Alguna vez su palabra fue la verdad. Con ella construyó un muro para ocultar lo que se hacía del otro lado. Contó con la ayuda de los cándidos y de los cínicos. También, con el arma de un Estado cuyo poder puso a su servicio. Hoy todo cambió. Aquel poder que se quería eterno se evaporó. Los cándidos se debaten entre el balbuceo y el silencio. Los cínicos vuelven a entonar la marcha y repiten de nuevo que solo se deben a Eva y al General. Pero ella, además de sola, quedó varada en el tiempo. Como si no se hubiera enterado de nada, sigue ensayando el mismo truco. Le exige al conejo que se convierta en paloma, pero ahora sin éxito. Hoy sus palabras son solo eso, palabras. Sin aquel poder de encantamiento y sin el Estado, el muro cayó finalmente para todos y lo que vemos del otro lado es el horror. Un espectáculo obsceno en medio del páramo. Donde hubo magia, cenizas quedan, y entre las cenizas solo se recorta la plata que se han llevado. O que se están llevando a la vista de todos.
Ése es el problema, se la están llevando, y es tanta que no tienen dónde esconderla. Los dólares que el hijo de Lázaro Báez y sus socios contaban en "La Rosadita", los bolsos que el trasnochado José López llevó al búnker orante y penitente, los cinco millones ocultos en una de las cajas de seguridad de Florencia Kirchner, todo eso ha provocado un irrefutable efecto de realidad. Mucho billete junto, demasiado, aunque apenas sea una fracción desdeñable del pillaje. Si sumamos las maniobras del otro López, las propiedades de Báez y el millonario enriquecimiento de secretarios, jardineros y cocineras, junto con el progresivo desvelamiento de una administración que durante doce años parece haber trabajado sólo para saquear los bienes públicos, resulta difícil no concluir que la gestión de los Kirchner parece menos un gobierno que una asociación ilícita consagrada a un latrocinio de escala épica.
Esta danza de los millones en medio del páramo interpela a los jueces y a la clase política, pero sobre todo a una sociedad con inclinación a mirar hacia otro lado que ahora, sin embargo, parece haber despertado a un saludable reclamo de justicia. Esta vez es difícil permanecer indiferente. Hay que agradecerle esto a la codicia de Néstor Kirchner, el gran arquitecto del despojo. Creó un monstruo que lo sobrevivió y que acabó fagocitándose a muchos de los que lo alimentaban, así como a varios de sus hijos. Y que ahora regurgita, aquí y allá, los billetes que se tragó. Todo esto tiene un aspecto positivo. Semejante empacho acabó por abrir los ojos de muchos: si el monstruo creció tanto, fue porque los Kirchner domesticaron a la Justicia y a los organismos de control para convertirse en amos y señores.
Esta convicción de buena parte de la opinión pública es hoy lo único que nos puede salvar. Hay, menos mal, políticos y funcionarios que la interpretan y la encarnan. Porque si queremos tener destino, es mejor dejar de especular hasta dónde conviene que la Justicia llegue en la investigación y la condena de la corrupción kirchnerista. Todo cálculo político en este sentido sería, además de mezquino, miope. Para salir de donde estamos hay que alzar la mirada. Lo que está en juego va mucho más allá del interés del actual gobierno. Hay veces que hay que hacer lo que se debe. No importa si le conviene o no a Macri, a Cristina o quien sea, porque no habrá otra oportunidad. Se trata de elegir entre la verdad o la mentira, entre volver a cerrar los ojos o no. Y de establecer un antes y un después. Solo se podrá recomenzar bajo un presupuesto: todos somos iguales ante la ley.
Son muchos los males del país, pero entre todos ellos la impunidad quizá sea el más grave: es el único cuya solución podría llevar a la solución de los otros. Y el único que, de no ser solucionado, habilita la multiplicación en cadena de los demás.

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