caso coreano es significativo, porque en sesenta años pasó de un 99% de población rural con altos índices de analfabetismo, a liderar las pruebas internacionales de calidad educativa y a convertirse en un exportador de tecnología. Fue el resultado de una decisión de Estado, acompañada por una sociedad para la cual merecen idéntico respeto "el rey, el maestro y el padre".
No podemos taparnos los ojos. Solo el 12% de los jóvenes argentinos alcanza la graduación superior, contra el 50% de Corea, Finlandia, Polonia o Australia. Argentina tiene solo 28 graduados cada 10.000 habitantes, contra 48 de Chile. En los últimos 10 años, nuestro país aumentó un 53% el número de sus graduados, mientras que en Brasil creció 86%.
En los países desarrollados, especialmente en la Comunidad Europea, para ingresar a la universidad se deben aprobar dos exámenes: uno, como conclusión del ciclo medio, y otro, para acceder al claustro.
La enseñanza de bajo nivel en escuela primaria y la media cercena a muchos jóvenes el derecho de acceder al trabajo y a una carrera universitaria exitosa.

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