Cuando la vocación es excluyente basta con mirar hacia atrás hasta encontrar ese momento que le dé sentido a la vida entera. Cristal Pardo (28) tenía 10 años cuando en la escuela Ingeniero Rafael Patricio Sosa del barrio Unión, zona norte de la ciudad, dirigió el acto del 25 de Mayo. Su voz era diáfana, su mirada resuelta y las manos que sostenían el micrófono y la carpeta con las glosas se mostraban seguras. Allí, al frente, había pasado premiada por brillantes notas. De guardapolvo blanco y peinada con dos colitas, el corazón le latía en el pecho como las alas de un gorrión estremecido y era feliz. "Me acuerdo de que desde entonces, mis padres repetían todo el tiempo: 'Esta chiquita va a ser periodista'", dice hoy. El impulso era grande a partir de tener un nombre: periodismo.
"Vivo en Unión, un lugar que se gestó como un asentamiento y luego fue mejorando tras la llegada de los servicios básicos. Me duele ver a los jóvenes drogándose en las esquinas sin un futuro visible. Me indigna que el poder nos separe como sociedad. Que se estigmatice a los barrios por estar alejados o por tener calles de tierra, que existan clases sociales, mientras los niños caminan descalzos y nosotros nos entusiasmamos por Tecnópolis", expresa. Y es esa la sangre, la sangre que hierve ante la injusticia social, ante los muchos que son menguados y estratificados por la mirada de los políticos y la burocracia estatal, por la que circula el virus del buen periodismo.
Cristal añade que le costó "sudor y lágrimas lograrlo", que solo becada pudo sostenerse en la Universidad Nacional de Salta. En su carrera, con una perspectiva para nada rentable, resultó esencial el apoyo de sus padres, una comerciante y un albañil y sereno.
Cristal es hermosa y pequeña, pero no se amilana cuando colegas, funcionarios o extraños quieren amedrentarla. Puja codo a codo la noticia. Sin embargo, no fueron precisamente durante conferencias de prensa que halló sus momentos más memorables. Una vez decidió ir hasta Campo Quijano, luego de haber obtenido datos acerca de un supuesto caso de explotación laboral de mujeres, a quienes encerraban en containers para pelar nueces, a cambio de un salario exiguo y en negro. Ella se encontró rostro a rostro con el dueño de la finca, se le acercó y, alambrado de por medio, le preguntó sin miramientos qué había de veraz en lo que ya era vox pópuli. "El hombre reaccionó de una manera que nunca hubiera imaginado. Me arrebató el celular y así se cortó el móvil. Temblaba de miedo, pero aprendí que estamos expuestos si elegimos ser periodistas, aun así jamás debemos aceptar la violencia y la censura sin denunciarla porque es nuestra responsabilidad", reflexiona.
Siempre hay una nota en que el corazón también late, pero entorpecido por la pena. "Tras la muerte de los cuatro jóvenes brigadistas de Defensa Civil, la familia Albarracín me ofreció acompañarlos para comprobar que los jóvenes habían sido enviados irresponsablemente al paraje Las Juntas, en Guachipas, sin nada con qué sofocar un incendio. Cuando subimos lo hicimos a caballo y transitamos el mismo trayecto que ellos, un camino empinado y amenazante. Tras llegar lo más duro fue ver a Pedro Albarracín, padre de Martín Albarracín, frente al lugar en donde había caído su hijo. Recogía pedazos de arbusto y armaba una cruz", comenta con voz agrietada por el recuerdo. Añade que "el panorama era desolador. Incluso aún quedaban restos de las mochilas de los jóvenes y latas de picadillo, además de guantes de la gente de Criminalística con un desorden total como si no hubiesen quedado cuatro almas allí". Cristal bajó ese día con rasguños de las malezas en brazos y piernas, y la piel le escocía por acción de la lumbre solar. Con todo, "nada fue peor que ese sentimiento profundo de dolor seco en la garganta, viendo al padre de Martín llorarlo y prometiéndole justicia frente a la cruz que el mismo había armado", señala.

Un movilero debe ser paciente y apasionado

El mundillo periodístico es hostil hasta el hartazgo con las mujeres. Cristal no esquiva la pregunta. Ella se inició en una revista de deportes llamada "Fútbol de tu barrio". Como movilera iba por varios clubes. "Esa qué sabe de fútbol" o "que se vaya a lavar los platos" eran los comentarios prejuiciosos que escuchaba detrás de sí.
"Además de aquellos chascarrillos que pasan de un halago a cuestiones con connotaciones fuera de lugar. Hay colegas que, aunque no lo admitan, aún guardan un sesgo machista, pero creo que se puede superar trabajando duramente en cultivar la igualdad", opina. Cristal desgrana miles de anécdotas, tan particulares como hilarantes, muy propias de aquella realidad que dicen que supera a la ficción. Una vez incluso se transformó en meme. Desmayarse en plena cobertura es lo inimaginable para un movilero, pero a Cristal le ocurrió. En 2015 durante la procesión del Señor y la Virgen del Milagro, un septiembre de temperaturas altas, el sofocón más el esfuerzo de la caminata le generaron una baja de presión, un vaído que en ese momento la tumbó. El entonces ministro de Educación Roberto Dib Ashur había bajado del repleto palco de autoridades y se había ubicado detrás de la Virgen del Milagro. Él podría haber esperado que llegara el auxilio del Cuerpo de Rescate, sin embargo le prestó ayuda. El momento fue inmortalizado en una imagen: el ministro cargando en brazos a la periodista, y se multiplicó en las redes.
"La verdad es que me reí mucho de mí misma. Guardo un grato recuerdo de la solidaridad del exministro. Nunca imaginé verlo como un Kevin Costner y yo, desmayada, cual Whitney Houston", dice.
En 2012 Cristal recibió el premio Revelación como movilera en la AM 840. Desde un lugar muy humilde destaca: "Para mí un buen movilero debe ser un apasionado del dato, además de tener mucha paciencia y ser constante. La calle es una vidriera: solo debemos ser buenos observadores y eso diferencia al movilero de otros puestos periodísticos. Nadie tiene la visión y la libertad de quien está en la calle con los protagonistas".

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