El narcotraficante Ibar Esteban Pérez Corradi, hasta ayer, seguía libre.
Según los rumores circulantes, el hombre sería el autor intelectual del triple crimen de General Rodríguez, es decir, del asesinato de los empresarios farmacéuticos Sebastián Forza, Damián Ferrón y Leopoldo Bina.
Los hermanos Lanatta y Schillaci están juzgados y condenados por ser los autores materiales del crimen, pero el eslabón clave que le falta a la cadena es Pérez Corradi, el principal operador narco y el hombre que habría dado la orden de asesinar a quienes fueron sus cómplices hasta el momento en que le "mejicanearon" una importante suma de dinero.
O sea que estamos ante bandas criminales de narcotraficantes decididos a todo. El hecho en sí mismo es grave, salvo que resolvamos resignarnos como país a ser una suerte de paraíso del negocio narco. Desde el momento en que los empresarios farmacéuticos aparecieron acribillados a balazos en General Rodríguez, se supieron dos cosas: que los narcos operaban con el consentimiento de autoridades políticas con las que compartían beneficios, y que algunos de ellos -Forza, probablemente- habían contribuido monetariamente para la campaña electoral de "La que te dije" en 2007.
En los últimos meses los hechos se precipitaron. Lanatta fue entrevistado por Lanata y allí nos enteramos de la presencia decisiva del señor Morsa, es decir, el ministro a todo terreno de "La que te dije". Aníbal Fernández, jefe narco. ¿Verdad o mentira de un delincuente que supuestamente no tiene nada que perder? No lo sabemos, pero la catadura moral de los personajes, las relaciones establecidas entre ellos, permite suponer que, aunque las declaraciones de Lanatta sean ciertas sólo en un diez por ciento, estamos ante un escándalo político de envergadura.
Los Lanatta y los Schillaci están bien guardados, pero ahora el personaje es Pérez Corradi.
En realidad, el protagonismo de este caballero creció en las últimas semanas porque, entre otras cosas, hay un gobierno nacional interesado en meterlo preso.
Esto quiere decir que hasta diciembre del año pasado nadie se preocupó seriamente por Pérez Corradi, indiferencia que desde el punto de vista político fue extremadamente sospechosa.
Más allá de que Interpol o la policía paraguaya den al fin con el narcotraficante, lo que importa políticamente es lo que este personaje sabe o está dispuesto a denunciar a cambio de reducción de sentencia.
Sobre estos temas no hay motivos para sorprenderse. A funcionarios y políticos lo que les interesa son los nombres y apellidos que Pérez Corradi y el propio Lanatta estén dispuestos a brindar.
Conociendo el paño, a nadie escapa que una de las personas que debería estar muy preocupada por estas declaraciones es el Morsa Fernández.
El negocio de la efedrina tal como lo realizaba Pérez Corradi consistía básicamente en comprar este producto a China o a la India, y venderlo a México.
La diferencia de precios era abismal, a 130 dólares el kilo en China y a 3.000 dólares a México. La efedrina entraba disimulada con pólvora y para ello se contaba con la complacencia de las autoridades del Renar: Andrés Maiszner y Alejandro Giacristófaro, ambos vinculados al señor Morsa a través de la solidaridad política y futbolera en Quilmes.
Al negocio de la efedrina se sumaba el negocio de los medicamentos. En este caso se contaba con la complicidad de funcionarios sindicales de las obras sociales.
El negocio era redondo y con garantías financieras del Estado. Los caballeros compraban medicamentos de descarte, en mal estado y en negro y lo vendían en blanco a un precio muchísimo más elevado.
Los cómplices pagaban con cheques garantizados, entre otros, por el Banco Nación.
Nada de esto podía realizarse sin complicidad política.

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Sección Editorial

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