Hay un chiste que circula y que dice que al "segundo semestre" le llaman "el pícaro sueño", porque, como en la canción infantil, este "no quiere venir"...
El "segundo semestre" se ha transformado en un eslogan para indicar el momento en que comenzaría la recuperación de la economía argentina, traducida en la salida de la recesión que, con altibajos, lleva ya varios años, unida a la pérdida de empleos y una inflación muy alta que, además, se aceleró en los primeros meses del gobierno que comenzó el 10 de diciembre de 2015. Sin duda, el nuevo gobierno, más allá de indiscutibles méritos tales como el haber bajado los niveles de confrontación entre las propias instituciones, los medios y algunos sectores de la sociedad, la salida del cepo cambiario y el arreglo con los "fondos buitres", entre otros, no incluye en ellos, en cambio, el de lograr comunicar de manera eficaz sus propósitos, y en muchos casos, conciliarlos con los instrumentos que elige para alcanzarlos como se vio en el caso del imprescindible sinceramiento de las tarifas y en el que es objeto de esta nota: la recuperación económica. ¿Por qué es difícil abatir la inflación y lograr que la economía crezca? La respuesta no es inmediata, aunque, en el caso de la inflación, desde estas notas se señalaron algunas de las causas que hacen que los precios suban de manera sistemática.
Por otra parte y con respecto al crecimiento de la economía, tradicionalmente los gobiernos buscaron casi siempre su recuperación de la mano del consumo, intentando mejorar los ingresos de la población aunque, como la evidencia claramente lo ha demostrado, este mecanismo nunca dio resultados cuando se intentó forzar un aumento en las remuneraciones de los agentes económicos desde las iniciativas gubernamentales y la razón -sin entrar en demasiados detalles- es que el consumo depende principalmente del ingreso y no al revés, con lo que forzar subas en aquél antes que lo logre este es poner el carro antes que el caballo y la consecuencia es pan para hoy y hambre para mañana.
Otro mecanismo, vinculado al anterior y con iguales resultados negativos, es elevar el gasto público corriente -planes sociales, empleo público- lo que es también un remedio peor que la enfermedad porque un mayor gasto corriente "llega para quedarse", como bien lo saben las provincias que han apelado una y otra vez a este mecanismo perverso del que es casi imposible escapar. Una alternativa mejor es buscar la recuperación económica de la mano del comercio exterior, ya que este mecanismo es desde luego más natural, si bien requiere lograr, en lo inmediato, un tipo de cambio competitivo, y en el largo plazo, una política estable de búsqueda de nuevos mercados desvinculada de prejuicios ideológicos. Finalmente, la mejor alternativa es un impulso a las inversiones privadas de la mano de la obra pública porque, en el caso de esta última, los gobiernos que la emprenden no están obligados a mantenerla si el financiamiento se interrumpe, lo que no es el caso del gasto corriente que obliga a los gobiernos a sostenerlo, por lo que, cuando se carece de financiamiento, éstos se ven en problemas para pagar regularmente a sus empleados y proveedores. La inversión privada, a todo esto, a la vez que es el mecanismo más genuino para que las economías crezcan y se desarrollen, tiene el inconveniente de que se constituye en el más indirecto para su concreción debido a la reducida capacidad de los gobiernos para promoverla. En efecto, si bien es muy fácil ahuyentar la inversión -basta combatir el capital, promover leyes de abastecimiento, imponer precios máximos, etc.- no es tan sencillo atraerla, porque se basa en la disposición de los empresarios precisamente a invertir, disposición que, a poco de analizarla, se observa que requiere un marco institucional de reglas claras y estables en el tiempo, unido a mecanismos que den certidumbre de que no se "cambiará de caballo a mitad del río", esto es, no se promoverán inversiones de largo plazo, como en la minería por ejemplo, para después, cuando estas se concretan y antes de que maduren y rindan, los gobiernos modifiquen al alza los impuestos, o descubran inconvenientes que no figuraban cuando se promovieron. Por cierto, un alto índice de conflictividad -huelgas, inseguridad física y jurídica, movilizaciones, cortes de rutas, etc.- no ayuda al "clima propicio" y tampoco favorece la inversión la existencia de elevadas tasas de inflación. Sin duda, la inversión depende también de las expectativas de ganancias de las empresas, más allá de las restricciones señaladas -vale decir, cuánto se podría ganar si las cortapisas desaparecieran- y en este sentido, como lo manifiestan explícitamente los potenciales inversores extranjeros, la Argentina posee ventajas muy claras con respecto a muchos otros países que por sus propias especificidades no se muestran tan favorables, a la vez que el abanico de posibilidades que ofrece nuestra economía -agricultura, ganadería, minería, energía, infraestructura, construcción, industria- tanto por sus propias características como por el hecho de haber pasado tanto tiempo aletargada precisamente en materia de inversiones, es verdaderamente inmenso. La Argentina está frente a la oportunidad de incorporar masivas inversiones como no lo ha hecho desde hace largas décadas, proporcionando en consecuencia condiciones altamente favorables para el crecimiento económico, la incorporación de empleo y el sentar las condiciones para un desarrollo autosostenido. Por supuesto, como otras tantas veces y como siempre, el lograrlo depende de la habilidad del gobierno para conseguirlo, pero también de la inteligencia de la oposición, que debe buscar su oportunidad en los nichos que inevitablemente el accionar del gobierno le brinde, y no en "serruchar la rama" en la que todos, Gobierno, oposición y la Argentina en definitiva, estamos sentados...

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Erik Larsen
Erik Larsen · Hace 4 días

Excelente. Por fin alguien se acuerda de la ley de Say. Primero la oferta, después la demanda. Copio: Un producto terminado ofrece, desde ese preciso instante, un mercado a otros productos por todo el monto de su valor. En efecto, cuando un productor termina un producto, su mayor deseo es venderlo, para que el valor de dicho producto no permanezca improductivo en sus manos. Pero no está menos apresurado por deshacerse del dinero que le provee su venta, para que el valor del dinero tampoco quede improductivo. Ahora bien, no podemos deshacernos del dinero más que motivados por el deseo de comprar un producto cualquiera. Vemos entonces que el simple hecho de la formación de un producto abre, desde ese preciso instante, un mercado a otros productos. J.B. Say, 1803

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