El nombre es elocuente y refleja el incansable y destacable trabajo de una de las instituciones más queridas de la ciudad. Esta panadería social contiene actualmente a 24 jóvenes con capacidades diferentes, que día a día aprenden y trabajan para generar su propio dinero, pero más aún para que la sociedad los integre.
El proyecto nació en 2014, pero sin embargo el gran despegue le llegó en los últimos siete meses cuando el profesor Alberto Ameri, actualmente encargado de dirigir la actividad y el oficio, arribó a la Ciudad Termal para disfrutar de sus vacaciones.
"Ya tenía diseñado todo lo quería hacer, pero un día llegó un amigo y me habló de un proyecto de panadería donde trabajaban jóvenes con capacidades diferentes. Le respondí que me encantaba la idea y al segundo me reveló que buscaba proponerme algo que me significaría un fuerte cambio en mi vida: trabajar allí", contó el profesor bonaerense, que siempre se desempeñó en el rubro. No obstante, remarcó que "el problema estaba en que nunca había trabajado con chicos con capacidades diferentes, por lo tanto no sabía si ellos se iban a adaptar a mí y yo a ellos. A pesar de eso decidí probar una semana. Entonces descubrí una conexión especial, mágica y fue algo mutuo que perdura y nos sostiene en un lazo de profundo cariño", recalcó.
A partir de allí se reunió con el intendente, Gustavo Solís, para desarrollar un plan de trabajo. "Evaluamos que hay escuelas que no reciben copa de leche, entonces la forma más directa de ayudarlas era haciéndoles tortillas. Así se estaba alimentando a los chicos y cumpliendo con la función social", describió.

La panadería

Está conformada, además de 24 chicos, por un encargado y tres coordinadores, entre ellos, Nancy García, una de las primeras con la que comenzó este proyecto. Luego se sumaron Victoria Molina, Carlos Gattari y finalmente Ameri. Los jóvenes junto a los coordinadores producen tortillas, facturas, tortas, tartas, pizzetas y todo lo que se necesite. Limpian las maquinas, los mesones, los pisos y salen a vender por toda la ciudad sus productos.

Taller Protegido

"Corazón Caliente" es un taller protegido con posibilidades de que se convierta en cooperativa. Su objetivo es dar trabajo a personas con discapacidades físicas e intelectuales que no pueden acceder al empleo común. "Una vez que se recibieron del secundario, se cerraron las puertas para ellos, Rosario no podía ofrecerles una oportunidad laboral ni de contención" remarcó Gladis Solís, coordinadora de Discapacidad del municipio.
Hizo hincapié en que "la idea del taller está basada en marcarles un rumbo para que sepan desenvolverse y, a la vez, que aprendan un oficio, que asuman responsabilidades y puedan autosustentarse".
Lo que al principio era solo aprender técnicas de panadería, ahora se convirtió en un trabajo para los jóvenes, donde tienen reglas que cumplir. Un horario de entrada y de salida; en caso de faltar deben presentar certificado médico y tienen dedicación exclusiva con la panadería.
"La comuna les brinda una ayuda económica, es un premio al trabajo. Los chicos quieren ir a trabajar hasta los domingos porque se sienten útiles, sienten que ellos pueden, que no tienen que depender de nadie", remarcó Gladis Solís.
Este proyecto fue creciendo tanto que los chicos cobraron su primer sueldo en julio y fue una alegría inmensa para todos.
"Con la plata que gané me pude comprar ropa que necesitaba", contó Daniela, una de las panaderas.
"Yo, a la plata que gano, la ahorro. Después me compraré algo que me guste mucho", dijo Jesús, otro de los alumnos.

La distribución

Los jóvenes llegan a su trabajo entre las 8 y 8.15. Un utilitario municipal los busca desde sus casas, se ponen sus delantales y comienzan la tarea.
De esta panadería salen las tortas para las quinceañeras que la Municipalidad agasaja y también trabajan para la Escuela de Comercio, Centro CDI, Hogar de Ancianas y Escuelas Abiertas. Preparan mesas dulces para actos escolares y en la calle venden toda la mercadería que se hace por día.

Cómo es un día laboral

Se desesperan por ir a trabajar. Cuando todos llegan, desayunan entre risas y bromas y luego comienza el día laboral. “A Carlitos le decimos capataz porque es el encargado de ordenar el grupo. Una sola palabra basta para que todos le hagan caso. Cuando falta lo reemplaza Jesús, alias Brad Pitt”, cuenta el profesor.
Cada uno, con su encanto y a su manera, realiza todo lo que los coordinadores les indican: primero se colocan su uniforme blanco y luego atienden las órdenes: “Chicos comiencen a pinchar la masa para la tortilla... vamos, vamos, pongan el plástico a las latas...”. “Ahora a limpiar el piso y las máquinas... manos a la obra...” son las frases más escuchadas.
Y todo se hace en un clima agradable y amigable. A la hora de salida, algunos se van en la camioneta, otros con sus padres y otros, como Miguelito, en bicicleta.

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