"The forgotten man will never be forgotten again. We will all come together as never before". ("El hombre olvidado nunca será olvidado nuevamente. Estaremos todos juntos como nunca antes"). Esta fue una de las primeras declaraciones públicas de Donald Trump después de su victoria. Tal vez sirva para relajar los nervios de aquellos argentinos que han hecho harapos sus vestiduras de tanto rasgarlas ante la irreversibilidad de los hechos. Es interesante reflexionar en paralelo sobre nosotros y ellos. Y sacar conclusiones. Tal vez obtengamos algunas respuestas que nos aclaren por qué cada uno está donde está en el concierto de las naciones.
El pueblo norteamericano volvió a darle una lección de salud cívica al mundo. Y de coraje. Entre la incógnita de contenido revolucionario y la certeza de una candidata que representaba un continuismo, optaron por la oportunidad. Cambiaron. Porque el norteamericano sale de los problemas para adelante. Lo mismo hizo tras la crisis financiera del 2009. Apostó por un miembro del Partido Demócrata, de izquierda y negro. Pero las características del candidato las vemos nosotros. Ellos ven la posibilidad. Para la Argentina, Hillary Clinton era una mujer en la presidencia de los Estados Unidos. Para los norteamericanos, una celosa representante de los intereses de la corporación política.
Los argentinos, que toleramos doce años de kirchnerismo y al peronismo por más de setenta, tenemos el tupé de interpelar a los ciudadanos del país más importante de la Tierra y dudar de la estabilidad psicológica de su presidente electo; una desubicación compartida con las máximas autoridades nacionales, que no se privaron de hacer pública su preferencia por Clinton. Torpeza de jardín de infantes. A veces parecería que Mauricio Macri sigue confundiendo la presidencia de la nación con la de Boca.
Cuando Diego Brancatelli comparó el proceso Trump con Macri, se equivocó de analogía: Macri es el Barack Obama de nuestro país y nos serviría mucho que reparara en las semejanzas y en los resultados. Tanto se parecen que el PRO hasta adoptó su eslogan de campaña: "Yes, we can" ("Sí, nosotros podemos"). Porque Obama también prometió grandes cambios. Y así como lo apoyaron con decisión y alegría, cuando defraudó, no les tembló el pulso en rechazar a su candidata. El temor es que los argentinos no salimos para adelante.
El voto a Trump se constituyó sobre esa masa silenciosa de votantes nunca encuestados, en la que hispanos y mujeres lo prefirieron. Ahí es donde la corporación política demostró su distancia con la realidad y su caprichoso apego a la burbuja.
El voto a Donald Trump era absolutamente previsible. El hartazgo del ciudadano medio es genuino. Los sucesivos volantazos demócratas fueron sacando al país de su singularidad: constituir ese reducto universal, la tierra de oportunidades, el sueño del lugar donde alcanzar los sueños. Se empezó a esfumar aquello del progreso asegurado tras el esfuerzo y el populismo que pontifica sobre la igualdad legalizó desigualdades e injusticias. Pretendieron cambiarles el libreto pero hace siglos que en Estados Unidos se vive la responsabilidad individual. Y, como si esto fuera poco, la clase política, desaforada, se encolumnó tras Clinton, la candidata del más rancio establishment, que responde sin disimulo a intereses de casta. La respuesta popular no se hizo esperar con el histórico y aplastante número de 306 electores para Trump y el control de ambas Cámaras por parte del Partido Republicano.
La democracia norteamericana se fortaleció y con ella, la esperanza de cada familia de ese país.

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