Casi a diario escuchaba entre la gente de la Iglesia "las monjas del convento de Fátima no son monjas", "eran monjas truchas", en una mezcla de alivio y sorna. Como quien dijera, los católicos estamos libres de culpa y cargo. Hasta un obispo llegó a decir con una certeza dogmática que la madre Inés no era monja. Claro que si aplicamos estrictamente el Derecho Canónico que rige la vida de la Iglesia, no son monjas, pero no podemos desconocer ni negar que son religiosas, mujeres consagradas que forman parte de la vida activa de la iglesia de General Rodríguez, fundadas por monseñor Di Monte con autorización diocesana y ratificada de hecho por el sucesor monseñor Agustín Radizzani.
La Iglesia Católica es la gran herida en esta zaga. Si bien, daría la impresión que al aclarar que no son monjas no cargarían con culpas, fue mucho más agravante porque entregaron al escarnio de la prensa y la opinión pública la fama de estas mujeres religiosas. Hoy, de acuerdo al testimonio de hermanas de varias congregaciones con las que me he encontrado, puedo decir que no hay religiosa o monja, sacerdote e incluso seminaristas, que, llevando un signo de su consagración en público no quede expuesto a la burla o la sospecha de acarrear valijas de dinero, o de tener conductas reñidas con la moral y la ética. Todos observados, todos bajo sospecha. Y no podemos medir aún, el nivel de daño en lo que respecta al ingreso de futuras vocaciones a la vida consagrada. Ojalá la Iglesia y su jerarquía aprovecharan esta situación confusa y enojosa para aceptar sus propios errores y comenzar un nuevo camino como pide el papa Francisco.
En la vida de la Iglesia hubo y hay muchos santos, pero ninguno de ellos nació santo, salvo la Madre de Jesús, la Inmaculada Concepción, según la doctrina católica. Los que rodearon a Jesús no fueron excepción; por ejemplo, entre los apóstoles, hubo uno que lo vendió, otro que lo negó tres veces, uno que dudaba de su mensaje y de su resurrección y los que se quisieron acomodarse a su derecha y a su izquierda utilizando la influencia de su madre, la mujer del Zebedeo; deslealtad y envidia, cobardía, incredulidad, ambición, ira, todos los pecados a la vista, pero sobre todo el miedo como el gran freno para la fe y la parálisis apostólica. Todos los apóstoles tropezaron con su propia y frágil humanidad. El fenómeno de querer sacar los yuyos del sembradío no es nuevo. Siempre se corre el riesgo de perder parte de la cosecha al separar la paja del trigo.
El papa Francisco dirigió a la Conferencia Episcopal de América Latina un histórico discurso programático en Río de Janeiro en el año 2013, donde advierte de los peligros que tiene la Iglesia para llevar adelante su misión. Más que peligro, tentaciones que debe sopesar a la hora de cumplir su misión.
Entre ellas figura el resurgimiento de nuevas herejías, como el pelagianismo. La herejía pelagiana, tan vieja y con ropaje nuevo, donde se busca el restauracionismo. Falsas seguridades centradas en lo doctrinal y disciplinario junto al clericalismo, otro error virulento en toda la Iglesia, especialmente en Latinoamérica; "el fenómeno del clericalismo explica, en gran parte, la falta de adultez y de cristiana libertad en buena parte del laicado latinoamericano", afirmará de modo contundente el papa Francisco.
Otro ruido proviene de una herejía subyacente en la vida cotidiana de la Iglesia, el jansenismo, una especie de reedición de las monjas del Port Royal, un monasterio donde se decía de sus monjas "puras como ángeles y soberbias como demonios". Si siguiéramos esta postura iríamos directamente a convertirnos en una secta más de las tantas que pregonan la salvación para gente "top".
La historia de la Iglesia en nuestros días no escapa a las generales de la ley. La envidia, el chisme, la cobardía, los miedos, el descrédito de sus miembros y la deslealtad, sigue siendo pan cotidiano en una comunidad que está llamada a tomar el ejemplo de la primera comunidad cristiana tan bien descripta en Hechos de los Apóstoles (capítulo 2, 44-47).
En definitiva, las monjas de monseñor Di Monte son religiosas, o laicas consagradas, por mal que le pese a cualquier miembro de la Iglesia, son mujeres consagradas al servicio de la oración y el apostolado. La Iglesia deberá edificar su credibilidad y superar el mal trago con el único método de evangelización que dejó Jesús, enseñar con hechos y palabras.
Todo lo demás es funcionalismo, ideologización o reduccionismo socializante. A lo largo del tiempo, muchos seguidores de Cristo que tuvieron que lidiar con sus debilidades, pero reconociendo sus propios errores, conociéndose a sí mismos y sin medirse con nadie más que con el Maestro, fueron transitando el camino cristiano en una Iglesia entre luces y sombras. Sería bueno y saludable para la Iglesia, reconocer que estas mujeres como propia tropa, y que, con conocimiento o no, con cierta ingenuidad o maldad, fueron cómplices de uno de los actos más escandalosos de corrupción en nuestro país. Pedir perdón al pueblo argentino por este momento desconcertante. Dejar que la Justicia actúe con libertad y acompañarlas desde la oración, sabiendo que pertenecían al rebaño calificado de la institución católica.
La Iglesia no debe sucumbir a la tentación de convertirse en un club de gente pura y perfecta, porque como tales no existen, ya que todos, absolutamente todos tenemos esta dinámica de bien y mal en nuestro interior. San Agustín, Teresa de Ávila, Santa Rita, Francisco de Sales, Juan de la Cruz y los papas, todos tuvieron su noche oscura y algún pasado para arrepentirse. Si no fuésemos pecadores; inútil sería un año de la misericordia, más aún vano sería proclamar el amor de Dios.

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