Argentina cambia los nombres a sus problemas. No los resuelve. A los tradicionales asesinatos se los pasó a llamar "ajustes de cuentas". A los dramas pasionales -asesinatos de mujeres-, hoy se los denomina femicidios. A los muertos de hambre con dolor de estómago, se los mete en un paquete llamado "pobreza estructural". Seguimos naturalizando y desdibujando lo que alguna vez fueron las llamadas excepciones. A la violencia que se ejerce sobre el otro con consecuencias fatales se la denomina "enfermedades del delito". A los "silenciados" por denunciar el ilícito de los poderosos se los llama "suicidios" y, con suerte, si la sociedad toma la calle, se convierte en "muerte dudosa".
El penalista Mario Baudry dice que el padre Juan Viroche, en Tucumán, iba a denunciar, al día siguiente de su muerte, a un funcionario que suministraba paco a niños para luego promover la prostitución infantil. También comentó que, al igual que el caso Alberto Nisman, quien montó la escena sabe de medicina forense. Olvidaron realizar filmaciones y tomaron pocas fotos para que resultara imposible la reconstrucción del caso.
En Salta, el cacique Modesto Rojas, en nombre de 120 caciques de distintas etnias, denuncia la penetración de los narcos en sus comunidades. Comunidades abandonadas por todos. No tienen agua. No tienen las escrituras de sus tierras. No tienen el algarrobo, elemento clave para matar el hambre, buscar la medicina, proveer los elementos para sus economías artesanales. De ellos, hasta el caramelo para sus niños sacan. La soja y el desmonte los desnudan y alejan de la subsistencia.
Los cambios estructurales para esta Argentina siglo XIX no los plantea nadie.
La única alternativa para una Argentina que sangra fuera de la General Paz parece ser la movilización social. Pisar la calle en silencio y en paz.

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Sección Editorial

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